Día 1: RenAo (Ren x Aoba)

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Con la Ropa del Otro:

—¿Dónde está?, ¿dónde está?, ¡¿dónde está?! —exclamaba desesperado Aoba, mientras arrojaba y revolvía una pila de ropa sobre su cama repetidamente. Con ésta se cumplía la octava vez que daba vuelta la casa buscando esa jodida chaqueta negra y azul. Siempre la tenía colgada en una percha frente a su armario, nunca la movía de allí salvo que fuera para ponérsela; amaba esa chaqueta, pues era una de las pocas cosas que le había dejado su padre, Naine, antes de marcharse con su madre, y sólo la usaba ocasionalmente cuando hacía mucho frío, como hoy. Su abuela se había ido a almorzar con una amiga y no volvería hasta dentro de un buen rato, mientras que Ren, salió temprano a hacer las compras cuando él aún dormía, por lo que no podía preguntarles si la habían visto o algo, ¡llegaría tarde al trabajo por culpa de esa maldita prenda!

—¡Estoy en casa! —Con el sonido de la puerta principal abriéndose, oyó la profunda voz de Ren saludar desde el primer piso.
—¡Bie-bienvenido! —gritó mientras acomodaba la ropa y bajó a toda prisa tropezándose a cada paso. Entró a la cocina —. ¡Oye Ren! ¿viste mi...
—¿Mh? —el silencio repentino de Aoba lo hizo alzar la vista, dejando atrás su tarea de guardar los comestibles—. ¿Qué pasa Aoba? —preguntó, pero el nombrado no pudo responder, permanecía estático bajo el marco de la entrada a la cocina, ya no tenía que preguntar, allí estaba lo que buscaba.

Un Ren con expresión de extrañeza lo observaba dubitativo, luciendo su dichosa chaqueta cual modelo griego. No tenía ninguna duda sobre lo atractivo que era el ambarino, todo lo que se ponía siempre se adaptaba bien a su cuerpo, lucía excelente con todo, pero cabe destacar que en esta ocasión, él estaba usando su ropa, y le quedaba inmensamente bien.

—¿Aoba? ey, Aoba, ¿Te encuentras bien? —Cuando volvió de su divague, tenía al culpable de sus pensamientos impuros agitando una mano frente a él.
—Ah ¡Lo-lo siento! No es nada. Es sólo que...
—¿Mh?
—Esa chaqueta, que traes puesta...
—¡Ah, sí! es tuya, lo siento, Tae me dijo que podía usarla ya que hacía frío afuera. Ten —acto seguido comenzó a bajar el cierre, pero las manos de Aoba lo detuvieron.
—¡No, no! está bien. De hecho, te queda mejor a ti que a mi —con una sonrisa pícara, Aoba subió el cierre a medio bajar y dobló y emprojiló el cuello de la prenda, Ren se sobresaltó levemente por esta repentina acción. —No te preocupes, puedo usar otra por el momento, estoy tranquilo ahora que sé que está en buenas manos —. Miró los claros y resplandecientes ámbares del contrario con ternura y una sonrisa tonta cocida al rostro. Ren se sonrojó. —Cuídala, sabes lo importante que es para mi ¿Verdad?
—Pero, Aoba... —fue interrumpido por un beso y caricias en su nuca. Pasmado por la espontaneidad del contrario, gradualmente comenzó a seguirle el ritmo a su pareja, quien parecía degustar sus labios aún con una sonrisa en el rostro; Ren podía sentirla. No fue consciente en el momento en que sus manos terminaron sobre la cintura ajena, ni de lo mucho que ese beso se estaba prolongando. Se separaron en cámara lenta, como quien no quiere la cosa. Una tierna sonrisa vivía en ambos mientras unían sus frentes con cariño, aquel gesto era demasiado especial e importante —. Aoba, ¿No tienes que ir a trabajar? —la atmósfera fue mortalmente destrozada por el recordatorio de Ren.
—¡Mierda! ¡Lo olvidé por completo!—corrió de vuelta a las escaleras para tomar otra chaqueta, junto con su bolso, e irse de una bendita vez. El ambarino sonrió levemente al ver lo despistado que podía ser su pareja a veces, pero le producía ternura, amar a Aoba era una de las mejores cosas que le pudo pasar —. ¡Ya me voy! —con el estrépito de las escaleras rechinando, una despedida y un portazo, Aoba abandonó la casa.
—¡Que te vaya bien! —contestó Ren, aún si no era escuchado. Aquel día nada podría borrar la sonrisa de su rostro.

