Aquel rincón oscurecido en la parte superior izquierda de mi cuarto siempre me mantenía expectante. Desde niña me atemorizaba en las noches, adquiriendo formas amorfas y una consistencia oscurecidamente escurridiza.
Al voltear y cerrar los ojos, notaba como aquel curioso material trasmitía extraños sonidos, como una lábil baba ennegrecida que sonaba al ir adquiriendo sus peculiares formas.
Nunca amanecía de la misma forma, pero por algún motivo, nadie lo notaba. Al pasar los años, ese material amorfo y escurridizo sobre mi techo se convirtió en mi obsesión, hasta el punto que no me dejaba cerrar los ojos.
Pasados los años, note como sus sonidos se hacían más nítidos... como extraños canticos de pasadas épocas o sonidos metálicos ambiguos y distantes de alguna galaxia perdida.
Una noche tuve el valor de tocarla. Su consistencia era viscosa y fría. Emanaba de aquella masa un olor no estrictamente definido como desagradable, pero si peculiar.
Al acariciarla con la punta de los dedos, parte de aquel material viscoso se elongaba con el movimiento de mis manos, elástico, manteniéndose en la punta de mis dedos.
Mi mirar era de asombro pues, al extender la mano hasta el punto en que la extraña masa cedía, la misma volvía a su posición original y cambiaba de forma y de colores. Había pasado de negra a un extraño color purpurea.
Decidí acariciara de nuevo, siendo testigo de su pegajosa naturaleza. Sin embargo, algo en la esencia de la mancha era distinto: me violentaba, y ansiosa, como pretendiendo adquirir algo de mí, se trepo velozmente en forma de raíces por mi antebrazo. Con la otra mano, di un violento movimiento sobre la mancha amorfa sobre la parte final de mi antebrazo, casi en la articulación con el codo. Se detuvo y, a continuación, mire aterrada como la mancha retrocedía por mi piel hasta llegar a mi muñeca, mano para posteriormente volver a aquel rincón húmedo y oscuro sobre el rincón de mi techo.
Tampoco pude dormir esa noche, me mantuve con ojos amplios y desorbitados... mirando la mancha.
Siempre me había parecido que las noches transcurrían más rápido que los días. Creo que su ausencia de movimiento, su oscuridad y silencio nos permite ser nosotros mismos. Me tranquilizaba y, por algún motivo, podía mantenerme expectante y ahogada en mi propio ser, de una manera que los movimientos erráticos del día no me permitían.
La fragancia dulzona que entraba por mi ventana emergida con la exhalación de cada flor se hacía más nítida de noche, al igual que los astros distantes que, por algún motivo, siempre pensé que me observaban a mí y no a la inversa.
Pero mi única compañía tangente y desafiante aquella noche era la mancha.
Después del pasado acontecimiento me limite a mirarla con semblante temeroso, pero jamás a mantener contacto nuevamente.
Al observarla, mientras me acostaba en el piso frio, note como desde su superioridad emitía sonidos rítmicos y de una frecuencia regular, como si estuviera respirando. Si callabas, y en verdad agudizabas el oído, podía escucharla respirar.
Por varias noches su presencia molesta se convirtió en el personaje dramático de mis sueños que nunca llegaron.
A causa de la deprivación, mi aspecto comenzaba a tornarse débil y pálido y con esto, note como aquel ente comenzaba a moverse con más fuerza, y oscurecerse aún más.
No sé si puedo contar la siguiente anécdota en forma verídica, pues el límite entre lo real y lo que rosa las fronteras de lo imaginado era ya casi inexistente, pero, una noche donde el frio caía como navajas de hielo, la mancha pareció querer hablarme.
Si, aquella figura que desde mi niñez la había concebido como una simple mancha húmeda, que solo corrompía las perfecciones de mis demás paredes blancas, y que posteriormente comenzó a adquirir dimensiones nunca imaginadas... pareció querer hablarme.
Fue un fugaz segundo de esos tantos que pasan por nuestro reloj en forma de carne rítmica y carmesí, para posteriormente tenderme nuevamente en el silencio más absoluto. Silencio.
