9. La premonición

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Los días fueron pasando y Rodrigo y Óliver poco a poco se fueron acostumbrando a su nueva vida en la fortaleza. La primavera se acercaba, y aunque tuvieron una gran nevada que cubrió con un manto blanco todos los patios y los campos de cultivo, enseguida llegaron varios días de sol que les permitieron disfrutar de la nieve antes de que terminara de derretirse. Aún así, las tareas que les encomendaban ocupaban la mayor parte de su tiempo. Cada pocos días había que arar, sembrar y cosechar, pues la dama Iradis tenía el poder de acelerar el crecimiento de las plantas. Eso despejó una duda que había tenido Rodrigo desde que entró en la fortaleza, ya que siempre se había preguntado como unos campos tan pequeños podían alimentar a tanta gente.

Lo que más le gustaba a Rodrigo eran las clases de tiro con arco, aunque Aixa era siempre la que acertaba más dianas. En las clases de equitación en cambio, era Óliver el que superaba a todos con diferencia, pero eso era porque hacía trampas y siempre le susurraba al caballo lo que quería. Donde no destacaba ninguno era en el manejo de la espada. El caballero Dónegan seguía atormentándolos con sus clases absurdas en las que no les enseñaba nada y solamente les reprochaba sus errores.

En cuanto al control de sus poderes, todos ellos intentaron hacer las prácticas que Balkar les había encomendado, pero la única que consiguió algún avance fue Vega, que ya era capaz de leer las cinco primeras hojas de un libro sin abrirlo. Óliver y Aixa seguían igual, y Rodrigo seguía sin descubrir ninguna capacidad especial.

La tarea que menos les gustaba era probablemente la de servir y recoger las mesas, porque tenían que aguantarse el hambre hasta que todos los demás hubieran terminado de comer. Un día sin embargo les tocó servir la mesa de los caballeros y afortunadamente pudieron hacerlo con la barriga llena, puesto que los adultos cenaban una hora más tarde que ellos. Allí estaban todos reunidos alrededor de una gran mesa en una sala contigua al comedor. Balkar, el maestre, conversaba jovialmente con una mujer de aspecto severo que debía de ser Mirena, la enfermera. Harim, el experto jinete, parecía estar explicando algo a Toravik, que tenía su frondosa barba llena de fideos. Por los cortos fragmentos que pudo escuchar Rodrigo mientras servía el vino, Harim estaba tratando de convencer al herrero de que ningún caballo aguantaría muchas leguas con semejante peso encima. No llegó a escuchar a qué peso se refería, pero se imaginó que sería algún martillo enorme con el que aplastar a los hurgos de tres en tres. Ese era el tipo de ideas que solían pasar por la mente de Toravik.

—¿Habéis visto al viejo Erold? —preguntó Darion, cuando se juntaron en la cocina—. Menuda batallita le está contando a Dónegan. Él no dice nada, como siempre, pero tiene pinta de que se va a caer redondo encima del plato de un momento a otro.

—Ya me lo imagino —dijo Óliver, y se puso a imitar la quebradiza voz del viejo—. "Oye Dónegan, ¿te he contado alguna vez la fiesta que me hicieron en mi octogésimo tercer cumpleaños? Necesité media hora para apagar todas las velas. Fue tan grande el esfuerzo que me dieron tres infartos, pero como soy inmune a las enfermedades me recuperé al momento. Lo recuerdo bien porque lo tengo escrito en mi diario. Creo que está en la página treinta y cuatro mil quinientos uno"

—¿Qué te parecería si nos burlásemos de tu don? —Le preguntó Aixa, intentando contener la risa sin conseguirlo—. ¿Quieres que te recuerde el día que le dijiste al caballo que se diese la vuelta y se puso patas arriba?

—No, Aixa, no me lo recuerdes, que todavía me duelen las costillas. Tengo que aprender a elegir muy bien las palabras cuando hablo con los caballos. Se lo toman todo al pie de la letra.

Todos se echaron a reír, pero al momento fueron interrumpidos por unos gritos que venían del comedor. Era una mujer. Su voz desgarrada transmitía auténtico terror. Rodrigo se asomó para ver qué pasaba. Era una mujer con un pelo rubio muy rizado que la llegaba a la cintura. Ya la había visto alguna vez, pero no tenía ni idea de cuál era su función en la fortaleza. Nunca les había tocado con ella en ninguna de sus tareas.

Rodrigo Zacara y el Espejo del PoderDonde viven las historias. Descúbrelo ahora