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Todavía reinaban por la noche los motivos coloridos de la tan aclamada y apreciada Navidad: las luces de colores sobre los árboles y alguna que otra casa desmontada. Más en ello, los pequeños círculos de confeti que se encontraban tirados por la calle, desparramados sobre el pavimento, volándose hacia la silenciosa carretera. Seguramente esas luces, esos motivos decorativos que brillaban exageradamente poco, con varias luces fundidas, apagadas tras haber estado más de dos días encendidas y parapdeando, ya extinguiéndose; seguramente eran las únicas luces de toda la ciudad, tal vez de todo el país.
Todavía se podían ver algunos establecimientos abiertos, aquellos a los que la guerra no había atacado, no había llegado a tocar, por poco, por demasiado poco; eran aquellos pequeños lugares, mínimos por toda la ciudad, que se podían llegar a contar con los dedos, en los que mucha gente llegaba a pasar la noche, la tarde, quién sabe si el día entero. Todo aquel que había perdido su vivienda o trataba de reconstruirla en una penumbra monstruosa, o tal vez estaba desolado por la pérdida de algo más de valor, de una vida, de una ciudad que en su momento había sido enormemente gratificada y aclamada; todos ellos se juntaban en los bajos lugares, bohemios bares que preparaban café con sus propias manos, o simplemente trabajaban, no por un dinero justo, pero sí para pasar el rato y olvidar que su preciada Fia Anua ya apenas residía con ellos, en cualquier otro lugar que no fuese su corazón o sus propios recuerdos. Personas que habían vivido toda su vida en una ciudad unida, deseada, centrada, querida por el país entero, al menos supuestamente; había acabado hecha pedazos, si no eran cenizas, después de un intenso periodo de más de tres años en constante guerra, en constante lucha, incansable, insaciable, inacabable.
Y, ahora, contando los primeros dos meses, o casi, desde que la guerra civil interna de su país había terminado, Fia Anua simplemente quedaba como una inocente más caída junto con otras tres ciudades a su alrededor. Varios comercios seguían en funcionamiento constante, las máquinas de comunicaciones y aquellos otros que llevaban las centrales eléctricas llevaban desde el primer día tratando de contactar con otros lugares fuera de su querida ciudad sin necesidad de irse de ella; varios bares funcionaban como reposo para aquellos derrotados, desesperados, además de una millonésima de hospitales, médicos que lo único que hacían durante todo el día era trabajar sin descanso, estar al tanto de aquellos afecfados, heridos, con cualquier problema, con cualquier herida, primeramente física, pues psicológicamente todos necesitaban un mero descanso; también estaban en funcionamiento otras industrias, aquellos que intentaban conseguir comida, granjas y agricultores, farmacias, cárceles... Sobre todo cárceles.
Los bares que estaban abiertos en el barrio más cercano al suyo se podían contar con los dedos de una sola mano, añadiendo que utilizaban una iluminación muy pobre, pues las luces a veces caían literalmente del techo, destrozándose en el acto, o las bombillas explotaban y habían de tirar de velas. La situación, sin duda, era penosa, pero debían de sobrellevarla de algún modo que no fuese estando en un bar cobijados las veinticuatro horas del día, bebiendo alcohol para olvidar y no recordar, algo de tranquilidad y satisfacción. Al menos la mitad de los del lugar terminaban durmiendo en las afueras de los bares, esperando para entrar dentro y tener, mínimo, algo de beber, aunque dinero sí que tenían, por lo menos. Fuera hacía frío, la época de invierno golpeaba inevitablemente más fuerte que otras veces, y hasta el vaho era natural hasta dentro de los lugares. Era gracioso abrir la puerta y escuchar el sonido de una campanita, como para olvidar la desesperación de la que venían.
Un paso dentro, el calor les recorrió un poco, sobre todo por los pies, pero ella se llevó las manos a los brazos, tiritando, sonriendo en parte cuando se giró a su querido compañero. Él, con la chaqueta roja enorme, casi se podría decir que se trataba de una gabardina, se echó un poco su pelo de color dorado, tan claro que apenas parecía del todo rubio, hacia atrás, mientras sonreía, aun sin mirar a la chica.
—¡Buenas...! —soltó, de repente, de buenas a primeras, decidiéndose al momento siguiente a ir hacia el mostrador: muchos de los de allí, probablemente los que no le conocían apenas, le miraron con algo de odio contenido —¿Cómo estamos hoy, personitas del bar? —se giró, rápido, para ver cómo ella se reía sin haberse movido ni un centímetro —¡Espero que bien, porque hoy es Navidad...!
—No es Navidad —le cortó, entonces, sonriendo un poco mientras caminaba para estar a su lado: varias personas de los del bar, aquellos que les conocían a los dos, se rieron un poco por ello, pues les alegraba el simple hecho de que aquellos dos chicos estuviesen tan animados; casi y les alegraba a ellos también.
—¿Ah, no? —bajó del todo su sonrisa, y ella volvió a reírse, llegando a su lado para tocar sus hombros.
—No, capullito —le dio un toque en la nariz cuando él abrió del todo sus grandes, profundos, directos ojos verdes —Casi, pero no; hoy es tres de enero ya. Navidad ya ha pasado, pero sigue siendo invierno, si es a lo que te refieres.
—Se pueden considerar lo mismo —argumentó, sonriendo también, y ella asintió, cerrando los ojos.
—Me parece —y le soltó los hombros.
El bar no estaba en su totalidad lleno, aunque ya se contaban las horas desde que había anochecido, aunque estaban bastante acostumbrados a la oscuridad ya. Sin embargo, el bar todavía tenía las luces encendidas y había sitios vacíos, sobre todo una mesa redonda en una esquina, que era la que más frecuentaban, por lo que se dirigieron hacia allí en cuanto terminaron de hablar. No siempre entraban haciendo un escándalo, pero a veces parecía hasta animar a aquellos desesperados que habían perdido todo, y hasta les hacían reír, por muy estúpidas que fuesen sus pequeñas conversaciones.
—¡Ubícate, Naive...! —le gritó un hombre desde la barra, sentado, riéndose cuando le vio sonreír por ello.
—Lo intentaré —subió sus pulgares mientras buscaba su sitio: se golpeó la pierna con la silla antes de dejarse caer sobre ella.
Para ser una silla de un bar, parecía de una cafetería: no dudaban que tal vez era más la segunda que lo primero, pues lo que más estaban acostumbrados a hacer era café y hasta comida a secas, como tostadas, si había pan o complementos. Por suerte, ninguno de los dos venían simplemente a desayunar, o, mejor dicho, a cenar, pues ya pasaban las diez de la noche desde hacía un muy buen rato: sentados, uno al lado del otro, simplemente esperaron, aunque no en silencio. Naive, aquel chico de ojos verdes y pelo muy claro, que contaba con unos pendientes iguales que los dos piercings que llevaba a los lados del comienzo de la nariz, se puso las manos en la cabeza, echando hacia abajo sus ojos mientras suspiraba.
—En verdad, lo que tengo es sueño, no hambre... —recriminó, y ella, mirándole de reojo, volvió a reírse —¿Por qué habías dicho que teníamos que venir al bar de abajo, Nia? —y la miró, con aquellos incansables y, a la vez, preciosos ojos verdes llenos de ojeras cuando ella solo sonrió.
—¿Te acuerdas? Teníamos que hablar con Hine —recordó, subiendo las piernas a su silla y sonriendo aún más: a él se le iluminó la cara —Los paquetes no llegan a casa, no pueden, más que nada porque no quieren.
—¡Cierto...! —golpeó su mesa, dándole hasta un susto a la chica —¡Se me había olvidado completamente...! ¡Hine tiene nuestro paquete de...! —decía mientras sonreía, pero, en cuanto vio que estaba por soltarlo, le puso la mano en la boca a toda velocidad.
Ya no se le veía tan sonriente, o al menos así lo vio Naive, que le había hecho gracia en un primer momento, pero, viendo que tal vez no le había hecho tanta gracia, comenzó a bajar poco por poco su sonrisita hasta terminar en unos ojos con brillos, tal vez con algo de pena. Cuando se contaron casi los diez segundos, volvió a asentir, retirando su mano de su boca; y, en cambio, se acercó, cogiendo al chico por el cuello para agachar un poco su cabeza y hablar con él.
—Naive —le dijo, algo seria, incluso dando algo de miedo: no sabía ni cómo empezar, y se quedó con la boca abierta unos tres segundos —Sabes que te quiero muchísimo, eres mi mejor amigo, pero, en el momento que alguien que no seamos Hine, Raoki, tú o yo sepa que traficamos armas, voy a tener que empezar a dejarte en casa —le miró, con una mirada más bien triste cuando él bajó un poco su mirada.
—Perdón —apretó sus labios —No me he dado cuenta...
—No te preocupes —se rio algo, dándole un golpe en el hombro, tratando de hacer que volviese a sonreír —No será la última vez, pero siempre que me tengas cerca voy a cubrirte las espaldas.
—Gracias —también sonrió, justo escuchando un nuevo sonido que le hizo sobresaltarse en parte.
De repente, algo, o alguien, terminó sentándose delante de ambos, no con toda la velocidad del mundo, pero sí con fuerzas, las suficientes como para asustarlos. Los dos ya estaban con la mirada bien clavada, los ojos muy abiertos, al comprobar de quién se trataba e incluso antes: ella, que acababa de dejar un paquete pequeño, con todas sus fuerzas, sobre la mesa, haciendo un ruido metálico estridente; después, se sentó frente a ambos, con una sonrisa algo pícara.
La situación era tensa, siempre deprimente, todo gris y neutro, como si nada fuese a llegar a pasar nunca; todo menos aquella chica, que, con su sonrisa, parecía mantener la calma incluso bajo la tormenta. Era un tipo de calidez que muy pocos llegaban a sentir, tal vez medio entregada, medio regalada, por aquella mujer, que se aseguró de entregar el paquete en manos de aquellos dos nuevos clientes.
—Un minuto —les comentó, subiendo un segundo su dedo índice antes de irse, dispuesta a volver en algún momento.
Aquella chica que llevaba puesto el delantal de la cafetería, o el bar, o lo que fuese aquel local, de forma generosa, les entregó un vaso de agua a cada uno de ellos, o al menos a Naive, mientras que a la otra le dio algo parecido al agua, siendo este puro alcohol. Naive no bebía, no por edad, sino por decisión propia; la de pelo castaño y ojos morados, con aquellos pendientes blancos largos que llevaba, la acompañó en su decisión de darle un trago y olvidar la soledad.
—¡Ay, Niakicci...! —soltó, abrazando a la chica en cuanto la tensión pareció relajarse: ella sonrió, no muy convencida —¡Mil años que no te dejas ver por los suburbios!
—Ah —se rio un poquito, mirando de reojo a Naive: él negó con la cabeza con mala cara —Hine, ¿puedes intentar no llamarme...? —pretendía terminar con un "así", pero a la pobre chica la volvieron a parar justo, con un golpe en la mesa.
—¡Y Naive...! —volvió a soltar, acercándose un poco a él, aunque no parecía muy convencido ni siquiera cuando saludó con una sonrisa forzada y girando de lado a lado su mano —Eres un amor, cariño. Me encanta tenerte por aquí a ti y a tu alegría de siempre.
—Seh —sonrió tontamente: no era tonto, simplemente se lo hacía, sobre todo frente a una chica como era Hinematsu.
—Bueno —se puso de brazos cruzados, le sonrió, entrecerró sus ojos por ello —Cuéntame, anda.
—¿Contar exactamente qué? —volvió su mirada, algo nervioso: Niaki suspiró, poniéndose la mano en la cara.
—¿Cómo que no lo sabes ya? ¡Siempre te pregunto lo mismo...! —dio otro golpe a la mesa: Hinematsu era una persona tan animada —¡Ya sé que de amoríos no me vas a hablar, porque por algo soy tu novia ya...! —subió su nariz, cerrando los ojos: Naive entrecerró algo sus ojos por ello.
—No eres la novia de nadie —soltaron los dos, justo al mismo tiempo, Niaki dejando el vaso en la mesa con fuerza, y Naive volviendo a su gran sonrisa al mirarse un segundo juntos.
—Pero, en fin —suspiró cuando vio cómo se le quitaban aquella sonrisilla estúpida a Hinematsu de la cara —Tal vez te interese más hablar de otra cosa que no sean los líos amorosos de Naive, ¿no, Hine?
Sobre todo lo decía por el sobre que acababa de entregarles, y, aunque la chica parecía haberse desanimado un poco al escuchar que Naive no la quería como pareja, volvió a su estado de falsa alegría o pureza natural que la propia chica traía consigo. El paquete justo lo había guardado aquella chica con la que estaba hablando entre sus ropajes, su chaleco de plumas excesivamente largo y muy suave, hecho con verdaderas plumas oscuras y puntiagudas. En cuanto a Hinematsu, echando una mirada de lo más larga hacia atrás, volvió la cabeza, tratando de suavizar un poco su tono de voz: estaba claro que nadie les estaba mirando, ya no eran el centro de atención, aunque Naive casi tira el vaso de agua al suelo en cuanto le quitaron la mirada de encima.
