El turista

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[Un cuento altruista]


Todo me da vueltas. Antes de cruzar la calle exhalo un suspiro de algo. No sé bien qué exhalo, pero supongo que 'algo' es lo más parecido a esa extraña sensación. Sin mirar a ningún lado, me confío en la intuición que me guió desde casa hasta Buenos Aires.  ¿A qué calle se suponía que debía ir? Sabiendo que en realidad memoricé la dirección en el barco 'por si acaso', vuelvo a sacar el papel del bolsillo trasero de mi pantalón haciéndole caso a otro 'por si acaso' mientras evito observar detenidamente al sudor que tiñe lo blanco en transparente. Qué mas da. Lo pensé y ahora me detengo con más ahínco, como si fuera con un propósito. La abuela Isolda me regañaría si tan solo viese el nudo desprolijo de mi corbata. Nunca le gustó nada de lo que vestía, si bien en realidad creo que yo nunca le gusté. '¿Quien va a querer a un chiquillo cuya primera palabra fue 'catalepsia'?' así me lo repitió.

Tenía doce años cuando me contó el episodio. Era una tarde calurosa de abril en el campo de Paysandú. Todos los cuentos eran similares, con culpas y remordimientos.... de cómo fui el culpable de la muerte de mamá, de la ausencia de papá y de no tener amigos como todos los demás chicos de mi edad; pero ese día la abuela Isolda me echó en cara esa característica mía que tanto odiaba. Quizá por eso me odiaba. Me contó lo que quería decir catalepsia sin tapujos ni reparos. Era una mujer con un desamor a la literatura, y analfabeta de las palabras que se escapan del vocabulario superficial que sostienen la conversación banal. No me acuerdo de sus palabras exactas, y ya ni me acuerdo como hacía yo para entender lo que quería decir. Se solía tragar las 'erres' y las 'eses' las pronunciaba como 'zetas'. Dijo que la catalepsia era una característica propia de la esquizofrenia, una enfermedad-decía- que ya todos seguramente conocen aunque no la padezcan... pero yo no creo que la entiendan. Si no la padecen entonces no pueden entenderla. En fin, el esquizofrénico tiene ciertas conductas que son anormales para quienes lo rodean y posee una falta de percepción de la realidad. También hablaba de alteraciones en la  pero lo expresaba diciendo 'están locos'. Siempre pensé que le costaba expresarse pero ella lo advertía y yo no se lo señalaba. Creo que esta coyuntura era el origen de su odio hacia mí.  Y hacia todos en realidad.

'Catalepsia' fue mi primera y última palabra (al menos ahora sí puedo estar seguro) y no tengo razones ni motivos para explicarme por qué o por qué no. Simplemente nunca sentí esa necesidad que sienten todos de hablar tanto o tan poco creyendo que algo dicen. No los culpo, son poco tolerantes. Volviendo a mi abuela Isolda, creo que nunca la vi sonreír. Creí pensar que era la mujer más fuerte del mundo hasta que la vi llorar hundida en una de las telenovelas donde el rico se enamora de la doméstica. Cuando me pilló espiándola me dio tres chirlos en la cola y hasta creo que me tiró de las patillas o esos minúsculos pedazos de pelo que quería que fuesen patillas. Creo yo que esperó mi reacción y esa vez la esperó realmente. Quizá alguna vez pensó que podría gritarle algo pero nunca sentí la necesidad. Cuando pensaron que posiblemente no era algo que padecía como enfermedad sino que era yo mismo el que decidía no hablar, una médica tan horrible como todos los demás me amenazó con mandarme a África donde los chicos morían de hambre para aprender 'modales' y aprender a 'agradecer lo que tenía'.

Creo que ya nada de eso importa ahora y menos pareció importarme a mí entonces. Lo único que creo me importó fue la muerte de la abuela Isolda que falleció hace tres meses ya en un hogar de ancianos tras sufrir un brote agudo de esquizofrenia. Ahogado por la dureza de esa ironía que le importaba a mi pequeña sensibilidad, si es que algo me quedaba, me hice de la herencia que quedaba de la hacienda y me alejé de Paysandú sin prometer nada.

Levanto el papelito manchado entre los aires de la esquina y vuelvo a leer mi propia caligrafía en pluma: ' 1801, Confitería Del Molino'. El motivo de esta dirección escrita y mi verdadera presencia en esta provincia en particular no se deben solamente a mi profunda admiración y a la posibilidad de visitar el teatro Colón, sino a la llamada de quien dícese llamar Alonso Villares. Me convenció la curiosidad y mis grandes anhelos de encontrar algo para llenar el tiempo muerto así que decidí hacer caso a su llamado y de encontrarme con él en Av. Rivadavia al 1801.

Manifiesto absurdo de un presente que no existeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora