El Fin del Plazo

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Hay por lo menos dos noches al año en las que los médicos no acostumbran hacer planes: la víspera de Navidad y la de Año Nuevo. La víspera de Navidad, Bobby Dascouli se quemó el brazo. Estuve curándolo y vendándolo en el momento en que podría haber permanecido instalado tranquilamente en un cómodo sillón, junto a Ruth, observando las luces multicolores del arbolito de Navidad.

Por consiguiente, no me causó una gran sorpresa que diez minutos después de llegar a casa de mi hermana Mary para celebrar la despedida del año, mi servicio de contestaciones telefónicas me llamara para decirme que me habían llamado, de urgencia, del centro de la ciudad.

Ruth me sonrió tristemente y sacudió la cabeza. Se me acercó y me besó en la mejilla.

-¡Pobre Bill! -dijo.

-Muy pobre, es cierto -dije.

Dejé sobre la mesa la primera copa de la noche, todavía con dos tercios del licor.

Le di una palmadita en el vientre, que ya se notaba muy abultado.

-No tengas ese niño hasta que regrese -dije.

-Haré todo lo que pueda -dijo.

Me despedí apresuradamente de todos ellos y me fui; me levanté el cuello del abrigo y avancé sobre la nieve hasta donde se encontraba mi automóvil Ford. Metí el obturador del carburador y finalmente logré que el motor se pusiera en marcha. Luego me dirigí hacia el centro de la ciudad, con la expresión hosca que he visto tantas veces en los rostros de los soldados.

Eran más de las once de la noche cuando las cadenas de mis ruedas rasparon East Main Street, que estaba obscura y desierta. Conduje a lo largo de tres manzanas de casas, hasta la dirección indicada, y me detuve frente a lo que había sido un edificio de apartamentos lujosos cuando mi padre ejercía la medicina. Ahora era una casa de huéspedes, vieja y decadente.

En el vestíbulo iluminé los buzones con mi lámpara de bolsillo, pero no pude localizar el nombre. Hice sonar el timbre de la conserje y me dirigí hacia la puerta de entrada. Cuando sonó el zumbador, empujé la puerta para que se abriera.

Al final del corredor se abrió una puerta y salió a mi encuentro una mujer gorda. Llevaba un suéter negro sobre su vestido verde arrugado, calcetines cortos sobre sus medias de lana y unos zapatos deslucidos. No iba maquillada; el único color que había en su rostro era el de dos puntos rojos en sus mejillas. En las sienes le colgaban rizos de cabello gris. Se los echó hacia atrás, mientras avanzaba hacia mí por el pasillo mal iluminado.

-¿Es usted el doctor? -preguntó.

Le dije que sí.

-Yo lo llamé -dijo-. Hay un viejo en el cuarto piso que dice que va a morirse.

-¿En qué habitación?

-Voy a enseñársela.

Seguí su ascensión vacilante por las escaleras. Nos detuvimos frente a la puerta marcada con el número 47, y la señora llamó con los nudillos. Al instante, abrió la puerta.

-Aquí es -dijo.

Al entrar, vi al hombre tendido en una cama de hierro. Su cuerpo tenía la flacidez de una muñeca de trapo. En sus costados, sus manos delgadas y huesudas yacían inmóviles, con las venas abultadas y manchas amoratadas. Su piel tenía el color marrón de los bordes de las páginas de los viejos libros y su rostro era una máscara de cera. En la almohada sin funda, su cabeza reposaba inmóvil, y sus cabellos blancos se extendían sobre ella como copos de nieve. Sus mejillas estaban muy pálidas y sus ojos azules, muy claros, estaban fijos en el techo de la habitación.

Cuentos Fantásticos - Richard MathesonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora