Pesadilla a 20.000 pies

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-Los cinturones, por favor -dijo animadamente la azafata al pasar a su lado.

Casi al mismo tiempo que lo dijo, el rótulo sobre el arco de la entrada que comunicaba con el compartimento delantero se iluminó -ABRÓCHENSE LOS CINTURONES- con su correspondiente advertencia inferior: NO FUMAR. Wilson tomó una bocanada profunda y la exhaló a borbotones, y luego espachurró el cigarrillo
sobre el cenicero del reposabrazos con un gesto irritado, como si estuviera dando puñaladas.

Fuera, uno de los motores tosió monstruosamente, vomitando una nube de vapores que se fragmentó en la atmósfera nocturna.

El fuselaje empezó a temblar y Wilson, echando un vistazo por la ventana, vio la emisión de llamas surgiendo de la barquilla del motor. El segundo motor tosió, luego rugió, su turbina convertida instantáneamente en un borrón de revoluciones. Con tensa docilidad,
Wilson se abrochó el cinturón sobre el regazo.

Ya estaban funcionando todos los motores, y la cabeza de Wilson palpitaba al unísono con el fuselaje. Permaneció muy rígido,
mirando el asiento que tenía delante, mientras el DC-7 rodaba sobre la plataforma de estacionamiento, calentando la noche con el atronador estallido de sus escapes.

Se detuvo al borde de la pista de despegue. Wilson observó a través de la ventana el inmenso resplandor de la terminal. Pensó
que a última hora de la mañana, duchado y vestido con ropa limpia, estaría sentado en el despacho de otro contacto, discutiendo
otro negocio dudoso, cuyo resultado neto no añadiría ni una pizca de sentido a la historia de la humanidad. Era todo tan
condenadamente...

Wilson tragó saliva cuando los motores empezaron su carrera de calentamiento previa al despegue. El sonido, que ya era fuerte, se volvió ensordecedor; oleadas de sonido que chocaban contra los oídos de Wilson como bastonazos. Abrió la boca como para dejar que se derramaran. Sus ojos se vidriaron como los de un hombre enfermo, sus manos se apretaron en garras tensas.

Dio un respingo, retrayendo las piernas, al sentir que le tocaban el brazo. Apartando la cabeza de golpe, vio a la azafata que le había recibido en la puerta. Le estaba sonriendo.

-¿Se encuentra bien? -Apenas consiguió distinguir sus palabras.

Wilson apretó los labios y agitó la mano ante ella como si quisiera espantarla. Su sonrisa centelleó con un resplandor excesivo, y luego se extinguió cuando se dio la vuelta y se alejó.

El avión empezó a moverse. Al principio de forma letárgica, como un coloso que se esforzara por levantar la carga de su propio
peso. Luego con más velocidad, sacudiéndose la resistencia de la fricción.

Wilson, volviéndose a la ventanilla, vio la pista oscura corriendo a su lado cada vez más rápido. Se produjo un gemido
mecánico en el extremo del ala cuando bajaron los alerones. Entonces, de forma imperceptible, las ruedas gigantescas comenzaron a perder contacto con el suelo, y la tierra empezó a quedarse atrás.

Debajo, centellearon los árboles, los edificios, las flechas de mercurio de los faros de los coches. El DC-7 se escoró lentamente a la derecha, elevándose hacia el resplandor gélido de las estrellas.

Por fin se enderezó, y los motores parecieron detenerse hasta que el oído de Wilson, al ajustarse, captó el murmullo de su velocidad de crucero. Un momento de alivio liberó sus músculos, transmitiéndole cierta sensación de bienestar. Luego pasó. Wilson permaneció sentado e inmóvil, mirando el cartel de PROHIBIDO FUMAR hasta que se apagó con un parpadeo, y entonces encendió un cigarrillo rápidamente. Rebuscó en la bolsa trasera del asiento que tenía delante y sacó su periódico.

Como de costumbre, el mundo se encontraba en un estado similar al suyo. Fricciones en círculos diplomáticos, terremotos y tiroteos, asesinatos, violaciones, tornados y colisiones, conflictos económicos, crimen organizado. Dios está en el Cielo y todo está en paz en la Tierra, pensó Arthur Jeffrey Wilson.

Cuentos Fantásticos - Richard MathesonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora