Relato 2. Caos en Sleepy Hollow

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En la Víspera de Todos los Santos, comúnmente conocida como Halloween, las puertas al Otro Lado se abrían dejando pasar a toda clase de espíritus. La joven Mariette lo sabía porque en más de una ocasión los había visto, aprovechando su condición de médium.

Podía oírles susurrando, podía verlos deambular arrastrando los pies, haciendo crujir la madera y rozando las paredes. Podía notarlos tras ella cuando la tocaban...

Pero estaba tan acostumbrada que eran parte de su día a día.

Los traviesos espíritus solían alborotarlo todo, tirando cosas frágiles al suelo y moviendo objetos sólidos para asustar a las personas normales. Para Mariette era todo un fastidio, porque gastaba las pocas horas de descanso que le daban en la universidad para recoger todo.

Sentada en la escalera con su disfraz de bruja, aguardaba a que la oscuridad envolviese el mítico pueblo de Sleepy Hollow, en Terry Town. Cuando los rayos del sol desaparecieron por el horizonte, la calle se llenó súbitamente de fantasmas.

Las gentes, con sus trabajados trajes de esqueletos y vampiros, no se percataron de aquel tétrico cambio. Pero Mariette ya lo había visto antes.

Finos como vapor de agua, avanzaban soltando volutas de humo a su alrededor con la mirada inexpresiva. Seguían a las personas haciéndoles de sombra, listos para llevar a cabo sus revoltijos.

Mariette suspiró mientras cogía las llaves y salía de su casa dispuesta a pasar una gran noche con sus amigos. Un espíritu comenzó a seguirla calle abajo, con una sonrisa en sus inmateriales labios.

—Déjame en paz —susurró ella asombrándolo; no estaba acostumbrado a que los humanos le hablasen.

Si hubiese estado vivo, hubiese sentido un sobresalto recorriéndole cada parte de su cuerpo, pero al estar muerto era incapaz de sentir nada.

Era por eso que se dedicaban a gastar bromas, intentando sentir el aliento de algo que tiempo atrás les hubo pertenecido. La vida era algo muy preciado para ellos.

Resignado, buscó otra presa.

En una noche así Mariette debía tener cuidado. Al poseer poderes psíquicos, los fantasmas lograban tocarla y ambos podían sentirse.

No era conveniente que la descubriesen, pues a ellos les gustaba pasar desapercibidos por la gente, causando confusión. Con cuidado, intentaba esquivarlos. Pero entre tanta gente era imposible.

Sin quererlo, unos niños que pasaron corriendo por su lado la empujaron y ella a su vez empujó a un grupo de fantasmas. Estos, molestos, llamaron a los demás espíritus y comenzaron a insultarla por su torpeza.

Pronto la cabeza de Mariette se llenó de miles de palabras confusas, abrumándola por completo. La agarraban y le tiraban de la ropa, mientras ella hacía lo posible por deshacerse de ellos.

Se tapó los oídos con ambas manos pero los gritos resonaban en su cabeza. Al final, no pudo más.

—¡Basta! —gritó, asombrando a todos los presentes, tanto los vivos como los del Más Allá.

Mariette se dio cuenta del error pues ahora los vivos la miraban como si de una loca se tratase. A veces, llegaba a odiar su don.

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