De todas formas, aquella extraña percepción hizo que se abrieran mis ojos y mi conciencia adormecida, ¡clavando mis ojos fijos y dilatados sobre aquella mancha negra y amorfa y pulsátil y vivida y ambigua y que... ahora percibo... si! Ahora me doy cuenta que cuanto más marcada es mi quietud, que cuanto más tiesa desvanezco sobre la fría losa de mi habitación, como un panteón decorado en vida... más flamantes, rítmicos y marcados son los movimientos de la mancha.
Escucho, si, escucho su sonido ahora como un burbujeo extasiado y amargamente veloz, sonriente, al ritmo que mi respiración se enlentecía.
Lo bueno de todo este acto atroz, en las profundidades de una extraña habitación en la parte superior de un edificio céntrico de una ciudad que ya carecía de importancia... era que un brote de lucidez paso por mi cabeza anestesiada.
Abrí mis ojos fúricos que se clavaron en la asquerosa y oscurecida baba burlona, la contemple unos segundos (mientras sus movimientos aminoraban) y con un movimiento brusco que hizo sonar cada hueso de mi ser, me levante del suelo, trepe mi cama y contemple aquel curioso material ahora desde unos pocos centímetros. Éramos las dos entidades más estáticas y silenciosas en el lugar.
Mi desafiante acto hizo que una ola de furia se disolviera en mi sangre y recorriera cada entraña de mi ser. Mire a la mancha con aire desafiante, notando como realizaba movimientos rápidos y erráticos, como si mi fugaz momento de valentía la pusiera nerviosa.
Mi cuerpo estaba en un estado de temperatura contradictoria. Un calor palpitante emanaba de mi piel salvo por partes peculiares de mi ser. Mis manos estaban heladas, al igual que mis labios y mi nariz (y la parte interior de mi nariz). Adormilado en las partes más gélidas, y vibrante en las más cálidas. Mis piernas eran de estas últimas, y un cosquilleo ansioso comenzó a ascender por mis pies, piernas, hasta detenerse en el abdomen. Mis brazos adquirieron una fuerza y un fervor inexplicable. Con este calor en ascenso sobre mis extremidades, convergiendo con la anestesia helada de mis sentidos... comencé a correr hacia la mancha.
Los primeros tres intentos fueron erráticos, casi burlescos, pues la mancha desaparecía al contactar con ella, dejándome desplomar violentamente contra una pared aparentemente vacía.
Fue al quinto o sexto intento (cuando emanaban prominentes chorros de sangre desde mis cejas y mis codos) cuando un helado material, negro y viscoso, se pegaba fuertemente en mi ser, succionándome hacia algún lugar desconocido.
Observe atónita mi cuarto desde una perspectiva superior... yo ya no estaba en él. Quise volver, intentando dejarme caer, pero algún material sólido y blando a la vez me sostenía, impidiéndome todo movimiento.
Volteé la cabeza y lo que vi, termino de dejarme pretender cordura. Levitaba sobre una extraña ciudad, cuyo único cielo eran unas pesadas nubes emplumadas. Sus altos edificios y calles parecían hechos de algún curioso material, negro y pegajoso, como alquitrán.
Los niños corrían velozmente por sus calles laberínticas, sus cuerpos y rostros eran papel de diario y los hombres... ya no eran de carne sino de alguna especie de cartón negro. Mantenían siempre la figura humana... pero su composición era distinta.
Las figuras femeninas iban vestidas con distintas cartas de póker, en forma de vestido triangular.
Desvié la mirada de las calles de aquella extraña ciudad y de sus peculiares ciudadanos, para centrarme ahora en el imponente castillo de la ciudad de alquitrán.
Sus filosas torres parecían querer amenazar el cielo con sus pasajeras nubes. Su arquitectura imponente y amenazante parecía hecha de agujas ennegrecidas.