—No tengo idea de dónde sacáis todas estas cosas —comenzó, explicándoles: ninguno dijo nada, pero la miraban muy, muy seriamente, esperando a su siguiente intervención —Pero, bueno, lo he revisado como me pediste, Niakicci. Tiene un cargador metálico con una carcasa desplegable. El circuito electrónico se encuentra fundamentado en un mapa que viene dibujado en un color blanco dentro de la segunda baldosa de metales, y ahí se tiene que ir poniendo el cable según te vaya pidiendo el dispositivo —le comentó, casi susurrando: ninguno de los dos apartó ni un segundo la mirada de los ojos de la chica —Está todo lo que me pediste, como buenos traficantes de armas y metalurgia que sois, aunque Fia Anua ahora mismo esté en la maldita decadencia.
—No te engañes, Hine —le cortó el chico, abriendo un poco su boca para dejar ver del todo sus dientes —No somos simples traficantes de armas y metalurgia con otras ciudades, como Bándamo; o hasta con otros países, en el caso de que nos refiramos a Rusia —sonrió un poco: ella abrió los ojos ahora —Somos científicos locos que experimentamos con piezas metálicas para crear nuevas armas para la protección civil y mejoría de Fia Anua, solo que, como la guerra nos tuvo distantes del trabajo, no hemos podido usarlos apenas, porque estamos trabajando en un nuevo proyecto actualmente —comentó, rascándose uno de sus blancos dientes con su ya de por sí uña rosa, mal cortada y con partes oscuras; la chica bajó sus hombros, como sin creérselo.
Aunque sabía que lo que decía era cierto, de un modo u otro: no siempre hacían armas o munición, pues cabía recalcar que aquellos tres con los que trabajaba, estando dos de ellos presentes, presentaban unos niveles de inteligencia mínimo diez veces mayor que la media. Eran científicos, ingenieros y experimentalistas, y se ganaban la vida creando instrumentos en su propia casa, la cual, estando justo encima del bar, era un apartamento pequeño en la que vivían tres personas; y luego viviendo de cara al resto de Fia Anua como si solo fuesen simples civiles que no saben nada del mundo. Es más, Naive contaba con la pistola que actualmente llevaba en su chaqueta rojiza, en el lado derecho, donde se metió un segundo la mano mientras con la otra se echaba hacia atrás su pelo, haciendo que Hinematsu le echase una mirada de lo más larga hasta, de repente, suspirar cuando sintió algo de calor, mirando a la cara que presentaba Niaki: era calma total, apoyando su pierna derecha sobre la izquierda y con sus ojos tan azules, tan claros que tenía, mirando al suelo y al paquete a la vez.
—¿Cuál es vuestro proyecto actual? —le preguntó, y la de pelo mitad negro, mitad azul, aun solo contando un par de mechas en el pelo, la miró con aquellos tan maquillados ojos, brillando sus piercings de debajo de su labio.
—Bueno —abrió algo su boca, mirando arriba, como pensando: Naive ya estaba a punto de soltarlo cuando pareció dudar —Digamos que quiero hacer una pistola de descargas eléctricas —determinó, sonriendo algo con sus pintados labios y su iluminadora sonrisa: los paladares los tenía algo mellados, pero eso no le quitaban para nada la belleza natural que traía.
Niaki Chi, de ahí el mote de Niakicci, aun sin ser en su totalidad de una nacionalidad italiana, era una chica de tan solo dieciocho años que estaba comprando justamente materiales para hacer un arma de las más peligrosas de su especie: una pistola eléctrica. Era una chica de pelo negro y corto, algo rizado y con picos a su vez, con solo dos mechones de su tan aclamado flequillo en punta de color azul, justo como los que llevaba su hermano, el cual no estaba presente; llevaba una camiseta muy ajustada, color gris oscuro, que se metía bajo su pantalón y entre las plumas, pues tal vez no tenía suficiente dinero, o tal vez interés, en llevar algo más caliente encima, como un abrigo o hasta una miserable manta; tras su cinturón, solo quedaban sus vaqueros oscuros. Su piel fina y delicada contaba con rasgos más oscuros que claros, y sus dos hermosos y maquillados ojos de un color azul tan claro era impactante, sobre todo a la hora de la verdad.
