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La rutina de los domingos por la mañana siempre había tenido un ritmo predecible en el departamento que compartían desde hacía dos años.

El vapor de la tetera empañaba los cristales del gran ventanal que daba a la avenida. Jungkook prefería el té amargo y humeante; Taehyung, en cambio, dejaba que el suyo se enfriara hasta volverse casi intocable mientras dibujaba trazos abstractos con el dedo sobre el mantel de lino. Vistos desde afuera, a través del cristal, parecían la imagen exacta de la estabilidad: dos personas que habían aprendido a convivir con la comodidad de quienes se conocen los vicios, las manías y los horarios de memoria.

Sin embargo, en el espacio estrecho entre la mesa y la barra de la cocina, flotaba un silencio denso. No era el silencio tibio del descanso, sino esa clase de pausa cautelosa en la que ambos miden la distancia exacta que los separa.

Jungkook observaba a Taehyung fijamente sobre el borde de su taza. Notaba cómo sus dedos se detenían cada vez que la pantalla del teléfono encendido sobre la mesa mostraba una notificación. Taehyung no estiraba la mano para tomarlo de inmediato; se limitaba a mirar el reflejo de la luz en el techo, mordiéndose el labio inferior con una costumbre antigua que Jungkook conocía de sobra.

Fue ahí, en medio del sonido sordo del tráfico matutino y la tetera enfriándose, donde la certeza volvió a instalarse en el pecho de Jungkook con la fuerza de un golpe seco.

Jungkook lo sabía. Lo sabía de esa manera sorda, constante y corrosiva en que se saben las cosas que uno se niega a pronunciar en voz alta por miedo a volverlas reales.

No porque Taehyung se lo hubiera confesado alguna vez en un arranque de honestidad o culpa, ni porque hubiera encontrado mensajes ocultos en la pantalla de su teléfono a altas horas de la madrugada. No había fotografías guardadas bajo contraseña, ni cartas amarillentas dobladas con celo entre las páginas de sus libros favoritos. No existían pruebas materiales. Y era precisamente esa ausencia de evidencia lo que volvía todo desgarrador: no había un lugar al cual señalar, ni una traición tangible a la cual confrontar para poder decir: «Es esto. Aquí es donde me estás rompiendo».

Eran solo los pequeños rastros de sombra que quedaban flotando en la casa.

Un silencio demasiado denso cuando algún amigo en común mencionaba el nombre de Minho durante una cena grupal; un par de segundos de más en los que los dedos de Taehyung se congelaban sobre la pantalla al ver una foto donde Minho aparecía acompañado de alguien nuevo. Era esa canción de acordes lentos que Taehyung jamás se atrevía a saltar en la playlist, aunque llevara repitiéndose tres veces seguidas mientras lavaban los platos en silencio. Y, sobre todo, era la forma en que ese nombre —un nombre común, simple, casi vulgar— aparecía muy de vez en cuando en conversaciones ajenas y lograba desmantelar a Taehyung en un parpadeo. Algo en su mirada se apagaba y se encendía al mismo tiempo, dejando al descubierto una grieta de nostalgia inaccesible.

Jungkook nunca supo ponerle nombre a lo que sentía al ver ese gesto. No sabía si era rabia, impotencia o simplemente un dolor ajeno que se le metía bajo las uñas. Solo sabía que odiaba ese nombre. Odiaba el sonido de las consonantes al chocar: Minho. Y se odiaba todavía más a sí mismo por sentir ese veneno en las venas, porque sabía que no tenía ningún derecho.

Minho no era el malo de la historia. No era el exnovio posesivo que reaparece para desstabilizar una vida construida. No enviaba mensajes ebrio a las tres de la mañana, no llamaba a romper el silencio de las semanas ni se presentaba bajo la lluvia en la puerta del edificio suplicando una oportunidad. Minho ni siquiera había llegado a ser novio de Taehyung.

Nunca se habían besado bajo el marco de una puerta. Jamás habían dormido juntos compartiendo el calor de las cobijas en una mañana fría de invierno. Nunca tuvieron una primera cita oficial en la que las manos temblaran de nervios, ni celebraron un aniversario con velas. Tampoco habían discutido jamás por quién debía sacar la basura, ni habían descubierto lo irritante que podía ser el otro después de un día agotador en el trabajo. No tuvieron la oportunidad de desgastarse.

Y sin embargo, Jungkook llevaba tres años sintiendo que compartía su cama, sus desayunos y los rincones más íntimos de su vida con un fantasma. Con alguien que nunca había estado físicamente allí, pero que lograba adueñarse de los silencios de la casa con una presencia demoledora.

EL LUGAR QUE NUNCA FUE MÍO |TK|Histórias para pegar e não largar. Descubra agora