Siempre tú.

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El estadio estaba lleno desde la semifinal, pero Zsófia Kovács no reaccionaba como el resto. Estaba sentada en la grada, ligeramente apartada, con la gorra baja y los audífonos puestos, mirando la cancha sin realmente verla. A su alrededor la gente se levantaba, gritaba, celebraba cada punto como si fuera el último, pero para ella todo era ruido lejano, una vibración constante que no lograba tocarla del todo.

En sus oídos sonaba la misma canción desde hacía minutos, quizá más. "I just wanna live — Good Charlotte". El ritmo repetitivo le ayudaba a mantener la cabeza en su sitio, a no adelantarse, a no pensar demasiado. A no pensar en quién estaba jugando abajo.

Pero era imposible no hacerlo.

En la cancha, Réka Nagy se movía con esa precisión que ya le resultaba insoportable. No había prisa en sus pasos, no había desperdicio en sus golpes. Todo en ella era limpio, medido, exacto. Como si no estuviera disputando una semifinal importante, como si no hubiera presión, como si ya supiera que iba a ganar.

Zsófia se quitó uno de los audífonos sin darse cuenta, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

-Claro... murmuró. Siempre igual.

Otro punto. Otro error de su rival. Otro aplauso para Réka.

No era admiración lo que sentía... nunca lo había sido.

Era algo más incómodo, más pesado.

Algo que le apretaba el pecho cada vez que la veía jugar así.

Réka cerró el partido sin gesto, sin emoción visible, apenas un asentimiento corto antes de recoger su raqueta. Eso fue lo que terminó de joderla.

Zsófia se quitó los audífonos del todo.

-Joder... -pensó.

Se levantó antes de que el público terminara de reaccionar, tomando su bolsa con un movimiento seco y saliendo de la grada sin mirar atrás. No necesitaba ver más. Ya sabía cómo terminaban esas historias.

Siempre igual, siempre contra ella.

El calor de la cancha central era distinto, más pesado, más presente. Zsófia lo sintió apenas cruzó el túnel de entrada. El ruido volvió de golpe, envolviéndola, empujándola hacia ese lugar donde todo se hacía más intenso de lo que debería.

Se ajustó la muñequera, giró el cuello, soltó los hombros y entonces la vio.

Réka ya estaba ahí, del otro lado... esperando.

Como si el partido hubiera empezado antes de que ella llegara.

Zsófia caminó hacia su posición sin apartar la mirada. No hubo saludo, no hubo gesto. Entre ellas no existía ese tipo de cortesía. Nunca había existido.

El partido empezó rápido, sin estudio, sin tanteo. Como si ambas supieran que no había nada nuevo que descubrir. Zsófia marcó el ritmo desde el inicio, atacando, obligando, empujando. Los puntos se alargaban, se volvían físicos, exigentes.

Pero Réka no cambiaba, no se desordenaba, tampoco se rompía.

Zsófia empezó a arriesgar más. Golpes más profundos, más cercanos a las líneas, más peligrosos. Cada punto se sentía como una pelea directa, como si no estuvieran jugando contra la otra sino contra todo lo que representaba.

Muévete...  murmuró entre dientes después de un intercambio largo.

Réka respondió con otro golpe limpio.

Perfecto, siempre perfecto.

El partido avanzó tenso, cerrado, pesado. El público dejó de gritar tanto, ahora observaba, atrapado en ese ritmo que no daba tregua.

Punto de quiebre.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora