El nuevo juguete de Damien

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La lluvia no se detuvo durante tres días consecutivos.

Black Hollow no era una ciudad; era una herida abierta que nunca terminaba de cicatrizar.

Las calles permanecían cubiertas por una película aceitosa que reflejaba las luces exhaustivas de los neones rotos, como si incluso el suelo estuviera contaminado. El aire era denso, pesado; una mezcla constante de gasolina, humedad estancada, humo industrial y el olor metálico de algo oxidándose demasiado despacio.

Los edificios se alzaban unos sobre otros sin orden ni armonía, esqueletos de hormigón ennegrecido cubiertos de grafitis, ventanas tapiadas y cables eléctricos colgando como venas expuestas. En algunos barrios ni siquiera quedaban farolas funcionando, solo carteles luminosos parpadeantes que teñían todo de azules fríos y rojos violentos.

Aquí el caos no era una consecuencia: era el sistema.

La delincuencia no se escondía; caminaba a plena luz. Mercados ilegales ocupaban callejones enteros, bandas marcaban territorio con símbolos pintados sobre puertas metálicas y los niños aprendían antes a reconocer el sonido de un arma que el de una canción.

Las calles eran grietas húmedas en el concreto, cubiertas de basura, botellas rotas y humo escapando de alcantarillas viejas. En cada esquina parpadeaban símbolos de neón rojo y púrpura: rostros de bufón deformados, con sonrisas demasiado grandes y gorros de cascabeles. No eran simples grafitis ni decoración urbana.

Eran el emblema de los Smiles

La banda que estaba por encima de todas las demás.

No existía esquina, negocio o territorio que no supiera reconocer esa sonrisa iluminada en la oscuridad. Donde aparecía aquel símbolo, significaba una sola cosa: ese lugar ya tenía dueño. Las otras bandas podían pelear entre ellas, disputar calles o mover mercancía... pero todos sabían quién gobernaba realmente la ciudad.

SONRÍE O MUERE.

Su frase de identificación, escrita en letras enormes sobre muros, puentes oxidados, persianas metálicas y edificios abandonados para recordar a todos una única verdad:

Los Smiles siempre estaban mirando.

No era un lema. Era una amenaza. Una advertencia para cualquiera que olvidara quién gobernaba realmente la ciudad.

Sonríe. Finge que todo está bien. Baja la cabeza. Obedece....

Allí las leyes dejaban de existir en cuanto cruzabas el último puente oxidado. No porque nadie las hubiera abolido, sino porque hacía años que nadie tenía el valor o el interés de hacerlas cumplir.

La policía no patrullaba aquellas calles. Entrar significaba hacerlo en convoy, blindados y con permiso de gente que oficialmente ni existía. Más de una vez habían intentado recuperar el distrito; más de una vez habían salido menos agentes de los que habían entrado. Al final dejaron de insistir.

El verdadero poder se repartía entre familias criminales, sindicatos clandestinos y mafias que gobernaban manzanas enteras como pequeños reinos podridos. Cada negocio pagaba tributo. Cada persona sabía exactamente a quién debía mirar a los ojos... y a quién jamás.

Sobre un viejo almacén iluminado por luces rojas podía leerse un cartel enorme:

THE CARNIVAL OF SIN

Uno de los territorios más famosos  y temidos de los Smiles.

Más que un club, era el corazón enfermo de Black Hollow.

Sonríe, pequeña.Stories to obsess over. Discover now