El sol de la mañana golpeaba con fuerza el patio principal de la Preparatoria Starr Park, un instituto enorme que parecía sacado de un cruce entre un parque de diversiones y un campo de batalla. Era el primer día de clases para los de último año, y el aire estaba cargado de nervios, gritos, risas y el típico olor a libros nuevos mezclados con perfume barato. Carteles de bienvenida colgaban torcidos de los postes, y grupos de estudiantes ya formaban sus clanes: los deportistas, los músicos, los nerds que intentaban pasar desapercibidos y los que simplemente querían sobrevivir al año.
Bibi llegó como un torbellino. Patinaba sobre su monopatín customizado con pegatinas de calaveras y estrellas rotas, el bate de béisbol colgando del hombro como si fuera el accesorio más natural del mundo. Llevaba su chaqueta de cuero negra favorita, pantalones cargo llenos de bolsillos, botas pesadas y el cabello corto y rebelde teñido de rosa en las puntas. Caminaba -o más bien rodaba- con esa pose chulesca que había perfeccionado durante años: hombros hacia atrás, barbilla alta y una sonrisa de lado que decía "no me jodas".
- ¡Muévete, que voy! - gritó, esquivando a un grupo de chicos de primer año que la miraron con admiración. Uno de ellos silbó y Bibi le guiñó un ojo sin pensarlo dos veces. *Eso es. Chicos. Siempre chicos. Así es como se hace.*
En su mente, repetía el mantra de siempre. Bibi era la ruda del barrio Retropolis. La que jugaba al béisbol como si le fuera la vida en ello, la que escuchaba rock punk a todo volumen y la que nunca, jamás, admitiría que en casa tenía una colección secreta de cómics, figuritas y hasta un póster de su banda favorita escondido detrás del armario. En la escuela, esa faceta friki quedaba enterrada bajo capas de actitud marimacha. Nadie tenía que saber que le gustaba analizar estrategias de juegos o que pasaba noches enteras componiendo letras tontas en su cuaderno. Aquí era Bibi la dura, la que atraía miradas de los chicos y las devolvía con interés.
De pronto, alguien alto salió de detrás de un grupo de estudiantes. Bibi intentó frenar, pero el monopatín traicionero patinó sobre una baldosa suelta. El bate giró en el aire y estuvo a punto de impactar directamente contra la cabeza de una chica muy alta, de cabello largo con mechones pastel que brillaban bajo el sol, auriculares colgando del cuello y una expresión de sorpresa mezclada con diversión.
-¡Cuidado! - exclamó la chica, levantando una mano con reflejos impresionantes y atrapando el bate justo antes del impacto.
Bibi se detuvo de golpe, casi cayendo de culo. Se levantó rápido, sacudiéndose el polvo de los pantalones con fingida indiferencia.
- ¡Mierda! Lo siento, gigante. Mi bate tiene vida propia cuando hay gente en medio. ¿Estás bien? No quería empezar el año rompiéndole la cabeza a alguien.
La chica alta sonrió con una amabilidad que desarmaba. Medía casi una cabeza más que Bibi, tenía una figura estilizada, falda plisada con estampados de notas musicales y una blusa que combinaba dulzura con un toque rebelde. Era Melody, aunque Bibi aún no lo sabía.
- Estoy perfecta, gracias. Bonito bate... ¿es de colección o realmente lo usas para abrirte paso entre la multitud? - preguntó Melody con voz suave pero potente, como si estuviera siempre a punto de cantar.
Bibi soltó una risa ronca, recuperando su bate y colgándoselo al hombro otra vez.
- Ambas cosas. Soy Bibi. Nueva en este circo. Vengo del lado Retropolis, así que ya sabes... no me busques problemas.
- Melody. También nueva. Y creo que acabas de intentar matarme en los primeros treinta segundos del día. Buen comienzo para una amistad, ¿no? - respondió ella, extendiendo la mano.
Bibi dudó un segundo, pero se la estrechó. La mano de Melody era cálida, suave y sorprendentemente firme. Por un instante, Bibi sintió algo raro en el estómago. *Hambre. Seguro es hambre. O el estrés del primer día.* Apartó la mano rápido y metió las suyas en los bolsillos.
