Diario de J. S. Freud - Llamada de Cthulhu-Parte 1

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¿Qué es la locura?

A mis treinta años de edad aún no he sido capaz de definir esa palabra. En cambio, cuanto más lo pienso, más indescifrable me resulta. Y es que la naturaleza humana es infinitamente inferior al conocimiento verdadero. Mientras nos creemos capaces de poder resolver cualquier misterio, sólo podemos percibir un atisbo de aquello que aguarda, durmiente, en los oscuros rincones de la Tierra.

Temo el conocimiento espantoso que aguardan las páginas de este libro profano, este libro que siempre debió permanecer sellado. Sin embargo, algo me empuja a seguir leyendo. Tengo la vana esperanza que entre los abismos de locura haya algo a lo que aferrarse, una forma de combatirlo.

Mi nombre es Jack Sigmund Freud y ahora que empiezo a vislumbrar un atisbo de la verdad, he llegado a la maligna conclusión de que puede que todos seamos dementes. Este es un mundo de locos.

Pero para que podáis comprenderme, debo remontarme al día en que mi mundo cambió y me sumergió en esta espiral de demencia infinita, en la que yo, de forma inocente, caí como un ingenuo.

Todo comenzó con una llamada...

LA FIESTA

Sábado 18 de octubre de 1922

Me encontraba en mi consulta de Boston cuando sonó mi teléfono. Me sorprendió escuchar al otro lado de la línea a mi viejo amigo Allan Frost, un bróker de Boston con el que había trabado amistad años atrás. Hasta el momento, nunca había dejado de lamentar que se hubiera marchado a Nueva Orleans tras la muerte de su padre. 

Allan no tardó en mostrar su gratitud al hablar conmigo y, cordialmente, me invitó a una fiesta en la Mansión Terrify en la 21 con la 6ª en Boston.

Acepté sin dudarlo. Tenía ganas de hablar con el viejo Frost. Había pasado lustros sin tener noticias suyas.

Viernes 19 de octubre de 1922

La invitación llegó esa misma mañana, cubierta de florituras, caligrafía elegante y un caro perfume. Ante mi asombro por la poca antelación, la fiesta quedó fijada para el martes 21 de octubre.

Ojalá hubiera sabido lo que sé ahora y hubiera reducido a cenizas esa invitación, maldiciendo la memoria del condenado Allan Frost.

Martes 21 de octubre de 1922

A la hora indicada, me dirigí a la fiesta con mi chófer en mi vehículo particular, un Cadillac tipo 55 que había adquirido hacía unos meses por una importante suma. Le dije al chófer que aparcara y me esperara hasta que saliera de la fiesta y entré, engalanado con mi traje de seda y con la seguridad que da el peso de un arma en la cartuchera.

Una vez en la fiesta, tomé algo de bebida y aperitivos. Como esperaba, todo era sumamente elegante, si bien algunos invitados llamaban poderosamente la atención. Entre estos se encontraba Bertrand Joseph, mentor de Allan, con el que charlé tranquilamente tras ser saludado por el anfitrión.

Sin embargo, apenas pude mantener unas palabras con Frost antes de que subiera de nuevo las escaleras que daban a sus habitaciones. Tras saludar indiferentemente a los recién llegados uno por uno, incluyéndome a mí, se disculpó educadamente y desapareció del salón.

Estaba intrigado por aquello que mantenía ocupado a mi anfitrión en el piso superior, pero tal vez por educación o tal vez por instinto, mantuve la boca cerrada.

No sólo eso hacía que la fiesta resultara sospechosa y mi inquietud se incrementara a cada minuto. También la abundancia de personal de seguridad daba un toque oscuro a la fiesta. Hombres curtidos, vestidos de negro y seguramente armados esperaban en cada rincón. Encontré poco convincente la idea de que fuera por simple seguridad.

Diario de J. S Freud - La llamada de CthulhuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora