TASTE.

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Sunoo creyó que irse de la casa de sus padres y conseguir un departamento donde vivir "solo" resolvería una parte considerable de sus problemas

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Sunoo creyó que irse de la casa de sus padres y conseguir un departamento donde vivir "solo" resolvería una parte considerable de sus problemas. La teoría tenía sentido mientras todavía permanecía encerrado en la habitación de siempre, escuchando a su madre preguntar por tercera vez si pensaba recoger la ropa de la silla y a su padre recordarle que un vaso utilizado no podía pasar cuatro días sobre el escritorio sin convertirse en un experimento científico. Mudarse significaba libertad, espacio y la posibilidad de dejar sus cosas donde quisiera sin que nadie apareciera detrás para señalarle que aquello no era una forma aceptable de organización. Al menos, eso había pensado antes de descubrir que la independencia era una palabra muy bonita para describir la obligación de pagar facturas, limpiar el baño y recordar que el refrigerador no se llenaba por compasión ni magia.

Algunos problemas desaparecieron, por supuesto. Ya nadie le preguntaba a qué hora volvería, podía cenar cereal sin recibir una mirada decepcionada y tenía derecho a ignorar la ropa limpia hasta que la montaña sobre una de las sillas amenazara con conseguir ciudadanía propia. A cambio, recibió otros inconvenientes bastante más jodidos de lo que había calculado, como el alquiler, las compras semanales y la extraña habilidad que tenían los productos de limpieza para acabarse todos al mismo tiempo. Sunoo había llegado a la conclusión de que los adultos llevaban décadas ocultando información esencial. Hablaban de tener un espacio propio como si fuera una recompensa y jamás mencionaban que una botella de detergente podía costar lo suficiente para obligarlo a reconsiderar cuánto necesitaba realmente lavar los platos.

Aun con todo eso, había cosas que le molestaban mucho más que las responsabilidades domésticas. Despertarse antes de las ocho de la mañana, por ejemplo, era una violación directa de sus derechos fundamentales y nadie parecía estar dispuesto a denunciarla. Sunoo no pertenecía a esa especie inquietante de personas que abrían los ojos con una sonrisa, estiraban los brazos hacia el techo y agradecían por un nuevo día. Él abría un ojo con la esperanza de que el despertador hubiera sonado por error, descubría que no era así y pasaba los siguientes minutos negociando consigo mismo como si abandonar la cama implicara entregar una parte importante de su alma. Algo que no le molestaría hacer si descubría que podía dormir cinco minutos más..

El buen humor tampoco formaba parte de su rutina matutina. Antes del primer café, Sunoo tenía la capacidad social de una puerta cerrada y la paciencia de alguien obligado a escuchar el mismo anuncio publicitario durante seis horas. Jake había aprendido a no hacerle preguntas importantes hasta que lo veía terminar la mitad de una taza, aunque seguía saludándolo con un entusiasmo que a las siete de la mañana debería haber sido considerado una provocación para un crimen. Sunoo solía mirarlo por encima del borde de la taza de café, preguntándose cómo era posible que alguien tuviera tanta energía antes de que el sol terminara de subir, y Jake respondía sonriendo todavía más, como si disfrutar del sufrimiento ajeno fuera una tradición australiana que había olvidado mencionar.

Trabajar en una cafetería no ayudaba demasiado a mejorar esa parte de su personalidad. A Sunoo le gustaba el aroma del café recién molido, disfrutaba preparando bebidas y encontraba cierta satisfacción en lograr que la espuma tuviera la textura correcta, pero todo aquello tenía una falla importante: el local permitía la entrada de clientes. La mayoría eran agradables, educados y capaces de comprender que una bebida caliente requería más de siete segundos para estar lista. Después existía un grupo particular que cruzaba la puerta con la seguridad de quien estaba a punto de inspeccionar un reino recién conquistado y no de pedir un simple e insignificante café con leche.

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