Las gotas de lluvia comenzaban a mojar la tierra árida y el pasto seco sobre la cual reposaban las lápidas del cementerio. El cielo se encontraba cubierto por diversos cúmulos de nubes grises que amenazaban con desatar una tormenta en cualquier momento mientras que el viento soplaba con delicadeza, cargando consigo una delicada sensación fría que movía las ramas de los árboles lentamente, haciendo caer las hojas al suelo.
Frente a tres fosas cavadas en la tierra gris sobre las que estaban sostenidos tres ataúdes sencillos de color café había una jovencita pecosa, de complexión delgada, con grandes ojos de color avellana, piel clara y cabello brillante como el trigo que llevaba puesto un vestido de color amarillo con detalles en color verde que lucía sucio y desgarrado. A pesar de su aparente tranquilidad, sus ojos reflejaban un profundo dolor que de pronto dejó ver a través de un par de lágrimas que escurrieron por su mejilla derecha. Aquellas fosas estaban rodeadas de grandes coronas de flores llenas de gardenias y rosas blancas que eran cubiertas por la delicada brilla que caía cada vez con más intensidad desde el cielo.
Justo detrás de Anna todos los habitantes del pueblo se habían hecho presentes; todos con miradas compasivas, suspiros y susurros que se podían escuchar como si el viento los arrastrara consigo. El llanto de algunos presentes no se hizo esperar en cuanto el padre, un hombre alto y joven vestido con su sotana y con un pequeño moretón debajo de su ojo derecho, exclamó:
—Porque como en Adán todos mueren, así que en Cristo todos serán vivificados. Le agradecemos esta esperanza para que Julián y las pequeñas Aurora y Alicia sean elevados a la vida imperecedera. Míranos con tierna piedad y compasión, concede a cada uno de nosotros el consuelo de tu espíritu. Renueva en nosotros la alegría de tu salvación, por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén...
En cuanto terminó, los enterradores comenzaron a hacer descender los ataúdes lentamente. Un silencio sepulcral se hizo presente durante unos segundos, aunque fue acallado por el amargo llanto de algunas mujeres que no pudieron contenerse más, así como por la desafinada melodía que una banda de viejos músicos norteños comenzaron a tocar:
Te vas ángel mío, ya vas a partir,
dejando mi alma herida y un corazón a sufrir.
Te vas y me dejas un inmenso dolor,
recuerdo inolvidable me ha quedado de tu amor...
Anna, en completa soledad y con los brazos cruzados, hacia lo posible para soportar el llanto, mordiendo con fuerza su labio inferior y provocando que este le sangrara ligeramente.
Pero hay cuando vuelvas no me hallaras aquí,
irás a mi tumba y allí rezaras por mi.
Te vas ángel mío ya vas a partir,
dejando mi alma herida
y un corazón a sufrir.
Cuando los ataúdes tocaron el fondo de la fosa, el padre se acercó y tras cerrar el libro que tenía entre sus manos y santiguar las tumbas con un movimiento de su mano derecha, dijo:
—La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones y nuestras mentes en Cristo Jesús. Amén. —después solo bajó la mirada lentamente. El llanto se hacía cada vez más intenso, provocando que los ojos de Anna se llenaran cada vez más de lágrimas.
Justo cuando uno de los sepultureros tomó la pala para comenzar a llenar las fosas, le hizo una seña a Anna para que se acercara. Ella, soltando un amargo suspiro, asintió y se acercó lentamente; se agachó frente al montón de tierra que había junto a las fosas y tomo un puñado, el cual lanzó hacia una de ellas de forma poco ceremoniosa. Ella volvió a tomar más tierra para lanzarla a las demás fosas ante la atenta mirada de todos los presentes, quienes no paraban de cuchichear entre sí.
En cuanto ella soltó el último puñado de tierra no pudo contenerse más y, tras un desgarrador alarido, se dejó caer sobre sus rodillas y comenzó a llorar. La gente poco a poco comenzó a retirarse debido a la lluvia, que de un momento a otro se había vuelto más intensa; los truenos retumbaban en el cielo, estremeciendo las grises y viejas lápidas que poco a poco se convertían en los únicos testigos del dolor que sentía Anna.
