Preludio

53 5 4
                                        


Daegu, Corea del sur.
Noviembre 04, 2019.
05:47 a. m.







Como regularmente precedía, había demasiado tráfico esa mañana. Las personas caminaban hacia direcciones contrarias, apuradas y frotándose las manos por el frío, ellas deseaban y solicitaban exhaustivamente la señal verde del semáforo para cruzar y llegar lo más pronto posible a sus destinos; sin embargo, cruzara cuanta gente cruzara, siempre se formaba un nuevo tumulto de personas esperando con ansias en la acera para poder cruzar, hecho bastante desventajoso para el deseo de los que se movilizaban en automóviles, motocicletas y bicicletas, pues algunos semáforos contaban con un botón de fácil acceso para que cualquier persona solicite el paso peatonal.
Era una decisión peligrosa, de las opciones que habían para movilizarse, la que se oía más prometedora y factible era la de movilizarse en motocicleta. Fue por ese principal motivo por el cual un joven, de cabellera grisácea, camisa, pantalón, abrigo y zapatos negros, decidió ir en motocicleta hacia su trabajo.
Hacía mucho tiempo que no la había vuelto a usar, siempre procuraba no volver a hacerlo, pero como «nada es perfecto», habían ocasiones -por ejemplo esta- en las que se veía en la obligación de volver a montarse en ella. No obstante, todas las veces que la volvió a manejar están contadas con los dedos de sus manos, todas para evitar llegar tarde.
En un mundo idílico, él podría llegar a la hora que se le antojase e iría a presentarse cuando se le antojase, probablemente solo para supervisar superficialmente el trabajo de sus empleados o para pasar el rato, pero recordando una vez más que «nada es perfecto» y que no es un mundo idílico, él no podría darse el lujo de, a lo menos, llegar un día fuera de horario simplemente. Eso significaría manchar la pulcritud de su expediente laboral, además de atrasar o, en el peor de los casos, anular aquel ascenso con el que tanto se estaba esmerando. No lo necesitaba en demasía, pero si quería salir de aquel ruidoso y «antipaz» barrio, en donde se le hacía de lo más complicado, incluso, tomar una siesta, entonces sí, le urgía.
Por ese principal motivo es que aquella mañana de ese lunes cualquiera, este joven de cabellera grisácea se encuentra sobre una motocicleta, mirando de manera fija el semáforo, esperando casi impacientemente el cambio de color. No le interesaba saber si había gente que todavía estaba cruzando y que no alcanzaría a terminar de cruzar cuando se acabe el tiempo estipulado, él avanzaría igual.
Había decidido tomar una dirección alternativa conocida por ser el típico atajo de una carretera más concurrida. Probablemente la calle principal tenga un tráfico más eterno que el suyo, las cosas no andaban tan mal tampoco: un chiquillo pasó en bicicleta recitando algunas noticias interesantes para animar a la gente a que compren su periódico; un hombre, por allá, compraba un gran ramo de rosas y se lo entregaba a su acompañante, una mujer vestida del mismo tono de las rosas; y si la audición no le fallaba, a su lado, en un 4×4 blanco, un niño pequeño le daba un beso a su madre y le exclamaba lo mucho que la quería. Nada se le hacía familiar o añorable, nada hasta que, durante un breve momento, desvió la vista hacia su derecha. Él había extraviado su reloj de mano hace una semana atrás; era una gran coincidencia que esa tienda, la cual se alzaba prominente por sobre los vehículos de su alrededor, sea precisamente de relojes. Relojes de madera, para más exactitud. Relojes de esos antiguos...
-De esos que le gustaban a él... -susurró nostálgico, desviando la vista y posándola sobre sus manos en el manubrio.
El chico de las flores de papel.
«¡Mira ese, hyung!», recordó una voz suave pero entusiasmada. «¡Ese está bonito, es el indicado!», fue aquella vez que, por cosas del destino, acompañó a un «niñato blando» a comprar un nuevo reloj para su salón. Fue cuando apenas se conocían.
«Tengo un presente para usted, hyung».
Miles de imágenes empezaron a aglomerarse alrededor de su mente, acariciándole con sutileza.
«¿No te pusieron sanciones?», su voz angustiada y llorosa, sin perder el toque de ser suave y pacífica. «¡Lo siento mucho, en serio! Por mi culpa estás...», con el labio roto y futuros hematomas, pero había valido la pena. Como en las películas, ese día había recibido atención médica personal por ese niñato.
«¡¿Qué vas a hacer?! ¡Yoon, espera!», escenas
de uno de los momentos más críticos de su vida salieron a flote de repente, una decisión que no fue muy bien premeditada en su momento y que guardaba en la parte más recóndita de su preconsciente. ¡Ah!, tanto tiempo intentando no rememorar nada de esa etapa en su vida. No era para nada bueno.
«¡Yoon, no! ¡Yoon, detente!».
Era demasiado, dolía. Pero, una vez más, no sabía cómo detenerse. Los recuerdos seguían fluyendo, yendo y viniendo.
«¡Ya, para! ¡Detente! ¡¡Yoongi!!», nunca podría olvidar su voz llamándole de esa forma como lo hizo aquella vez, nunca, nunca, nunca. Y no estaba seguro si eso era bueno o malo, se sentía como en un callejón sin salida y era demasiado angustiante. Parecía que volvía atrás, apunto de repetir los hechos, se hallaba nuevamente en esa misma motocicleta y...
El tráfico, las personas frotándose las manos, la motocicleta. Algo no concordaba.
El tráfico, las personas frotándose las manos, la motocicleta. ¿Qué pasó con el niño vendiendo periódicos?
El tráfico, las personas frotándose las manos, la motocicleta. ¡No cuadraba!
La desgraciada motocicleta.
«¡BASTA, LLAMARÉ A LA POLICÍA!», su voz tan frágil y rota, suficiente.
Ya basta, Yoongi.
Con el dedo índice de su mano izquierda detuvo el camino de una lágrima rebelde que intentó recorrer su mejilla. Recogió la pequeña gota en la punta de su dedo y la observó extrañado, empezando a salir del trance.
El tráfico..., las personas frotándose las manos..., la motocicleta...
No pasó mucho tiempo en lo que volvía a su presente y, levantando esa misma mano lo suficientemente alto, les mostró el dedo del medio a todos esos idiotas que le estaban bocineando atrás suyo, el semáforo ya había cambiado. Arrancó a una velocidad imprudente mientras volvía la mano al manubrio y siguió derecho, sin mirar realmente la carretera.
Siguió y siguió.
Sin detención alguna.
-A la mierda el jodido ascenso -murmuró con una voz cargada de ira, frustración y tristeza-. A la mierda todos.

¿Sería muy tarde para arreglar las cosas?

¿Ya se derramó el agua de la taza rota?












Próximamente...











▪︎Preceder.

1. Ir delante en tiempo, orden o lugar.
2. Anteceder o estar ante puesto.
3. Dicho de una persona o una cosa: Tener preferencia, primacía o superioridad sobre otra.

You've reached the end of published parts.

⏰ Last updated: May 06, 2023 ⏰

Add this story to your Library to get notified about new parts!

180 km/hWhere stories live. Discover now