—Vamos a desactivar el código de seguridad de la cárcel con un par de estas queridas amigas y dos o tres alicates —terminó, sonriendo en un estado de suma pasividad y conformidad: a la chica se le cayó el color de la piel del susto.
—¿Por qué harías algo así, Niakicci...? —preguntó, aterrada, y, aunque se le vio la mala cara a Niaki por mencionar su apellido, se tragó sus palabras para coger aire.
—¿Cómo que por qué? —bufó, mirando a otro lado, como algo enfadada —¿De verdad me crees tal para cortar la electricidad de la cárcel justo cuando la han restaurado solo para reírme un rato...? —parecía molesta, muy, muy, muy molesta, y lo estaba, sin duda: entre el mote y la pregunta estúpida...
—Rao está encarcelado —determinó, entonces, Naive, zanjando la discusión mientras bostezaba por el constante sueño: Hinematsu asintió inconscientemente al mirarle —Como al gobierno de todo el país no les gusta los científicos que experimentan a la vez que crean, prefieren llamarlo como una revolución y, como meten a todo el mundo a la cárcel por revolucionario, a Rao le encarcelaron de forma más bien injusta —se explicó, viendo la mala cara que traía su amiga por ello: Niaki parecía pasarlo mal cuando escuchaba que su hermano estaba en la peor de las situaciones por el momento, allí, encarcelado, solo en su celda...
—¡¿Pretendéis apagar la seguridad de la cárcel para sacar a Raokicci...?! —casi y lo chilló, los dos se pusieron en guardia, levantándose para mandar silencio, obligándola a volver a sentarse y a callar su sorpresa: sus ojos estaban brillantes de toda la sorpresa, su mandíbula no encajaba bien cerrada y pareciera que una fuerza magnética tiraba de ella hacía abajo, pues para nada se lo esperaba.
Conocía a Raoki de hacía tanto como a los otros dos, tal vez un poco menos; era el hermano de Niaki, de eso no había duda, y se parecían bastante, más física que psicológicamente, pues ambos chicos eran muy impulsivos y hasta exagerados en el peor de los casos, pero la chica se aguantaba un poco mejor esos impulsos. También había que ignorar que acababa de mandarle silencio chistando y haber tirado casi la mesa del susto al levantarse, pero por lo menos podía controlarse...
Los dos trabajaban junto con Naive en ciencia y experimentación, justo en su pequeño antro, en la parte más alta del edificio, contando el ático, con el techo medio caído a uno de los lados y todo lleno de materiales metálicos, tornillos, herramientas, planos y planes, bocetos, pizarras, tal vez seguramente traían algo tóxico también, pero siempre manteniendo el mínimo de orden. Todo aquello debía de estar mantenido siempre en secreto, daba igual qué daba igual cuánto; pero nadie debía o podría llegar a mencionarlo nunca, jamás, si no querían ser asustados, asesinados o encarcelados, justo como Raoki.
—Mañana no vendremos —comentó, tratando de relajar tensiones mientras Naive volvía a girar el vaso con su típica sonrisa: Hinematsu asintió con la cabeza —Iremos a despedirnos de Xect, por si acaso.
—¿Despedirse en qué sentido? —preguntó, algo aterrada, cuando vio que Niaki volvía a tensar su cuerpo en parte: parecía de lo más nerviosa.
—No sabemo qué es lo que puede pasar de ahora en adelante —dijo, bastante seria, no siendo como siempre era, pero Hinematsu bajó sus hombros con algo de pena, pues sabía a lo que se refería —Es la primera vez que vamos a actuar de cara al público fuera de Fia Anua, y lo más seguro es que alguien nos vea.
—Por eso vamos a hacerlo a las dos de la mañana —sonrió el alegre Naive, siempre dispuesto a animar y a estar alegre incluso en los momentos más tensos.
—¿Vais a dejaros morir? —preguntó, un poco por lo bajo y bastante aterrada ella, mordiéndose los labios cuando ambos se miraron en silencio un segundo: Niaki parecía querer marcharse, y ya tenía una pierna fuera del sitio, atravesando el cuerpo de Naive.