—Hija, es hora de irnos. Me gustaría que me acompañes a la casa, no quiero que te quedes sola por ahora... —dijo el padre, colocando su mano sobre el hombro izquierdo de Anna. Ella, sin dejar de mirar a los enterradores, quienes ya habían rellenado casi por completo las fosas, respondió:
—Muchas gracias, padre Guille, pero no será necesario —respondió Anna, enjugando sus lágrimas con los puños de su suéter—. Aquí no estoy sola, ellos están conmigo. —El padre estuvo a punto de responder pero, sin quitar la mano del hombro de Anna, tan solo prefirió quedarse en silencio.
En cuanto terminaron, los enterradores colocaron una cruz de madera sobre cada una de las tumbas.
—Tengo que regresar a la iglesia, hija, pero más tarde pasaré a tu casa para ver cómo estás. ¿De acuerdo? —exclamó el padre Guillermo, retirando su mano del hombro de Anna. Ella solo asintió sin decir una sola palabra—. Recuerda que no estás sola, hija. Aquí estamos todos para ti... —agregó el padre, retirándose lentamente del lugar tras santiguarse frente a las tumbas. Cada uno de los enterradores hizo una pequeña reverencia frente a Anna mientras se retiraban cargando su herramienta y, de pronto, todo se convirtió en silencio.
Así pasaron varios minutos en los que Anna quedó bajo la lluvia, estremeciéndose por el frío que le provocaba su ropa mojada y el viento que parecía soplar cada vez con mayor fuerza.
—No sé qué voy a hacer sin ustedes, papá. Ya no sé qué voy a hacer... —susurró Anna, dejando que el llanto la embargara nuevamente. Ella se levantó con torpeza del suelo debido a que sus piernas se le habían dormido y, con pesadez, caminó hacia las cruces y cada una de ellas les dio un beso, después, con las lágrimas escurriendo sobre su rostro dio la vuelta y tomó el camino hacia el pueblo.
El aroma a tierra mojada se mezclaba con un delicado olor a madera quemada que poco a poco se volvía más intenso. Anna avanzaba lentamente sobre el camino rodeado de frondosos árboles verdes que juntaban el rocío de la lluvia sobre sus hojas y dejaban caer grandes gotas de un momento a otro, su cabello y su ropa escurrían el agua de la lluvia que la empapaba, mientras que en su rostro las lágrimas y la lluvia se mezclaban sobre su piel.
Cuando Anna salió del camino del cementerio observó las construcciones del pueblo; eran viejas casas construidas con muros de adobe y madera, casi todas pintadas con cal que las hacia lucir un color blanco deslavado, el cual mostraba el paso del tiempo sobre sus fachadas. Los techos de las casas, algunos de paja y otros de madera, se movían delicadamente debido a la fuerza del viento. Ella avanzó sobre el camino empedrado, mirando como casi todo se encontraba en silencio; en la calle no había una sola persona y los pocos negocios de la calle principal estaban cerrados y con sus luces apagadas; solo el sonido de algunos animales se podía escuchar.
Anna dio la vuelta en una esquina y caminó hacia una vieja construcción con fachada de ladrillos rojos en la cual había un gran portón de madera roja, muy castigada por la acción del Sol sobre su superficie y por el paso del tiempo, además de un par de grandes ventanales de hierro forjado en forma de arco. Ella buscó en los bolsillos de su suéter hasta sacar un pequeño llavero, sin embargo, en ese momento una voz la interrumpió:
—¡Anna! ¡Espera! —Aquellas palabras la hicieron voltear y lo primero que encontró fue a una señora regordeta que, cubriéndose con un amplio paraguas negro, se dirigía hacia ella. Aquella mujer estaba vestida con un vestido negro y un reboso del mismo color que le cubría la cabeza; las arrugas en su rostro parecían formar pliegues sobre su frente y sus mejillas que se movían de forma desagradable mientras hablaba.
—¿Pasa algo, doña Marta? —preguntó Anna, tratando de disimular su tristeza.
—Ay, hija, claro que pasa algo —dijo la mujer con angustia—. ¡Ve cómo estás! Toda empapada, ¡te vas a enfermar! —agregó exagerando sus palabras.