Con Muchas Mordidas:

Esa noche, Tae saldría a atender unos pacientes de último momento que la requerían con urgencia, tardaría un buen rato, indicó mientras se despedía de Aoba y Ren, éstos no objetaron en contra y recalcaron que tuviera mucho cuidado en el camino. Cenarían solos esa ocasión, y como cualquier noche en la que gozaban de tanta privacidad, se aprovecharon la situación.
—Mgh... Aah... Ren... —En la habitación de Aoba, con las luces apagadas y el calor asfixiándolos, dos hombres se rozaban ardorosamente sobre la cama, sin esforzarse en lo más mínimo por contener sus voces. Ren permanecía sentado de espaldas a la pared con Aoba sobre su regazo, ambos pegados cual imanes, devorando sus bocas como si fuese la última vez que podrían hacerlo. Jadeos y sonidos húmedos flotaban en el aire, tal como el deseo que se tenían el uno al otro. Aún con la ropa puesta, sus caderas se movían frenéticas en conjunto, podían sentirse detalladamente. Esas ganas de devorarse que venían aguantando desde hace ya bastante tiempo, se exteriorizaban más y más por cada embestida que se propinaban.
—Aoba... —con un jadeo, Ren despegó sus bocas y sin más dilación comenzó a descender por la barbilla del mencionado, pasando por su manzana de Adán, para detenerse en la unión del cuello y los hombros. Con sus dedos, estiró la tela que aún cubría la parte superior del cuerpo de su amante, se detuvo unos segundos para apreciar la cremosa piel de sus clavículas y una punzada en su entrepierna lo obligó a atacar aquel frágil huesito, profanando la epidermis ajena con sus dientes.
—¡Aah! —exclamó el peliazul, quien por impulso sólo fue capaz de apartar levemente su cabeza y otorgarle el paso al ambarino de hacer lo que quisiese con él; aquellos sensuales gestos colmados de complacencia no hicieron más que desesperar a Ren.

Como si leyera su mente, luego de dejar una morada marca con todos sus dientes dibujados allí, el de cabello oscuro desató una lluvia de intensas mordidas por todo su cuello.
—Es-aah... Espera... Ren..., S-si dejas... mgh, muchas... Marcas, la abuela-¡ah! ¡lo notará! —Sus manos habían terminado enterradas en los hombros y en el frondoso cabello color noche del susodicho, las sensaciones eran demasiado fuertes para él.
—Lo siento, Aoba... no puedo detenerme... —el ya muy estirado cuello de su camisa fue abandonado para que, a continuación, la prenda fuera retirada en cuestión de segundos. Más mordidas no se hicieron esperar.
—¡Ah! ¡Ren! —Sus pezones fueron las primeras víctimas bajo los colmillos del ambarino, quien los mordía y succionaba de forma brusca, tirando de ellos hasta tomar un tono carmesí. Las erecciones de ambos dolían al rozarse bajo la ropa. La mente de Aoba no podía ordenar un solo pensamiento coherente con la boca ajena adueñándose de él —. Es-espera, Ren... —tomó el rostro del nombrado entre sus manos para hacer que levantara la vista —No sólo yo, también quiero... Hacértelo...

Era débil ante las peticiones de su amante, por lo que con un sobresalto y otra punzada directo en su miembro, permitió que Aoba retirara sus prendas superiores y repitiera cada una de las mordidas que él le había hecho primero.
—Aah... Ao-¡mgh! —La presión de sus dientes no era tan brusca como la suya propia, pero si lo suficiente como para arrancarle guturales jadeos desde lo más profundo de su garganta.  En los hombros, en el cuello, en las clavículas, en los pectorales, todos ellos cubiertos con dulces manchas rosadas y violáceas que se quedarían allí por un buen tiempo, marcando territorio —Aoba... —Con sólo observar el rostro ajeno reconoció lo mucho que el nombrado estaba disfrutando hundir sus dientes en su pálida epidermis, y por supuesto, él no era diferente. Aoba vi continuó descendiendo hasta llegar a su ombligo; por cada centímetro en el que se acercaba más y más a su entrepierna, electricidad corría desde su espina hasta su nuca. La boca del peliazul era su perdición.

Entonces, cuando Aoba presionó sus colmillos en el bulto que se asomaba bajo su pantalón, mientras era observado fijamente con hambre, supo que aquella noche sería muy larga para ambos.

30 DÍAS DE MULTISHIP (DRAMAtical Murder) Stories to obsess over. Discover now