El aire en la capital de Siamcastel era una bestia invisible que se adhería a la piel y asfixiaba los pulmones.
Corría el año de gracia de 1585 y la noche había caído por fin sobre el inmenso palacio, pero la oscuridad no trajo consigo ningún alivio. El bochorno del trópico seguía latiendo entre los gruesos muros de piedra, atrapado bajo las bóvedas, mientras en el Gran Salón de los Espejos la alta nobleza celebraba el festín del solsticio de verano. Los pesados arcos de crucería se entrelazaban con tejados escalonados en puntas bañadas en pan de oro. Fuera, el agua tibia de las últimas tormentas estivales resbalaba por las escamas de las inmensas serpientes de basalto que custodiaban los desagües como centinelas silentes.
Krit contemplaba la celebración apoyado contra una enorme columna salomónica.
El primogénito de la casa Vorasco poseía una belleza aristocrática imponente, afilada como el acero que colgaba de su cadera. Su piel canela contrastaba con el cabello azabache, ligeramente húmedo por el calor sofocante, que enmarcaba unos pómulos altos y una expresión de desdén absoluto. Vestía un ceñido jubón de terciopelo burdeos recamado en hilo de oro, cuya rigidez había aliviado abriéndose el cuello de lino rizado para permitir que la escasa brisa rozara su garganta. De cintura para abajo, amplios paños de seda carmesí caían con soltura sobre sus altas botas de montar. En su cadera descansaba su espada, de hoja curva pero con empuñadura de cruz, una declaración de guerra visual a las normas establecidas.
Mantenía la tensión en el rostro, barriendo la sala con unos ojos oscuros y felinos. Aparentaba la indiferencia propia de su posición, pero por dentro era una jaula cuyos barrotes empezaban a ceder.
A poca distancia de él, su padre, el Duque Kraisorn Hernán de Vorasco, alzaba una copa de cristal tallado riendo a carcajadas ante la adulación de un grupo de ministros. La casa Vorasco era el epicentro de la decadencia en la corte. Dominaban mediante el acero comercial, el monopolio de las rutas marítimas y la seda, y exhibían su poder a través de fiestas desmesuradas, lujos asfixiantes y una laxitud moral que rozaba la herejía. Para Kraisorn, las leyes eclesiásticas eran simples sugerencias que podían esquivarse con el oro suficiente.
Krit apretó los dientes, sintiendo la habitual náusea treparle por la garganta. Desde que tenía uso de razón, había despreciado la superficialidad de su propio linaje. Repudiaba el ruido, la embriaguez constante y la hipocresía de unos nobles que vendían a sus propios vástagos para asegurar el control de cualquier pedazo de tierra disponible. Él siempre había sido una nota discordante en su famila: un hombre que prefería el silencio de las bibliotecas y la disciplina de la espada al vino especiado de los banquetes.
Al otro lado del salón, separados por un abismo de mármol pulido y dos siglos de odio visceral, se congregaba la casa de Alcanthira.
Las miradas que el Duque de Vorasco y los miembros del linaje rival se cruzaban entre las bandejas de faisán destilaban un veneno puro y ancestral. Vorascos y Alcanthiras llevaban generaciones disputándose el control del consejo del Rey. Eran las dos columnas vertebrales del imperio, destinadas a repelerse: el oro comercial contra el fuego divino, el libertinaje contra el dogma implacable de la Iglesia y el puño de hierro de la Inquisición.
Y a la cabeza de ese puño de hierro se encontraba Rodrigo de Alcanthira.
Krit desvió la mirada hacia el patriarca de la casa enemiga, sintiendo un escalofrío gélido a pesar del bochorno. Tras la muerte de los padres de los Alcanthira años atrás, Rodrigo había asumido el control absoluto de su familia, criando a su hermano menor desde que este tenía apenas diez años. Esa tutela no había sido la de un hermano, sino la de un fanático moldeando arcilla. Llevaba más de dos años ostentando el título de Alto Inquisidor del reino, un tiempo más que suficiente para haber instaurado un régimen de terror, atrocidades y sospechas que asfixiaba a la corte entera bajo el amparo de la cruz negra.
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El Legado de Siamcastel: Derecho Divino
ActionUn heredero implacable. Un cautivo del hábito. Un amor condenado a la hoguera. Separado de Thien por una cruel trampa de la Inquisición, Khun Krit abandona su imperio para salvarlo de las entrañas de la selva oriental. Acorralados por el enemigo y...
