Capítulo 17

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Jack estaba más contento por haberme visto en mejores condiciones, aunque los moretones estaban presentes. Me preguntó qué tal estaba mientras pelaba un par de pollos, con la mirada centrada y el cuchillo en buenas manos. Llevaba el pelo suelto mientras ayudaba pelando cebollas, partiendo patatas y zanahorias. La verdad es que su silencio nunca me había molestado o había sido incómodo, simplemente no hablábamos si no era estrictamente necesario. Supongo que ambos éramos seres callados que se conformaban con el silencio.

—Y... ¿ese mordisco también te lo hizo John? – preguntó desplumando las alas del pollo. Le miré sin comprender, hundiendo el entrecejo – Ese mordisco que tienes en el cuello, parecido a un chupetón – indicó, señalando su cuello como si indicara donde se encontraba. Fruncí los labios y pasé una mano por el hueco de mi cuello mientras apartaba el pelo de ese lado. Enrojecí al saber que eso no me lo hizo Jonathan precisamente...

—Eh... sí, creo que sí – Jack arqueó una ceja, sin creérselo y resopló.

—¿Tu me ves cara de tonto? – y aquí va, debería haberme tapado el cuello con un pañuelo o con el pelo, pero no, ni siquiera sabía que Reagan me había mordido el cuello con tanta intensidad como para dejarme marca.

—No, simplemente te estoy diciendo lo que creo – contesté encogiéndome de hombros, haciéndome la indiferente, aunque de alguna manera esperaba creérmelo yo misma.

—Si empiezas a confundir a cierto grumete con cierto capitán, creo que tenemos un problema, pequeña Caris – abrí los ojos desmesuradamente. Quizás no era la mejor mentirosa, pero creo que fui lo suficientemente convincente.

—¿Qué? Jack, Reagan y yo solo somos amigos. Aunque sería una amistad beneficiosa para ambas partes, casi como socios – negué con rapidez y efusividad.

—Creo que ambos habéis sacado muy buenos beneficios, ¿no? – enrojecí en ese mismo instante. Debo comenzar a pensar que Jack lee las mentes – ¿Te he dicho que desde la cocina se oye todo? – preguntó, a lo que yo enrojecí de vergüenza – No podemos estar juntos, Reagan... Dios, eso sonó asquerosamente cursi y cliché – dijo imitando mi voz de forma aguda, haciendo aspavientos y gestos exagerados con las manos – ¿Al final cómo habéis quedado?

—No hemos quedado en nada, Jack. No veas cosas donde no las hay – expliqué dejando en un plato las cebollas picadas sobre una pequeña mesa de madera.

—Querida, mientes muy mal.

—¡No estoy mintiendo! Solo... – suspiré dejándome caer en la silla – Es complicado. No puedo imaginar lo que debe de pensar él de mi – me llevé una mano a la sien y la masajeé sin preocuparme demasiado por la comida de Jack o que prácticamente oliera a puerco rebozada en cebolla.

—En mi muy humilde opinión, creo que deberías pensar primero lo que sientes antes de avanzar en lo que "no tenéis" – comentó haciendo comillas con las manos – Suena a un romance de leyenda: la pequeña pirata teniendo un perverso romance con su capitán.

—Que tiene un hijo, por si se te había olvidado añadirlo a la historia – dije con cierto tono enfadado, aunque realmente estaba muy sorprendida con las dotes de observación y espionaje de Jack – Por no decir que le han puesto precio a su cabeza y que tiene una reputación que mantener como para mantener una relación fuera de lo normal con su protegida – terminé tirando un poco de las raíces de mi cabello y dando golpes con mis puños a mi cuero cabelludo – Además, esto es demasiado bueno como para ser cierto – Jack arqueó una ceja, sin comprender a lo que me refería – ¿Qué iba a ver un hombre como Reagan en una chiquilla huérfana como yo? – pregunté señalándome entera – No sabe nada de mi, ni mi pasado, ni mis gustos, ni lo que quiero para mi futuro, al igual que no sé nada de él.

—Yo no diría que no sabes nada, Caris.

—Oh, perdona. Sé que su padre se llamaba Alessandro, que tuvo un romance a los 19 años con la madre de Derek, que le persigue la reputación de su padre y que quiere dejar la piratería. Por el resto, no se nada.

—¿Y qué más quieres? Esas cosas las saben muy pocas personas. David, tú y yo. Créeme cuando te digo que eres de su total y completa confianza para que lo sepas – contestó comenzando a despiezar el pollo en pequeños trozos.

–Quiero saber sus gustos, lo que no le gusta, lo que odia, lo que quiere para su hijo, sus metas, su pasado, su niñez, sus aventuras de infancia... al igual que quiero que él lo sepa todo de mi. Después de todo, de eso trata una relación: de saberlo todo del otro, respetarle, hacerle mejor persona y tenerle en cuenta en tu propia vida – contesté haciendo aspavientos – El hecho de que él me haya confesado eso no significa demasiado entre nosotros. Siempre que habla conmigo de temas personales parece que lo dice todo en código...

—Caris, que yo sepa, después de todo lo que he oído y lo que has dicho, nadie ha dicho nada de ninguna relación – dijo muy lentamente. Le miré con atención, como si me hubiera quedado en shock, aunque así era. Ninguno de los dos había dicho nada de querer una relación; ¿entonces él solo quiere que cumpla sus necesidades en la cama?

—¿Insinúas que solo me quiere para un polvo? – pregunté con la voz tensa. Jack no dijo nada, pero solo eso sirvió para confirmarme que así lo veía él. Me dejé caer sobre la silla y me aparté algunos mechones de la cara.

No sabía si sentirme humillada, enfadada, más confusa, dolida o el mar de sensaciones en el pecho. Dolía saber que un hombre como Reagan Black engatusara a una chica simplemente para descargar la tensión de un día en alta mar... pero yo era muchísimo más tonta por habérmelo creído. Sin embargo, me obligué a asentir y a continuar con mi trabajo en la cocina de forma distraída y monótona.

—Espero haberme equivocado, pequeña – añadió Jack, cogiéndome de la mano con cuidado y cariño, apretando ligeramente como si quisiera infundirme ánimos. Sonreí débilmente y cogí un trozo de tomate antes de comenzar a caminar hacia la puerta.

—Si el capitán pregunta por mi para la cena, dile que no me encontraba muy bien y no quería estropear toda la comida, ¿vale? – el cocinero (también llamado mi único nuevo amigo) sonrió de forma débil y continuó haciendo lo que le quedaba de la cena para los muchachos.

Caminé hacia mi camarote y caminé arrastrando los pies hasta llegar a la cama. Me quité las botas y los pantalones, quedándome con la camisa que me llegaba casi a mitad de los muslos, y me acurruqué en la cama.

Decidí que a partir de ahora evitaría estar a solas con Reagan. No era bueno para mi tener a alguien como él rondándome y menos con sus intenciones.

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