Relato 9. Duelo a muerte

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Me desperté en el frío de la noche con un sobresalto. Las ventanas abiertas de par en par; las luces iluminando mi rostro. Y aquel zumbido que presagiaba la muerte en mis oídos. Me levanté de un salto, arma en mano, y corrí a cerrar las ventanas.

A continuación me di la vuelta y con una expresión de suma concentración, flexioné las rodillas dispuesta para atacar y comencé a escrutar entre las sombras. Cuando ya creía que no iba a ocurrir nada, lo vi: un pequeño movimiento frente a mis ojos, tan cerca que me caí de culo para atrás.

Gruñí mientras me levantaba y comenzaba a perseguir aquella sombra con toda la precisión con la que pude. ¡Pero era muy rápida! Con cada giro que daba, la perdía de vista y volvía a verla cuando ya se cernía sobre mí.

Al fin, harta de aquel juego que no llevaba a ninguna parte siseé:

—Esta noche la única sangre que se va a derramar va a ser la tuya, amiga mía.

Me abalancé contra ella con un grito de guerra que hizo temblar las paredes y la apresé contra una esquina. A la criatura le temblaban las alas de miedo, o eso era lo que yo quería ver.

«¡Plas!»

Quedó aplastada con la fuerza de destrucción de un tanque, con las tripas colgando. Retiré mi legendaria zapatilla mata-mosquitos y le saqué la lengua mientras limpiaba la suela con una toallita.

Ya no oía el molesto zumbido y sabía que aquella noche podría dormir tranquila. Cerré los ojos y me tumbé de nuevo para sumirme en un sueño tan profundo que los ronquidos se oyeron hasta China.

Pero a la mañana siguiente sobrevino la tragedia. La ventana estaba abierta de nuevo, pero por ella entraba un huracanado viento helado, y mi cuerpo estaba cubierto hasta arriba de gordas picaduras como morcillas.

Un mosquito enorme se acercó a mi cara con una mueca burlona, y juraría, que le oí hablar entre aquellos zumbidos que producía con sus asquerosas alas.

—La venganza se sirve fría, amiga mía.

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