"A veces, el mayor castigo de amar a alguien es ser el único que recuerda."
Sasuke es un ángel guardián condenado a una tortura silenciosa: amar a su portador humano, Naruto Uzumaki, sin que este pueda verlo, escucharlo ni sentirlo. Su único refugio...
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El aire de la mañana en la ciudad tenía ese punto exacto de frío que obligaba a los transeúntes a caminar con las manos metidas en los bolsillos y el rostro semiescondido entre bufandas gruesas. El cielo de otoño se desplegaba como un manto gris claro, salpicado por el humo blanco que salía de las pequeñas cafeterías de la esquina y el escape constante de los vehículos en la avenida.
Naruto avanzaba por la acera a paso rápido, con su energía habitual. Tenía veintitrés años y mantenía intacta esa costumbre casi infantil de esquivar las grietas del concreto mientras caminaba. Llevaba una bufanda anaranjada mal enrollada al cuello, la chaqueta de abrigo medio abierta porque siempre juraba que "el frío no le hacía nada" y una sonrisa distraída pegada a la pantalla de su teléfono.
A su izquierda, tan cerca que sus hombros casi se rozaban con cada paso, caminaba Sasuke.
Para los peatones que apresuraban el paso a su alrededor, el espacio al lado de Naruto estaba completamente vacío. Las personas pasaban a través de la silueta de Sasuke sin sentir nada más que una repentina corriente de aire helado que los obligaba a ajustarse los abrigos.
Sasuke no proyectaba sombra sobre el suelo, ni su respiración creaba vapor bajo la brisa de la mañana. Existía en una frecuencia invisible para el plano terrenal, condenado a ser un espectador silencioso de una vida que lo fascinaba desde la sombra.
-Vas a dejar caer el teléfono si sigues caminando sin mirar adelante, dobe -murmuró Sasuke.
Su voz era un susurro sereno, suave y aterciopelado, que terminaba ahogándose en el ruido habitual del tráfico. Sabía de sobra que Naruto no podía escucharlo, pero hablarle se había convertido en un hábito diario, en una necesidad casi desesperada de convencerse a sí mismo de que la distancia entre los dos no era tan inmensa como las reglas del Cielo dictaban.
Un par de metros más adelante, Naruto tropezó levemente con el borde irregular de un escalón de la acera. Dio un pequeño salto torpe, pero recuperó el equilibrio de inmediato. Soltó una risa baja al darse cuenta de su propia torpeza y finalmente guardó el teléfono en el bolsillo interno de su chaqueta.
Sasuke dejó escapar un leve suspiro por la nariz, entre divertido y resignado, negando con la cabeza.
Ese era su trabajo desde hacía años: velar por él. Estar ahí para que los pequeños peligros del mundo humano no tocaran la luz de su portador. Pero con el paso del tiempo, lo que comenzó como un deber sagrado de ángel guardián se había transformado en un sentimiento mucho más profundo y peligroso; uno que las leyes celestiales prohibían estrictamente. Sasuke amaba a Naruto. Lo amaba con la paciencia y la devoción de quien sabe que jamás escuchará su propio nombre dicho por esa voz en la realidad despierta.
Naruto se detuvo en la esquina de la gran avenida a la espera de que el semáforo peatonal cambiará a verde. Se llevó las manos a la nuca, estirando la espalda con un perezoso gruñido de cansancio antes de buscar un chicle en el fondo de sus bolsillos.