—No se preocupe, ahorita voy a calentar agua para bañarme y... —Anna intentó responder, pero Marta la interrumpió:
—Mi hermano me dijo que no quisiste venir a la casa así que vine por ti para que vayas a comer y te quedes algunos días con nosotros —dijo Marta y, sin pensarlo, intentó tomar de la mano a Anna.
—Doña Marta, le agradezco mucho, pero yo... —Anna evitó que Marta la tomara de la mano, sin embargo, antes de que pudiera responder, ella la interrumpió:
—¡Nada de peros, muchachita! Ahorita no es momento para que estés sola. Eres una señorita y que te quedes tu sola en tu casa es algo que no se va a ver bien. —Marta hablaba de forma atropellada cómo consecuencia de la falta de aire que la caminata le había provocado—. Tu padre, que Dios lo tenga en su santa gloria —dijo mientras se santiguaba—, hubiera querido eso.
—Señora Marta, de verdad que ahorita no es el momento... —insistió Anna, pero Marta la pescó de la mano y la intentó llevar con ella.
—¡Ya te lo dije, nada de peros! Ahora menos que nunca pensamos dejarte sola con esa carga que traes acuestas —terminó y justo en ese momento la jaló con fuerza, pero Anna, con una mirada de fastidio, se soltó bruscamente de Marta y habló levantando la voz:
—Doña Marta, no quiero ir con usted a ningún lado, por favor déjeme en paz. Quiero estar sola... —Marta la miró de forma desconcertada y, con una expresión de molestia que no pudo disimular, ella le dijo:
—A ver, chiquilla, entiende, ahorita estás pasando por un momento muy difícil y yo no voy a dejarte nada más así porque sí. Yo no soy mi hermano para tenerte paciencia sino para hacerte entender qué es lo mejor para ti...
—¿Lo mejor para mí? —preguntó Anna, también desconcertada. Sin embargo, su expresión se desencajó de un momento a otro y, con clara molestia, solo se limitó a responder—: ¡¿Sabe qué es lo mejor para mí?! ¡Tener a mi papá y a mis hermanas conmigo! ¡Eso sería lo mejor! —Marta la miró con los ojos bien abiertos e intentó hablar, pero Anna continuó—: ¿O sabe qué sería mejor? Lo mejor sería poder irme con ellos, ¡eso es lo que sería mejor!
—¡Escuincla, no digas tonterías! —gritó Marta, sumamente molesta—. Mejor agradece que tú estás aquí y estás sana...
—¿Agradecer? ¿En serio? ¡¿Agradecerle a quién?! ¿A Dios? ¿A ese Dios que permitió que pasara todo esto? ¡¿A ese Dios que me quitó todo lo que era importante para mí?!
—¡Escuincla! ¡Deja de estar blasfemando! —gritó Marta, pero Anna, con la mirada inyectada de sangre, la ignoró y continuó hablando:
—Si ese Dios del que tanto habla usted y el padre fuese de verdad tan piadoso cómo dice, ¡entonces también me hubiera llevado a mí! —gritó Anna con todas sus fuerzas, provocando una mueca de indignación en el rostro de Marta—. Y ni me vea así, porque es injusto, ¡es injusto! ¿Qué hago yo ahora con todo este dolor? ¿Qué hago yo con este vacío que me está carcomiendo por dentro? Dígame, ¿se le hace justo que nos haya hecho esto? ¡¿Se le hace justo?! —gritó nuevamente, provocando que Marta la mirara con desprecio. Anna soltó un suspiro y trató de guardar la calma, aunque terminó diciendo—: Lo mejor será que a mí también me entierren en una fosa junto a ellos porque yo me siento igual de muerta por dentro. ¡Yo me quiero ir con ellos! —Ante aquellas palabras y con una profunda mirada de indignación, Marta le propinó una fuerte bofetada a Anna.
—Eres una escuincla malagradecida —dijo Marta, con un tono de decepción y desprecio mientras Anna se sobaba la mejilla—. Dios te está dando una oportunidad de vivir, de salir adelante y de hacer una vida, y tú solo te la pasas diciendo tonterías...
—Yo no le pedí ninguna oportunidad a nadie, además es mi vida, yo soy quien decide qué hacer con ella. —Después, con malicia, agregó—: Y también soy lo quién decide cuándo y cómo terminar con ella...
—¡Eres una estúpida! —gritó Marta, dándole otra bofetada—. ¡Solo Dios es quien decide cuando nos llega la hora y por qué estamos aquí! Te voy a lavar la boca con jabón para que dejes de estar diciendo tonterías y aprendas a no ser una pecadora cualquiera... —dijo Marta, tomando por la fuerza a Anna del brazo.
—¡Dejen de pelear ustedes dos! —gritó el padre Guillermo, quién se acercó corriendo por la calle principal hasta donde ellas estaban—. ¿Qué les pasa? ¿No entienden que no es momento para esto?
—¡Díselo a esta escuincla! ¡No es más que una pecadora malagradecida! —respondió Marta, pero el sacerdote, con una expresión de cansancio y todavía vestido con su sotana, le dijo:
—Vete a la casa, por favor...
—¡¿Pero cómo quieres que me vaya si...?! —Ella no pudo terminar aquella pregunta cuando el sacerdote, alzando la voz y con una profunda expresión de seriedad, la interrumpió:
—Que te vayas de aquí de una vez... —Marta lo miró sorprendida y, aunque intentó hablar, solo mostró una mueca de enojo mezclada con fastidio y dio la media vuelta, alejándose con pasos pesados mientras mascullaba todo tipo de groserías. Anna, con la misma expresión de furia, y el sacerdote la observaron mientras ella se alejaba por la calle.
—Sus gritos de escuchaban casi hasta la iglesia —dijo el padre, provocando que la expresión de furia de Anna se desvaneciera y comenzara a llorar.
—Discúlpeme, padre, no quise ser grosera con ella, yo solo... —Anna no pudo terminar cuando el sacerdote, sin decir nada, tan solo se limitó a abrazar de forma paternal a Anna. Ella se afianzó fuertemente a él y se soltó a llorar con amargura. Así se quedaron algunos minutos mientras que la lluvia continuaba mojándolos.
—Ya sabes cómo es mi hermana, ella se siente impotente porque no sabe cómo ayudarte ni a ti, a Adelaida ni a María —exclamó el padre, dejando de abrazar a Anna y rompiendo el silencio. Anna enjugó sus lágrimas y tragó saliva—. Podría decirte que sé cómo te sientes y que el dolor va a pasar, pero no es así. No sé qué debes estar pensando o sintiendo porque lo que perdiste fue demasiado. Pero lo que sí sé es que es demasiado dolor para que lo lleves a cuestas tú sola...
—Padre, de verdad no quise ser grosera, pero no sé qué pensar ni qué decir, solo sé que no quiero ver a nadie, no quiero saber nada no quiero creer nada de lo que está pasando —interrumpió Anna mientras que el padre la miraba en silencio—. Todo esto es como un sueño...
—Una pesadilla, diría yo —interrumpió el padre, mientras sacaba del bolsillo de su sotana un rosario de cuentas negras—. Quiero que tengas esto —agregó, dándoselo a Anna—. Era de mi madre, pero ahora quiero que sea tuyo.
—Ay, no, padre. ¿Cómo cree? —dijo Anna, tratando de no aceptarlo, pero el sacerdote se lo colocó en sus manos.
—Quiero que lo aceptes como un recordatorio de que nunca estarás sola. Me tienes a mí y a Marta, aunque a veces puede ser muy... Insistente con las cosas ella se preocupa mucho por todos. —El padre hizo una pausa y, tras sonreírle, agregó—. En caso de que nosotros no estemos disponibles, recuerda que también está Dios contigo... —Anna miró el rosario y lo apretó suavemente entre sus manos.
—Muchas gracias, padre —dijo ella, suspirando con nostalgia.
—Te dejo, porquetengo varias cosas que hacer. Pero deberías visitar a Adelaida y a María, creoque les vendría bien la compañía. —Entonces, sin más, el sacerdote dio mediavuelta y se alejó lentamente. Anna lo miró en silencio mientras él se alejababajo la lluvia y después observó el rosario en su mano. Quiso lanzarlo lo máslejos que pudo, peso solo se limitó a suspirar y abrir aquella gran puerta demadera para poder entrar.