Era una noche negra, pulcra y despejada sobre la ciudad de Karakura.
Las calles yacían sumergidas en una oscuridad casi absoluta; el area urbana parecía haber muerto prematuramente bajo el manto de un cielo donde solo la luna y las estrellas ofrecían una iluminacion leve.
De vez en cuando, el parpadeo moribundo de alguna farola abandonada arañaba la oscuridad, pero eran anomalías en un paisaje urbano que se sentía completamente desierto.
La mayoría de los ciudadanos se habían recluido en la seguridad de sus hogares, ajenos e indiferentes a lo que bullía más allá de sus paredes, huyendo inconscientemente de los peligros que se arrastraban en el exterior.
El único sonido que gobernaba el ambiente era el silbido lúgubre del viento filtrándose entre los callejones y los grandes bloques de concreto.
Sin embargo, entre las grietas de esa aparente calma, existía un ecosistema violento que la gente común desconocía, o que más bien fingía no notar: el movimiento de monstruos con piel humana que cometían las peores atrocidades al amparo de las sombras.
A las afueras de la ciudad, recortándose contra el horizonte, se alzaba un edificio de tamaño medio. Cuatro pisos de altura y una cuadra de ancho que, pese a su imponente estructura, denotaba un abandono crónico, devorado por la suciedad y el desgaste del tiempo.
Sobre la fachada principal, un letrero de madera astillada revelaba la naturaleza del lugar: "Orfanato".
De repente, el silencio sepulcral del vestíbulo se hizo añicos. Un estruendo violento, sordo y cargado de furia resonó desde el interior.
—¡¡¡LÁRGATE!!! ¡¡¡YA NO TIENES POR QUÉ ESTAR AQUÍ Y YA NO TENGO POR QUÉ AGUANTARTE!!!
La puerta principal se abrió de par en par con un golpe seco. Un joven de aproximadamente dieciocho años salió despedido con brutalidad, rodando escaleras abajo hasta impactar contra el suelo frío de la acera.
Bajo el marco de la entrada, recortados por la luz mortecina del recibidor, aparecieron dos figuras: un hombre de gran envergadura y, a su lado, una mujer anciana cuya expresión facial estaba completamente deformada por el desprecio y la rabia.
—Acabas de cumplir los dieciocho años —escupió la mujer, con una voz que destilaba veneno—. Ya no tienes derecho a este techo, y nosotros no tenemos por qué seguir soportando a un fenómeno como tú. ¡Lárgate y no te atrevas a regresar!
Mientras el chico se incorporaba torpemente, con sus pequeños y debiles músculos protestando por el dolor del impacto, el eco violento de las puertas al cerrarse resonó en la calle vacía, seguido de inmediato por el crujido metálico de una cerradura al echarse la llave. Un sonido definitivo.
Ese muchacho era Akihara Chigetsu. Un huérfano que, en el instante exacto de alcanzar la mayoría de edad, acababa de ser desechado por el sistema.
Tragándose el dolor, Akihara comenzó a vagar por las calles pavimentadas sin un rumbo fijo, moviéndose por mero instinto para evitar que el frío de la noche lo venciera en alguna banca o en el suelo. Con cada paso, su mente se convertía en un torbellino de recuerdos nefastos; una procesión de fantasmas de su infancia en aquel hospicio y el calvario que le tocó heredar por culpa de dos personas a las que nunca llegó a conocer: sus padres.
Su madre había sido una adolescente de bajos recursos, estigmatizada en la ciudad por poseer una cabellera color rojo sangre que muchos consideraban una anomalía maldita, una marca de nacimiento que la arrastró a ser tratada como un fenómeno hasta el día en que murió dándole la vida.
Akihara heredó ese rasgo biológico. Aquel cabello carmesí, llamativo y exótico, no solo lo volvió el blanco de todas las miradas, sino que se convirtió en la razón principal por la cual decenas de parejas adoptivas lo rechazaban tras una sola mirada.
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Bleach: El juicio escarlata
ActionAkihara Chigestsu, un chico de aproximadamente 15 años, muere y es acogido por los cegadores de almas, descubriendo un talento alarmante para crecer, luchar y sobretodo... para matar
