Capítulo 1: La gravedad de las sombras

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En algún lugar de mi cuerpo hay dos flores para la misma persona.

Anis Mojgani

(^·x·^)



A Fushiguro Megumi jamás se le habría ocurrido que haber sido vendido y luego comprado pudiera interpretarse como algo malo, hasta que Kugisaki lo miró con una de sus características muecas de asco total.

-La verdad es que es una mierda -soltó ella-. No es que sea tu culpa, pero da verdadero asco.

Megumi sabía que el desprecio de Nobara no iba dirigido a él, sino al hecho en sí. Aun así, le dio más vueltas a sus palabras de las que le habría gustado admitir.

Por alguna razón, de la nada, ese pensamiento regresaba a él una y otra vez, como mareas constantes que se negaban a romper.

Una de las primeras cosas que le dijo a Gojo fue: «Me da igual».

En aquel entonces se refería a la vida de su padre, ese hombre que andaba por ahí gastándose el dinero fácil, pero la frase no había perdido vigencia.

«Me da igual», se repetía.

Y siendo Megumi, lo decía totalmente en serio.

O casi.

-En parte estoy de acuerdo -admitió Itadori.

Si algo le gustaba a Megumi de esos dos era su absoluta falta de compasión barata.

En el fondo, ambos entendían que la lástima era la peor de las ofensas, algo que jamás habían pedido ni necesitaban. Preferían la franqueza.

La honestidad no justificaba la rudeza, claro, pero a Megumi no le molestaba su punto de vista; encajaba demasiado bien con su propia intolerancia a la estupidez.

Aun así, le resultaba imposible ignorar la firmeza con la que Yuji y Nobara opinaban sobre un asunto en el que él apenas había pensado en toda su vida.

Itadori estaba tirado de espaldas al borde de la cama, sosteniendo el último número de su manga tan pegado a la cara que Megumi dudaba que pudiera ver algo. Sacudió la cabeza.

-La verdad, nunca le he dado muchas vueltas -dijo Megumi. Honestidad por honestidad.

Itadori bajó un poco el volumen para mirarlo por encima de las páginas, boca abajo, con una expresión demasiado directa.

-Sí, lo sé.

Había alguien más que también lo sabía, como era de esperarse.

-Otra vez.

Megumi se arrojó contra Gojo una y otra y otra vez.

Había perdido la cuenta de las derrotas acumuladas y de los moretones que comenzaban a palpitarle en la piel. Satoru no era un maestro nato, ni mucho menos benévolo.

Al final, Megumi sintió el sabor metálico en la boca; solo al toser y ver la mancha roja en el dorso de su mano confirmó que estaba sangrando.

Se quedó mirando la sangre, frustrado, hasta que notó un leve roce en un costado del rostro.

El instinto le ordenó esquivarlo, pero la ligera presión del Infinito contra su mandíbula se volvió firme, casi afilada. Siseó entre dientes.

Azul como el cielo - GofushiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora