Capítulo 2 - Los ecos de la victoria

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A medida que me voy acercando a la costa, el paisaje cambia a mi alrededor. Las montañas y los riscos han ido dejando paso a las llanuras sembradas de trigo, centeno y cebada, los valles han relajado su perfil hasta convertirse en mesetas de suave curvado. Aquí ya no hay paredes cortantes de piedra, ni colinas que se extienden hasta el infinito, ni bosques tan profundos que no dejan entrar la luz del sol; solo hay campo abierto, tan llano y ancho que me permite distinguir lo que aún está a cientos de millas de distancia. El verde intenso se ha convertido en una mezcla de dorado y pardo, en una estampa que me haría preguntarme si sigo en Celiras de no ser porque no he cruzado el mar ni las altas montañas que separan nuestro reino de sus vecinos.

El ejército de Shador nunca llegó a pisar estas tierras. Son el último reducto libre de invasores que quedó tras las incursiones al sur de los pasados años. Eran el siguiente objetivo. Si los acontecimientos de las últimas semanas no hubieran precipitado su caída, el imperio de Shador sería ahora dueño de estos terrenos. Y de todo Celiras. Mientras unos celebran y otros lamentan, yo me pregunto de qué lado me conviene estar si llega el momento en que deba posicionarme de nuevo. Si no me cuelgan antes por traidor, cosa que es bastante probable que ocurra si dejo que me pongan las manos encima.

A lo lejos se distingue la silueta de la próxima parada en mi camino: Sailoth. Es la primera ciudad que hay antes de llegar a la costa. Nació como fortaleza de una casa noble que se extinguió hace ya milenios y creció hasta convertirse en un punto comercial importante que en los últimos años ha ido decayendo.

Los principales caminos se van ensanchando en las proximidades de Sailoth. Muy pronto me veo rodeado de gente que se dirige al mismo destino; los senderos se llenan de caballos, mulas y asnos, de carretas y carromatos cargados de bártulos que traquetean y bloquean el paso.

Al poco rato, se alza ante mis ojos lo poco que queda de la muralla, tras un foso estrecho de aguas verdosas que comunica con un río que es atravesado por un único puente de piedra. Un portal sin ningún tipo de adorno ni tallado da acceso a la ciudad. Las calles empedradas de Sailoth son amplias, bordeadas de árboles, arbustos y setos con flores; sus casas son bajas construcciones de madera y piedra que no superan los dos pisos de altura, con tejados de pizarra negra y vistosas puertas de colores.

Me apeo del caballo para moverme con más comodidad entre el gentío que llena el paseo principal, el cual forma un mar de cabezas que se extiende hasta donde alcanza la vista. Sobre ellas cuelgan los estandartes del rey, en ristras de banderas y pendones que atraviesan la calle de lado a lado, como los adornos que se colocan cuando se celebran las fiestas. Me produce cierta nostalgia ver de nuevo el blasón real en público, con su peculiar alerión silueteado sobre azur y sable, junto con los emblemas de las casas de Brannavor y de Hamnis. Sin lugar a dudas, ya ha corrido la voz sobre el triunfo de Celiras y la gente arde en deseos de celebrarlo.

Agradezco estirar las piernas después de estar tantas horas cabalgando, a pesar de que ahora noto con más intensidad las agujetas que me recorren los muslos, que me lanzan molestos pinchazos a cada paso que doy. Me abro camino entre la gente hasta llegar a una gran plaza en cuyo centro destaca una enorme cruz astada tallada en piedra. En torno a ella hay tenderetes, casetas y carros con todo tipo de productos exóticos: frutas con formas y colores extraños, perfumes, especias, sedas y pieles, broches, brocados, flores... Las voces y las risas reverberan en las calles, mezclándose con los clamores a viva voz de los vendedores que anuncian sus mercancías y la alegre melodía de vihuelas, flautas y tambores que tocan los músicos ambulantes. Los mozos transportan cajas, esquivando con habilidad a los paseantes, mientras los rateros aprovechan la confusión para sustraer todo lo que pueden.

Al otro lado de la plaza se levanta el templo, construido con su habitual piedra oscura. Las dos torres puntiagudas de sus laterales levantan poco más que la torre central que sobresale del tejado a dos aguas, pero siguen siendo altas si se comparan con los edificios que las rodean. Me llama la atención la larga cola de gente que espera entrar al santuario, con sus ofrendas en la mano o contenidas en vasijas de barro. No es habitual que un templo esté tan concurrido. Y es en este momento cuando me doy cuenta de que hay otra cosa fuera de lo común en esta ciudad: aún no he visto ni a un solo shadoriano, ni entre los visitantes, ni entre los comerciantes, ni siquiera entre las mujeres que se insinúan a los transeúntes en los callejones.

La sombra del cuervo rojoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora