En agosto, la Arena nos declaró la guerra y perdieron. El conflicto duró menos de un día y no sirvió para nada más que confirmar lo que ya sabíamos: los shinobis éramos buenos matándonos los unos a los otros, sobre todo si esos otros habían sido antes nuestros aliados.
Esa noche el Consejo se reunió para debatir el estado de las cosas y éstas no iban bien. El Hokage estaba muerto y Konoha, aplastada. Al día siguiente se hizo el recuento de bajas y la cifra real nunca se hizo pública. No queríamos vernos débiles, pues las otras aldeas nos observaban como aves carroñeras, y en ese escenario, nosotros éramos la carroña.
Empezó a hablarse sobre un nuevo Hokage. Los candidatos más obvios eran los legendarios Sannin, antiguos alumnos del Tercero. Si uno de ellos había acabado con su vida, otro continuaría su legado. Pero cuando eligieron a Jiraiya como sucesor, mi maestro se negó en redondo y propuso a la Sannin restante, Tsunade de los Senju, en su lugar. El Consejo aceptó la idea. Sólo faltaba saber si Tsunade lo haría.
Y nadie sabía dónde estaba.
Así que salimos en su búsqueda, Jiraiya y yo, y por el camino me enseñaría mi mejor técnica: el Rasengan, ideada por el mismísimo Cuarto Hokage. Por aquel entonces yo no sabía que aquel hombre era mi padre, ni que Jiraiya era mi padrino. No hice conexión alguna entre la técnica y yo mismo: que las espirales del Rasengan recordaran al símbolo de mi clan, el Uzumaki, sólo me pareció una divertida coincidencia.
Al cabo de unos días encontramos a Tsunade, quien no perdió el tiempo en rechazar la oferta. Y aunque en ese momento yo me puse furioso ante su negativa, hoy entiendo por qué aquella mujer no quiso cambiar una vida de libertad por un escritorio hasta arriba de documentos. El sombrero de un Kage ensombrece el rostro y el corazón de quien lo lleva. Ella sabía que incluso su abuelo había sufrido a veces. Nadie querría esa carga para sí.
Sin embargo, yo la deseaba con todas mis fuerzas.
"Si me convierto en Hokage", me decía a mí mismo, "finalmente el mundo se tragará sus palabras." Así era yo. Tan solo quería demostrar que se equivocaban. La aldea me iba a aceptar aunque fuera a regañadientes, y nadie iba a impedirlo.
Esos eran mis planes.
El Zorro tenía otros.
Jiraiya y yo no fuimos los únicos en encontrar a Tsunade. Orochimaru también lo hizo. La batalla contra el Tercero le había costado los brazos y sólo la legendaria Sannin médico podía sanarlos. "Ayúdame a recuperar mis técnicas y yo traeré de vuelta a tus seres queridos." A veces la vida se ríe de nosotros de tal manera que sólo cabe reír de vuelta. Estoy seguro de que Tsunade estuvo a punto de aceptar aquella oferta. Pero no lo hizo. Y eso le honra.
Hubo que luchar. Jiraiya y ella se enfrentaron a Orochimaru y yo hice lo propio con su discípulo, Kabuto, quien era dos o tres veces el ninja que yo era. Tenía más experiencia, era más listo, y conocía más técnicas que yo. Por supuesto que me subestimaba. De no haberlo hecho, nunca le habría alcanzado con mi Rasengan, y ese error casi le costó la vida.
Verle salir despedido contra aquella roca me llenó, por un momento, de una profunda satisfacción. Su cuerpo la reventó como si se tratase de un cañonazo y Kabuto ya no volvió a moverse en bastante tiempo, mientras hilos de humo blanco ascendían desde la herida en su estómago.
Estaba fuera de combate. Y yo también lo estaba.
Había perdido mucha sangre. No me sorprendió en absoluto ver que me fallaban las piernas. Me desplomé en el suelo y ahí me quedé, hecho un guiñapo, viéndolos luchar.
Jamás había visto algo así.
Los tres Sannin estaban muy debilitados. Y aún así cualquiera de ellos tenía en un dedo más poder del que yo había tenido en mi vida. Verles luchar, subidos sobre sus gigantescas invocaciones, sólo acrecentó la sensación de estar plantado frente a un abismo insondable.
Un abismo de absoluta oscuridad, y mis pies, justo al borde.
Recuerdo ver a Jiraiya subido sobre Gamabunta y pensar en lo bien que lucía de pie sobre él. No era como cuando yo lo había invocado. El contraste se hizo, de pronto, algo insoportable. Me hacía apretar los dientes hasta que rechinaran. Sentí el dolor de mis uñas clavándose en las palmas seguido de otro dolor más. Intenso. Profundo. Húmedo.
Entonces bajé la mirada, justo a tiempo para ver cómo Kabuto arrancaba el kunai que había clavado en mi estómago y lo sacaba de él con una sonrisa sádica. Algo estalló en llamas allá donde los Sannin luchaban, y el fuego se reflejó intenso y rojo en el filo de su arma y en sus gafas agrietadas.
Mis ojos se desviaron hacia el rastro de sangre que había dejado al arrastrarse hacia mí y luego volvieron a fijarse en su mirada negra y desquiciada.
— Te voy a contar un secreto —dijo, el kunai colgando peligrosamente sobre mi ombligo—: si sigues vivo hasta ahora ha sido porque matarte era demasiado problemático. Esa... cosa que llevas dentro, hay gente muy interesada en ella, y podrían cabrearse mucho si murieras.
Antes de que pudiera reaccionar, Kabuto me tapó la boca y hundió el kunai de nuevo en mi carne, ahogando mi grito. Su cara se acercó mucho a la mía mientras retorcía la hoja.
— Pero a mí eso me importa una mierda.
Kabuto sonrió. Había sangre entre sus dientes y verla me hizo estremecerme, porque había entendido que aquel hombre iba a matarme.
— Orochimaru se equivoca. ¿Por qué mantenerte con vida para que algún día Akatsuki se lleve al Kyubi? ¿Por qué darles un arma? ¡Eso es ilógico! ¡Irracional! Es... un error —Kabuto hablaba en voz baja y deprisa, como si quisiera asegurarse de que escuchara todo lo que tenía que decir antes de morir—: y los errores son como un virus, Naruto, si no los erradicas a tiempo acaban...
Un destello extraño cruzó su mirada, y fue como si despertara de una ensoñación.
— Olvídalo —dijo—, no vale la pena.
Su rostro perdió todo rastro de emoción y entonces Kabuto volvió a arrancarme el kunai y lo hundió hasta la empuñadura en mi corazón.
Despacio, todo se teñía de negro.
De un momento a otro, el dolor, el miedo, la horrible sensación de tener un trozo de metal en mí, desaparecieron. Y sentí alivio de que así lo hiciera, aunque sin duda eso significaba que iba a morir.
La oscuridad era absoluta. El abismo que antes había anticipado ahora se extendía a mi alrededor como una noche infinita y yo miré en su el abismo me devolvió la mirada... y supe que no estaba sólo en él.
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Parásito
ActionEl monstruo que Konoha teme no está dentro de Naruto... es él mismo. Y pronto, nadie podrá detenerlo.