No podía controlar la dirección de mi vuelo, pero si podía concentrarme en partes que llamaban mi atención. Así que cuando me aproxime a aquel castillo me aferre con fuerza a una de sus altas torres, deteniendo mi vuelo. Me quede en una de sus partes culmen fumando un cigarrillo, sin intentar entender lo que ocurría a mi alrededor. Era un náufrago confuso bailando en las peculiaridades de un extraño océano purpurea. Bailaba con sus vibraciones demenciales, pues sabía que, si me detenía y daba lugar a una especulación racional, el imponente mar me tragaría en sus profundidades y quedaría sumergida en aguas de ébano y tinta.
Hay cosas que sencillamente no están hechas para nuestra comprensión.
Una gota mojo mi rostro pensativo, y continuo su húmedo trayecto hasta mi brazo danzante, para caer y morir en el piso de negro mármol del castillo. Ascendí la mirada y contemplé aquel cielo de plomo. Comenzaban a caer gotas purpureas y filosos cristales de aquel cielo indescifrable.
La extraña gente del lugar se movía velozmente, pues al tener contacto con aquel curioso material que caía del cielo, comenzaba la tinta de su cuerpo a escurrirse, y morían para convertirse en un papel inerte.
Por algún motivo yo era inmune a aquella lluvia purpurea. Continúe con el cabello y la piel mojada, contemplando la ciudad de papel y alquitrán, en medio de una tormenta como, francamente, nunca antes había visto.
Y allí permanecí, tiesa, inmóvil, sobre la parte más alta de un castillo con torres cual agujas, fumando un cigarrillo con semblante indiferente, mientras una funesta tempestad se levantaba sobre la ciudad de papel y alquitrán.
Contemplaba desde la altura como las extrañas personas de cartas, diario y cartón eran corrompidas por el gotear rítmico y espeso, escurriendo su sangre ennegrecida y corrompiendo su cuerpo hasta dejarlos como un material blanduzco para posteriormente desintegrarse.
Me asombre de mi propia frivolidad. De mi cuerpo entumecido y mis pensamientos ramificados no surgía compasión alguna. "Al final todos terminamos de la misma forma" pensé con semblante serio y corazón enlentecido.
Fue una pequeña figura fugaz, peculiar e inocente en esencia, la que me hizo salir de mi estado hipnótico para desviar la mirada y observarla.
Se podría decir que era una niña, o al menos sería el equivalente de una niña en mi lugar de origen, en realidad no sé cuál es mi origen, tal vez la vil habitación en la que tantas veces me había visto tendida en el suelo no era más que una engañosa pesadilla, y esta ciudad de cartones devastados era mi autentico lugar de residencia...
Tal vez el castillo de agujas era un refugio sagrado que me esperaba para refugiarme en cada tempestad, y el techo con aquella mancha burlesca era una visión devastadora de mis días más oscuros... en fin, a lo que voy es que era algo como una niña.
La mire fijamente en todo su trayecto. Sus cabellos platinados se movían a sus espaldas como una capa de estrellas, sus pequeños pies estaban cubiertos por una tierna tela rosada, su vestimenta des concordaba con la de todos los demás, pues no era de papel sino de ceda. Sus rasgos eran delicados y de sus ojos amplios pude notar la caída de lágrimas magenta producto de su desesperación. La lluvia no escurría tinta en ella, pues esa no era su verdadera esencia, pero si la corrompía, como derritiendo su piel delicada, que caía al suelo dejando en su ser auténticos hoyos de vacío negro. Corría mientras intentaba, en vano, cubrirse de la lluvia con sus pequeñas manos.
Al contemplar tal funesta escena, me levante y un calor en incremento se apoderaba nuevamente de mis extremidades, despertando a mi cuerpo entumecido. Salte de la alta torre del castillo para caer ágilmente sobre la calle, el trayecto había sido suave, casi levitante. Comencé a correr hacia la extraña niña. Me quité el amplio abrigo que cubría mis hombros y lo puse sobre su pequeño cuerpo. Sus ojos se agigantaron aún más al percatarse de mi presencia.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza, la tempestad se hizo aún más funesta, levantándose un imponente viento, lo que hizo que, además de superiormente, la lluvia la mojara en todas direcciones, siendo mi chaqueta un instrumento en vano de protección. Al percatarse de esto, las lágrimas saladas color magenta de aquel tierno semblante comenzaron a tornarse negras. Sus ojos se agigantaron, pasando de ser una belleza inocente a un auténtico espectáculo de terror. Sus ojos eran dos amplios agujeros negros que abarcaban casi toda su cara, y dejaban emerger de ellos imponentes cascadas de alquitrán. La niña termino de desvanecerse quedando inmóvil en la calle de la ciudad de alquitrán, homogenizándose en la misa.
