Ibrahim es un joven de 18 años de raíces gambianas que tiene claro que nada ni nadie cambiará su estilo de vida. Su comportamiento nocivo ha desencadenado el distanciamiento entre él y sus seres queridos, evitando a toda costa a su madre Ñuma que ha...
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Quedaban cinco minutos para las once cuando Ñuma apretó el timbre del instituto, intentando no parecer nerviosa. El IES Dels Pins, el más grande de Pineda de Mar, se alzaba imponente en el centro del pueblo. Su fachada moderna, de líneas limpias y ventanales altos, destacaba entre las construcciones bajas que lo rodeaban. A pesar del frío de invierno, el lugar mantenía un aire vibrante, como si cada piedra del edificio respirara juventud, esfuerzo y futuro.
Ñuma consultó su reloj con ansiedad.
—Llego justo —murmuró para sí.
Desde su sitio en la entrada, observó cómo algunos adolescentes salían charlando con mochilas a la espalda, otros entraban riendo, ignorando por completo su presencia. Lo que para ellos era rutina, para ella era un muro. Sentía que estaba cruzando una línea invisible entre los que aún tenían opciones y los que iban perdiendo las suyas.
La puerta se abrió con un zumbido eléctrico, sacándolo de sus pensamientos. Entró con paso sereno y se dejó caer en uno de los bancos del vestíbulo.
—Señora Jammeh, buenos días —saludó una voz familiar.
Era la directora, una mujer de complexión menuda pero de porte firme. Llevaba gafas redondas que resaltaban la intensidad de su mirada, una americana oscura y una falda que caía con precisión sobre unos tacones bajos. Todo en ella parecía milimétricamente cuidado.
—Buenos días, soy yo —respondió Ñuma, esbozando una sonrisa cordial.
—¿Me acompañaría al despacho, por favor?
—Por supuesto —respondió, levantándose con rapidez.
Caminaron en silencio por el largo pasillo. En las paredes colgaban carteles sobre convivencia, igualdad, orientación académica. Frente a una de las aulas, una niña de unos catorce años levantó los brazos para saludarla con entusiasmo. Ñuma le devolvió el gesto y sonrió. Era su hija. Ella le señaló discretamente su reloj, y con los labios le dijo: No llegues tarde a casa. Ñuma asintió, mientras la ternura le apretaba el pecho. Incluso en medio de aquel momento difícil, su hija le recordaba que había cosas que todavía funcionaban bien.
—Su hija es muy simpática —comentó la directora mientras abría la puerta del despacho.
—Sí, aunque despistada. Como su madre —respondió Ñuma con una risa suave, bajando la voz como si temiera que su hija la oyera desde lejos.
—Pero la madre es lista y guapa, en eso se parecen —bromeó la directora, provocando una carcajada compartida que alivió brevemente la tensión.
La mujer apartó unos papeles y lo invitó a sentarse. El despacho olía a café y madera vieja. Ñuma se acomodó en la silla con dignidad, cruzando las manos sobre las rodillas.
—Me gusta su vestido —dijo la directora, con una mirada sincera—. Los africanos hacen prendas preciosas.
Bajó la vista, tímida, acariciando el patrón de flores y rayas negras sobre el verde de la tela.