Invitación del Rey

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El compositor y músico de la familia real había dejado este mundo. Su ausencia llenó de silencio las salas del palacio. Sin embargo, como ferviente amante de la música germana, el Rey sabía que debía encontrar pronto un reemplazo para músico real. Ya estaba cansado de que en cada reunión real la música se viera pausada por esa tos pestosa, en varias ocasiones había quedado de mala manera hacia sus invitados, personas de alto rango, autoridades.

La máxima autoridad, presente en el velorio de su empleado, escuchó a un muchacho tocar el piano con gran emotividad, haciendo que las teclas del instrumento hablaran por él. Ese mismo día, se enteró de que el joven era el hijo del difunto: Kim Taehyung, un joven cuya pasión prometía rivalizar con la de su padre.

Taehyung era un muchacho tímido, que vivía en las afueras de Salzburgo junto a su padre y su hermano. Este último, sin embargo, ya había iniciado su propia familia en otra ciudad lejana. Taehyung aprendió a temprana edad a tocar el viejo piano que había sido compartido de generación en generación, ya apolillado y sin mantenimiento. Fue ahí donde descubrió su pasión por la música: noches en vela tocando en el granero, practicando hasta que sus nudillos dolían, hasta que el sol se asomaba. Con el tiempo, comenzó a componer piezas musicales, convirtiéndose en el orgullo de su padre, quien lo consideraba la futura promesa que lo reemplazaría en su puesto como músico real.

Taehyung era consciente de que su padre no recibía el reconocimiento adecuado. Lo forzaban a componer y tocar largas horas sin descanso, mientras veía a otros músicos de mayor rango recibir premios y beneficios. A pesar de esto, su padre era devoto al Rey, y en su última conversación, con su padre en cama, blanco como un papel y flaco, le encomendó a Taehyung la tarea de ser su sucesor, con sus ojos llenos de lágrimas y una voz que con cada palabra se le iba más el aire.

Es por eso que, cuando Taehyung recibió una invitación para tocar ante el Rey, no dudó en aceptarla de inmediato. En el velorio de su padre, en medio de su dolor y tristeza, sabía que esta sería su única oportunidad para honrarlo, agradecerle por todo su sacrificio y su legado. No podía fallar. Estaba decidido a ser el próximo músico real. Para ello, interpretó una de las piezas compuestas por él, una melodía que resonaba con la misma esperanza y amor con que su padre había servido al Rey.

-¡Vaya día tan agotador! Todo lo que hemos visto son fracasos y mediocridad -bufó el Rey, tamborileando los dedos en el brazo de su trono con evidente fastidio-. ¿De dónde han sacado tanta gentuza? Este será el último. Después de esto, he tenido suficiente.

El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo las ventanas del salón con tonos anaranjados y dorados. Los guardianes de ese largo pasillo levantaron sus espadas para dar paso a la siguiente persona, y en el umbral del pasillo apareció un joven de porte elegante. Su figura, aunque menuda, emanaba una serenidad que contrastaba con la tensión palpable en el aire.

-¿Y quién tenemos aquí? -la voz del Rey resonó con una mezcla de curiosidad y desdén. Sus ojos entrecerrados escrutaron al recién llegado-. ¿No eres tú el hijo de mi músico fallecido?

Taehyung inclinó la cabeza en una reverencia impecable, su voz suave pero firme.
-Sí, su majestad. Es un honor tener la oportunidad de tocar para usted. He creado esta pieza musical especialmente para su deleite.

El Rey soltó una carcajada baja, más por escepticismo que por humor.
-¿Honor, dices? Eso está por verse. Siéntate ahí y demuéstrame si has heredado algo del talento de tu padre... o si sólo eres otro charlatán.

Con una inclinación respetuosa, Taehyung se acercó al piano. Tomó asiento en la banqueta, ajustó con cuidado la partitura en el atril y dejó que sus dedos descansaran sobre las teclas.

Con un suave movimiento, comenzó a tocar.

El inicio fue cálido y preciso, cada nota bien colocada, llenando la estancia con una ligereza que resonaba como una conversación agradable. Los acordes, trabajados en staccatos elegantes y mezzo-fortes contenidos, destacaban el carácter animado y refinado de la pieza. Era una obra que no buscaba impresionar con extravagancia, sino capturar el ambiente perfecto para una velada en la corte.

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