Mire al cielo con furia dejando emerger de mi pecho un funesto grito, un grito que nadie pudo oír. Mire mis manos en las que aun perduraba rastros de las extrañas lagrimas ennegrecidas de la niña.
Las contemple con más fuerza, mientras mi rostro se corrompía de extrañeza y miedo. Las oscuras lágrimas de la niña comenzaban a adquirir una textura pegajosa, elástica, que se movía pesadamente sobre mis dedos. Comenzó a ascender bruscamente sobre mis manos, como raíces, hasta llegar a mi antebrazo. Comenzó a emerger sonidos extraños. Al inicio como un débil burbujeo que acompañaba su forma, posteriormente como sonidos lejanos y metálicos, pero más audibles. Mi ansiedad iba en incremento cuando, a medida que ascendía, emergía de su oscuridad y pesadez los gritos de todas las extrañas personas que habían sido corrompidas por la extraña lluvia purpurea. Posteriormente emergió un sonido áspero y fuerte, como un vil chillido monótono que daba escalofríos y corrompía mis sentidos.
Caí al suelo de rodillas mientras la lluvia comenzaba a caer con más fuerza. Su textura iba cambiando de liquida a la misma consistencia que el desagradable material.
Lo último que recuerdo es que caí violentamente al piso. Un dolor agudo recorrió toda mi espalda dejándome por un momento paralizada, con los ojos cerrados y temerosa de realizar cualquier movimiento.
Fue al cabo de unos largos minutos que abrí mis ojos despacio, tenía la vista nublada y los sentidos eclipsados. Me encontraba nuevamente en mi habitación. Lo primero que vi fue un material amorfo que se movía lentamente sobre mi techo, para posteriormente moverse como raíces oscuras descendiendo sobre todas las paredes, besar el ángulo con el piso y posteriormente reptar hacia donde estaba yo tendida. La mancha se había ampliada y ahora ocupaba la totalidad de mi estancia, hasta llegar a mi cuerpo, moverse fríamente por mi espalda y la parte posterior de muslos, brazos y nuca. Sentía su consistencia fría que me hacía levitar.
Continúo emergiendo sonidos ambiguos pero que, por algún motivo, con mi desesperación se hicieron más nítidos. Llegó un punto en que quede en un estado de completa calma, como un náufrago que entendiendo las profundidades del mar comienza a danzar sobre sus aguas. Comprendí repentinamente su mensaje en el idioma de las burbujas y los sonidos metálicos: no debí tocar su amarga naturaleza, ni visitar la ciudad del castillo con torres de agujas y de lluvia cual cristales.
Sin embargo, hay cosas que no comprendo:
¿Por qué nunca nadie vio la mancha sobre la parte superior izquierda de mi habitación?
¿A caso nadie se daba cuenta de los acontecimientos que transcurrían en una extraña habitación en la parte superior de un edificio céntrico de una ciudad que ya carecía de importancia?
O lo que es más importante: ¿Porque se había desvanecido la extraña y delicada niña de cabello plateado y tules de ceda?
¿Por qué?
¿Por qué se había desvanecido si su naturaleza era distinta?
No lo sé. Hay cosas que sencillamente no están hechas para nuestra comprensión.
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La mancha
Fiksi IlmiahPara Sofia, tus pensamientos y actos siempre fueron un enigma para mi. Ojala siguieras aqui. Una chica se obsesiona con una extrañas mancha en su habitacion, que la conducira a un extraño mundo de calles de alquitran y personas de papel...
