La guerra se extendió por varios meses, pero de forma estática, sin victorias ni derrotas aparentes. Lo cierto es que yo tenía otras cosas en mente, como los claros ojos de Adrián, sus tiernos labios y sus exquisitas caderas.
Me volvía loco la forma en que arrojaba sus brazos a mi cuello, me miraba a los ojos y me decía: "te quiero". Separarme de él siempre era una tortura, y por mucho que estuviéramos juntos ―a veces fines de semana enteros―, el tiempo nunca parecía ser suficiente. Adrián era mi vicio, mi adicción y mi cordura.
Para celebrar el quinto mes de habernos conocido, decidí llevarlo a él y a sus tres perros a mi casa de la playa. Emprendimos el viaje en mi auto desde muy temprano, para disfrutar en pleno el sol y las playas de Oaxaca: Adrián y yo al frente, Bob, Toby y Nico en la parte trasera. Los tres habían sido en algún momento perros callejeros de raza indefinida, a los que Adrián había encontrado, sanado y rescatado. Era como si los perros supieran que él era la razón de que aún siguieran con vida, porque lo adoraban.
La playa a la que arribamos junto con el alba era lo más cercano que yo había visto al paraíso. La arena en forma de medialuna cobijaba al mar color turquesa, flanqueado a ambos lados por acantilados de espesa jungla. El cielo parecía fundirse con las olas, pues las nubes aparentaban ser el reflejo de la espuma. Mi casa estaba hecha de roble blanco, con ventanales reforzados por todas partes que impedían que fuera necesario prender ninguna luz durante el día.
Adrián y yo hicimos el amor en cada cuarto de la casa, sobre todo en el jacuzzi. Una bomba para baño que él llevó había hecho que el agua transparente se pintara de turquesa, y que pareciéramos estar en medio del océano. Esa noche estuvimos en la bañera por mucho, mucho tiempo, tanto que, de haber seguido en ella un par de horas más, estoy seguro que nuestros cuerpos se hubieran convertido en uno solo.
Así fue durante tres días, y yo llegué a pensar que no me molestaría en lo absoluto que aquello se convirtiera en mi rutina: despertar con Adrián a mi lado, salir a correr por la playa con sus perros, cocinarle todos los días en el asador y, después de ver el sol ponerse con su cabeza en mi hombro, llevarlo a la cama y hacerle el amor hasta la madrugada.
Pero el paraíso no puede existir en la tierra. No mientras, al mismo tiempo que tú disfrutas una piña colada de frente al mar azul, alguien más está muriéndose de hambre bajo un puente.
Decidí aplazar mi paraíso imaginario por un día más, aún a sabiendas de que Felicia me había "pedido de la manera más atenta" que el lunes asistiera a una junta de pre-campaña con los miembros del Partido.
―¿Y no te meterás en problemas por faltar mañana? ―me preguntó Adrián, flotando desnudo sobre la piscina. Sus nalgas perfectas se asomaban a la superficie, como rogándome que me zambullera y fuera por ellas.
―Nah, no te preocupes ―respondí, haciendo con la mano un gesto despreocupado―. Ahí que se hagan bolas ellos.
Adrián se sujetó con fuerza del borde de la piscina y se alzó con ambos brazos, sólo lo suficiente para darme un rápido beso en la punta de los labios.
―Eres el mejor, ¿sabes? ―dijo tras volver al agua.
―Sí, lo sé.
Él rió sutilmente y negó con la cabeza, antes de lanzarse de pronto hacia adelante y tomarme de la pierna. Mi cuerpo perdió el equilibrio y caí con el estómago, salpicando agua por todas partes y empapando mi última camisa limpia.
Adrián soltó una estruendosa carcajada al verme salir de la piscina, escurriendo y refunfuñando.
―¡Te quiero! ―gritó, aún entre risas.
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Nido de víboras
RomanceDespierto sudando frío y con mil pensamientos en la cabeza. Hoy comienza el tortuoso camino para el que me han preparado desde que tengo memoria. Desde que mi padre decidió hacer de la política su vida. Yo aún no nacía, y ya mi destino estaba sellad...
