Prólogo

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Alemania tenía problemas

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Alemania tenía problemas.

Muchos.

Demasiados.

Demasiadísimos.

Ser “la cabeza de Europa” sonaba precioso en los discursos de Bruselas, adornado con banderas de seda, sonrisas diplomáticas de plástico y gráficos de Excel que subían mágicamente para calmar a los mercados. Pero en la práctica, significaba ser el único adulto funcional en un grupo de países que discutían incluso cuando estaban de acuerdo por puro deporte nacional. Grecia vivía en un bucle eterno de deudas “controladas” que, por alguna ley física desconocida, nunca se controlaban; Italia tenía la asombrosa habilidad de reinterpretar las reglas fiscales como si fueran sugerencias creativas de un libro de autoayuda; Francia defendía a capa y espada que todo debía hacerse “a la francesa” (lo cual, estadísticamente, implicaba que Alemania pusiera la tarjeta de crédito), Polonia discutía por el simple placer de llevar la contraria, y España… bueno, España era un caso aparte. A España no la podías dejar sin luz porque se volvía loco.

A veces Alemania sentía que no lideraba el continente, sino que era el niñero peor pagado de la historia para una guardería de naciones con mucho ego y poca memoria. Con su traje de tres piezas impecable, un café frío que sabía a derrota y una paciencia que ya estaba en números rojos, rozando la bancarrota emocional.

Su escritorio era menos un mueble y más una advertencia de salud pública. Había papeles en capas geológicas (el estrato inferior probablemente databa de la caída del Muro), tazas de café olvidadas que ya tenían ciudadanía propia con derecho a voto, y dispositivos móviles vibrando al unísono como si intentaran escapar de la gravedad del caos. Cada crisis que resolvía generaba tres más, como una Hidra de Lerna hecha de burocracia. Energía prohibitiva, una inflación que se negaba a morir a pesar de las palizas del Banco Central, industrias presionando para no mudarse a Texas, y socios insinuando, otra vez, que el euro “quizá necesitaba unos ajustes creativos”. Alemania no recordaba la última vez que durmió más de tres horas sin soñar con tazas de interés y gráficas.

Alemania, tengo un problema con los fondos del Mediterráneo. — Apareció Italia, caminando a su lado con esa elegancia despreocupada y una mueca que prometía una factura de doce cifras.

Recorta los gastos suntuarios, prioriza el turismo y, por lo que más quieras, no toques los subsidios agrícolas si no quieres tractores bloqueando mis fronteras. — Respondió sin apartar la vista de las tres tabletas que sus asistentes sostenían con manos temblorosas.

Italia se rascó la cabeza.

¿Pero y si intentamos una devaluación interna que—?

No.

Italia asintió con un suspiro dramático y se fue. Milagro número uno del día. Alemania apenas alcanzó a exhalar medio gramo de paciencia antes de que el universo decidiera que eso era demasiado descanso.

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