La fiera caníbal

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Alcé la vista y entonces la vi atravesando el bosque, dejando tras de sí un reguero de sangre negruzco y maloliente

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Alcé la vista y entonces la vi atravesando el bosque, dejando tras de sí un reguero de sangre negruzco y maloliente. Supe poco después que la sangre no era suya, sino de alguien a quien había matado horas atrás. Corría comiéndose el brazo putrefacto de un sujeto que a esas alturas ya estaría muerto, un pobre incauto que al igual que yo se encontraba en el lugar equivocado. Me cuestioné entonces si merecía la pena adentrarme en el pinar, de bella presencia bajo la luz matinal pero un mausoleo de ramas y cortezas para seres sin brazos ni piernas, inocentes que yacían sin cráneos sobre montones de hojas secas a la espera de un pacto con los elementos que, despacio y con una crueldad heladora, desnudarían sus huesos, convirtiéndolos en la morada de insectos y otras alimañas antes de fundirse en el terreno como polvo inexacto de algo que una vez conoció los sinsabores propios de la vida.  
Hace rato que intento recordar los motivos que me condujeron a seguir el rastro de la fiera caníbal… ¿Pretendía frenar su obstinación? ¿Era mi propósito restaurar su conciencia humana? ¿O acaso quería ser cómo ella?  
Tal vez la fiera caníbal haya acabado aquí por culpa de otras bestias, las que encuentran un disparate comer carne humana pero toleran que miserias y crímenes de una atrocidad desmedida sigan creciendo en número a su alrededor. El mendigo que duerme en el portal, molesta. Molesta el hedor que desprende su ropa sucia y su aliento a fracaso. Molesta lo que representa: que todos podemos acabar del mismo modo. Y molesta también saber que el vecino de enfrente queda con menores de edad. No está bien, claro que no. Pero es sólo una molestia, siempre y cuando no toque a tus hijos. Y corres la cortina, y regresas al sofá, a seguir viendo las noticias, donde otros mendigos, en ciudades distintas, ruegan por alimento. Echas la vista al techo, pidiendo clemencia por esas pobres personas. Nunca lo harás por el mendigo del portal. A ese lo detestas. Ese estaría mejor muerto. Porque huele a condena social. Porque es terrible saber que su dolor puede ser contagioso. El presentador de las noticias anuncia un nuevo juicio por abuso a menores, y tú te revuelves en el asiento deseando que el culpable no vuelva a ver la luz del día. Pero el vecino de enfrente sale cada mañana a desayunar al bar cuya terraza está cerca de ese colegio. Sol y buenas vistas, ¿qué más puede pedir? 
Apuesto a que la fiera caníbal se hartó de comer tanta basura diaria. Apuesto a que estaba harta del dolor de los mendigos, y también de los seres repugnantes que salen de caza entre uniformes escolares. Apuesto a que sus entrañas ya no podían consumir tanto horror y que, movida por impulsos que formaban parte de ella, aunque éstos llevaran años dormidos, se retiró al bosque, donde creía que nadie perturbaría su sueño. Ella no come por mera supervivencia. Lo hace para sacar la basura.  

Mis insolencias (Retratos y latidos)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora