2. Bienvenida

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Una especie de resplandor cegador se coló por sus ojos cerrados, seguido por un sonido como de viento. Harriet se arremolinó entre sus sábanas, queriendo ignorar el ruido y simplemente quedarse dormida otra vez. Esa tarde había estado practicando un poco de box y quería descansar, pero su mente comenzó a llenarla de energía, y fue entonces que supo de qué iba la cosa. Levantó la mano aún envuelta en cobijas para buscar su teléfono celular. Mierda, eran las tres de la mañana. Con un poco de enojo se levantó de la cama; llevaba puesta el pijama, o sea una playera negra y unos shorts de lunares de colores que dejaban ver el tatuaje en su pierna derecha de flores exóticas; se pasó una mano por el cabello y se apresuró a salir a su sala de estar.

Desde hacía unos diez años que vivía en aquella bodega remodelada, y ella pensaba que había hecho un buen trabajo decorándola, sillones desiguales, una mesa de centro que en realidad era un maletín vintage gigante que había encontrado en la basura y con focos de apariencia industrial que colgaban del techo. Se acercó al interruptor de electricidad y encendió la luz.

Había una chica a la mitad de su sala.

El cruzar por el portal había sido, sin duda alguna, la experiencia más desagradable que alguna vez había experimentado. Era como ser arrojada al mundo, al "ser humano" de la manera más literal. Como si tuvieses que atravesar toda la ira, el miedo, la avaricia, el odio y vanidad humana, cada capa más dolorosa que la anterior. Como si lucharas contra ácido, atrapado en una cicatriz en las entrañas de mundo, con todo lo malo, lo podrido que representaba el estar vivo. No estaba segura de si alguna vez sería capaz de salir o si terminaría corroída hasta la médula, desintegrada en aquella salsa de rencores y sentimientos. No importaba cuanto estirara las manos, la Tierra parecía tan inalcanzable...

Cuando abrió los ojos nuevamente lo que vio a su alrededor la desconcertó un poco.

Se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento, temerosa de ahogarse si intentaba respirar, tomó una gran bocanada de aire y el sabor a salitre le llenó la lengua. Se encontraba en algo que parecía una sala de estar, pero las paredes de hormigón y los techos altos delataban que antes aquello no había sido una casa. Estaba acuclillada en el suelo de color gris y le costó un segundo el comprender que estaba desnuda.

Fue entonces que se encendió la luz.

—Bienvenida de vuelta, nuevita— le dijo Harriet con una sonrisa abierta mientras se acercaba a ella, sabía lo desorientador que era "renacer"

Naya miró todo, desde los sillones con tapicerías distintas pero igual de desgastadas, los escasos adornos y las enormes ventanas. Se llevó las manos al rostro y cuando estas pararon frente a sus ojos notó que eran diferentes; para empezar su piel era oscura, sus brazos más delgados, repasó su rostro con las puntas de los dedos, descifrando sus nuevos rasgos y luego tocó el largo cabello que le hacía cosquillas en la espalda desnuda. Naya se giró sólo lo suficiente para ver la diminuta chica que entró en la habitación. Frunció el ceño ante sus gestos de alegría sin entender qué demonios estaba ocurriendo.

Harriet dejó de saltar en el momento en que se dio cuenta de la situación. Uno, la chica estaba asustada, probablemente bastante confundida, dos, estaba desnuda.

—Oh, mierda— dijo, mientras corría a su habitación a buscar algo que le pudiera quedar a su nueva compañera. Demonios, por lo que había visto, era alta y ella era tan pequeña. Cogió unos pantalones de gimnasia y una sudadera, salió corriendo de regreso a la sala y se los puso a la chica en las manos, mientras esperaba a ver su reacción. La nueva abrió la boca varias veces, pero no logró decir palabra—. ¡Calma, calma! Cuesta trabajo adaptarse al principio— le dijo, para luego darse la vuelta, quería darle algo de privacidad mientras se vestía, aunque bueno, ya había visto todo lo que tenía para ofrecer—. Espero que te queden, aunque eres muy alta y yo soy más bien un maldito hobbit, pero supongo que tenemos que conseguirte algo que te quede, porque no te puedes estar robando mi ropa de gimnasia todo el tiempo— Harriet paró de hablar un segundo, el tiempo justo para voltearse y echarle otro vistazo—. Por Dios, tienes unas piernas tan largas, podrías usar shorts, y vestidos cortos, dioses, si te pones unos tacones con una de esas faldas largas de moda te verías como una de esas tías de Victoria's Secrets, aunque también necesitas ropa interior, porque bueno, esas chicas siempre andan en poca ropa, pero no me malinterpretes... —hablaba rápidamente, así era ella; eso era a causa de la hiperactividad y de sus acelerados latidos que podrían volver loco a cualquier cardiólogo—. Ups, perdón si hablo mucho, soy así. ¿Ya estás vestida?

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