—Morir es lo que menos intentaremos —comentó, como si fuese una broma, el chico, y la chica del mechón azul asintió solo con la cabeza —Nuestra misión es solo salvar a Rao y escapar, y estoy seguro de que todo va a salir mejor que nunca, Hine —cerró sus ojos para agrandad su sonrisa, antes justo de decidirse a marcharse al ver que Niaki ya le llevaba bastante ventaja —Ya verás. ¡Adiós...! —mencionó una última vez, dándose un segundo la vuelta, una vuelta sobre sí mismo, antes de decidirse a salir por donde había venido junto con su querida amiga —¡Buenas noches...! —mencionó, girándose a los que estaban en la barra, y muchos de ellos, aquellos que se atrevieron a levantar la cabeza al escucharle, sonrieron mientras se despedían de él como si fuese un aclamado famoso.
¿Cómo esperarse que el chico más animado de toda su querida Fia Anua fuese un científico que experimentaba con armas para mejorar su ciudad y protegerse de un siguiente ataque de guerra? ¿Cómo siquiera pensar que aquel chico tenía un nivel intelectual tan impresionante que muchos de los de allí, aun juntos y unidos, no pudiesen llegar ni siquiera a sus talones? Y lo más importante, ¿cómo podrían llegar a imaginarse que ese mismo chico estaba por tomar una de las mayores y más inimaginables decisiones del mundo, como era desactivar una red eléctrica que apenas y acababa de ser conectada después de tal catástrofe, solo para sacar a un muy buen amigo suyo de la cárcel?
Todas y cada una de sus preguntas no eran más que refuerzos y ánimos para el escudo que llevaba aquel chico rubio, que se echaba hacia atrás el pelo, llamado Naive, mientras salía por la puerta del bar, con una enorme sonrisa y tarareando una pequeña canción. Fuera, el frío impactó de tal forma que parecía que le hubiesen tirado un cubo lleno de nieve y hielo a la cabeza en cuanto había dado un paso adelante. Eran tan bajas las temperaturas que hasta se sorprendía que no lloviera, nevase o incluso llegase al propio granizo, pero sí que había un poco de niebla mínimo. Entre las destrozadas calles y los altos pavimentos, las carreteras sin ya piedras o incluso color, los establecimientos oscuros, apagados, con los toldos rotos, arrancados, volados, desarraigados de la zona y el lugar; allí, justo en el centro, se encontraba todavía la difuminada silueta de aquella chica por la que le venían olas de alegría extremas: de espaldas, Niaki alzaba la mirada al cielo mientras echaba algo parecido al vapor por ambos orificios de la nariz. Sus ojos azules se entremezclaban en la oscuridad y, con la única mano que no tenía metida en el bolsillo, se apartaba un poco el pelo para que no se quemase con aquel humo que ella provocaba o la propia y pequeña lamparita anaranjada que traía consigo el objeto alargado que llevaba en la boca. Repentinamente, cuando notó el brazo de alguien, siendo este el chico, entre su cuello y su hombro derecho, primero se asustó, pero justo después se rio un poco. Si, tal vez, hubiese llegado a nevar, esa escena, ese momento, podría haber llegado a ser el más, el mejor, el deseado y maravilloso que Naive esperaba, pues, cuando se giró hasta estar uno frente al otro y le dedicó una sonrisa con toda su cara maquillada de negro, quitándose el cigarrillo solo para que se le quedasen los dientes blancos, hizo que hasta ambos olvidasen durante un segundo que las temperaturas eran tan mínimas que hasta llegaban a negativos.
—Deberíamos de dormir algo —comentó finalmente, dándole un toque en el hombro hasta volver a caminar, poniendo ahora su brazo alrededor de su cuello, aunque le sacaba una muy buena altura —Mañana será un día duro.
—¡Mañana liberaremos a Raoki...! —celebró él, y ella asintió, bastante decidida —Voy a comprobar las motos antes de subir.
—Guay —bromeó esta, dando otra calada al cigarrillo al sonreír de nuevo.
Luego, se marchó, no sin antes pedirle que tuviese algo de cuidado, solo con aquellos ojos tan grandes, azules, que tenía ella y solamente ella. Naive era de gran confianza y sabía que no tendría muchos problemas, pero, por alguna razón que no fuese por el hecho de que eran científicos que experimentaban, por lo que eran ilegales a la vez que buscados, había algo más que le preocupaba de ese chico que no sabría decir jamás qué era. Pero se fue, dejándole solo, yendo directamente hacia las motos mientras le veía sonreír por encima: era tan alegre, tan animado, tan feliz, contando toda la situación vivida y que estaban por vivir si todavía no la habían vivido lo suficiente...
Y, en cambio, aquel paquete que estaba por cambiar absolutamente todo el rumbo de las cosas por fin había sido enviado.

Tiempo InterminableWhere stories live. Discover now