Una Tarde Ordinaria

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Por el sendero bordeado de rosas silvestres, el aroma fresco del tomillo primaveral se elevaba suave en el aire mientras Estel tarareaba una canción propia, dichosa por la presa que había cazado al amanecer. Era un corzo, macho joven al que aún le faltaban un par de años para alcanzar su tamaño ideal y apenas tres puntas en cada lado de la cornamenta; pero para ella, eso significaba que el arrastre en su trineo -uno que ella misma había armado el invierno pasado-, sería más fácil y, aun así, tendrían comida para al menos un par de días.

A lo lejos distinguía sin dificultad la silueta de su maestra, Micaela, descolgando las sábanas de algodón que sin duda había tendido por la mañana. Estel juntó los labios y silbó dos veces, corto y agudo, el saludo de siempre.

Micaela no levantó la vista, pero levantó la mano con una sábana a medio doblar y silbó de vuelta, una sola nota larga y tranquila. Ya sé que llegaste. Ya sé que estás bien.

El tiempo siempre corría de manera extraña en los días de cacería, era difícil de explicar... más veloz, como si los instantes en que la flecha surcaba el aire y las horas del regreso a casa se fundieran en uno solo.

Estel había dejado de contemplar ese sentimiento hacía mucho y prefería enfocarse en la imagen de Micaela moviendo el cucharón mientras el guiso hervía, en la sonrisa de satisfacción de los niños con el estómago lleno y en la calidez de la mirada de Joachim mientras recogía la loza. Su corazón se aceleró al pensar en esa última imagen, y sacudió la cabeza como intentando desprenderse del recuerdo.

-¡Estel! -se escuchó al unísono un par de vocecillas, seguidas de un sonido estruendoso que definitivamente venía del interior del granero.

Estel aceleró el paso ajustando el arnés de cuero que cruzaba su pecho y hombros, mientras dos niños completamente idénticos la encontraban a mitad del camino. Ambos lucían colas anilladas y pequeñas orejas grises. Mapaches.

-¡Fue Reed! -acusó el que la alcanzó primero.

-¡No, fue Finn! ¡Él tuvo la idea! -respondió el otro, tirando del brazo de su hermano.

-¿Qué hicieron? -Estel apenas tuvo tiempo de poner el pie delante del trineo para detener su trayecto.

Ambos gemelos comenzaron a explicar al mismo tiempo de manera errática y apenas se podía distinguir lo que decían. Estel respiró hondo, su nariz se frunció, y comenzó a contar mentalmente hasta cinco de la manera que Micaela le había enseñado.

-Te escucho contar -dijo la voz ronca de Joachim.

Venía bajando desde los sembrados de zanahorias, atraído sin duda por el ruido del granero. Había barro en sus manos, sus rodillas, la nuca donde seguramente había apartado el cabello o secado el sudor en algún momento de la tarde. Exactamente como Estel esperaba que se viera. Y a pesar de eso... sintió el calor subirle a las mejillas, y ya no era por el enojo.

-No estaba contando, solo respiraba -le sonrió.

-¡Sí contaba! -exclamaron los gemelos al unísono, ganándose una mirada retadora de Estel.

-Con que tumbaron el grano otra vez -observó Joachim desde la entrada del granero.

-A ver... -Estel se cruzó de brazos y los miró alternativamente-. Uno a la vez. Reed.

El aludido abrió la boca, murmuró algo entre dientes y señaló a su hermano.

-Fue idea de Finn.

-Finn.

-Queríamos ver cuántos sacos cabían en el trineo -admitió el segundo gemelo, con las orejas gachas y la cola curva-. Para cuando llegara la cosecha. Solo intentábamos ayudar.

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