El policía cerró la puerta de golpe. Una vez más oyó aquel sonido hueco, como si cerraran un ataúd dentro de una cripta. El
señor Ketchum hizo una mueca de disgusto por el símil que se le había ocurrido.

El policía entró en el coche y el señor Ketchum oyó cómo el motor cobraba vida líquida con un petardeo. Se quedó sentado,
respirando lenta y profundamente mientras el policía calentaba el motor. Miró por la ventanilla que tenía a su izquierda.

La niebla parecía humo. Podrían haber estado aparcados en un garaje en llamas. Excepto por la humedad que se calaba en los huesos. El señor Ketchum se aclaró la garganta. Oyó que el jefe se removía en el asiento, a su lado.

-Frío -dijo el señor Ketchum automáticamente. El jefe no dijo nada.

El señor Ketchum se recostó cuando el coche abandonó la cuneta, hizo un giro completo y empezó a bajar lentamente por la calle velada por la niebla. Escuchó el sisear crujiente de los neumáticos sobre el pavimento húmedo, el roce rítmico de las
escobillas que despejaban segmentos circulares en el parabrisas empañado.

Pasado un momento, miró su reloj. Eran casi las tres. Había perdido la mitad del día en aquel maldito Zachry.
Volvió a contemplar por la ventanilla el pueblo fantasmal. Le pareció ver edificios de ladrillo junto a la cuneta, pero no estaba seguro. Miró sus manos blancas, luego miró a Shipley. El jefe estaba sentado muy rígido, mirando directamente al frente. El señor Ketchum tragó saliva. El aire parecía estancado en sus pulmones.

En la Calle Principal, la niebla parecía menos densa. Probablemente debido a la brisa marina, pensó el señor Ketchum. Miró ar-
riba y abajo de la calle. Todas las tiendas y oficinas parecían cerradas. Miró al otro lado de la calle. Lo mismo.

-¿Dónde está todo el mundo? -preguntó.
-¿Qué?

-Digo que dónde está todo el mundo. -En casa -dijo el jefe.

-Pero hoy es miércoles -dijo el señor Ketchum-. ¿No tienen... las tiendas abiertas?

-Hace malo -dijo Shipley-. No merece la pena.

El señor Ketchum miró al jefe de rostro amarillento, y luego retiró la mirada apresuradamente. Sintió una fría premonición arrastrándose de nuevo por su estómago. ¿Qué significaba aquello,
en nombre de Dios?, se preguntó. Lo del calabozo ya había sido malo. Pero aquello, tener que atisbar a través de aquel mar de
niebla, era aún peor.

-Claro -oyó que decía su voz nerviosa-. Aquí sólo viven sesenta y siete personas, ¿verdad?

El jefe no dijo nada.

-¿Cuánto... c-cuánto tiempo tiene Zachry?

En el silencio, oyó que las articulaciones de los dedos del jefe crujían secamente.

-Ciento cincuenta años -dijo Shipley.

-Es mucho -dijo el señor Ketchum. Tragó con esfuerzo. Le dolía un poco la garganta. Vamos, se dijo a sí mismo.
Tranquilízate.

-¿Y de dónde viene el nombre de Zachry? -las palabras brotaron sin control.

-Lo fundó Noah Zachry -dijo el jefe.

-¡Oh! ¡Oh! Ya veo. Supongo que la foto de la comisaría... -Exacto -dijo Shipley.

El señor Ketchum pestañeó. Así que aquél era Noah Zachry, fundador del pueblo que estaban cruzando en coche...
... manzana tras manzana tras manzana. Algo frío y pesado se hundió en el estómago del señor Ketchum al darse cuenta.
En una ciudad tan grande, ¿cómo es que sólo había 67 personas?

Cuentos Fantásticos - Richard MathesonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora