Tenía seis años cuando noté la primera mentira.
—Papá viaja por negocios, Allegra —dijo mamá, mientras guardaba una pistola en el cajón de la cocina.
Pero encontré su camioneta estacionada detrás de la cochera. Dentro, un maletín con cuchillos aún húmedos.
A los siete, lo seguí con la mirada desde la ventana. Dijo que iba a la tienda, pero nunca llegó a la calle principal. Se desvió al bosque.
A los ocho, me llevaron a clases de tiro con arco.
—Es solo un deporte —aseguró papá.
Pero en casa, las flechas tenían puntas que no se vendían en ninguna tienda.
Por eso me escondí detrás de la puerta del garaje, donde guardaban las armas. Lo que vi entonces fueron cajas de municiones apiladas junto a ganchos llenos de cuchillos. Mi papá juraba que era distribuidor legal de armas, pero esas no tenían etiquetas ni facturas.
A los nueve, me animé por fin a revisar el garaje. Entre las cajas de herramientas encontré una trampa oxidada. Estaba manchada. No parecía para animales.
Luego, escuché su voz en la madrugada. Mencionó una palabra extraña mientras hablaba por teléfono: licántropos. La apunté en un papel para buscarla después. El significado me dejó muy confundida.
A los diez, me escapé de mi habitación en la madrugada y vi a papá llegar a casa con la ropa rasgada y manchas oscuras en los puños. Olía a sangre y a tierra húmeda.
Me asusté y me escabullí en su despacho en busca de respuestas. Abrí un cajón que no debía y encontré balas con símbolos tallados a mano. Guardé una en el bolsillo y pasé semanas intentando descifrar qué significaban esas marcas.
A los once, entendí que cada vez que nos mudábamos no era por trabajo. Era por algo más. Vi los mapas con marcas en rojo, las fechas que coincidían con nuestras mudanzas. No era casualidad.
Días después, pregunté qué había pasado con el vecino de al lado. Papá me dijo que se había mudado sin despedirse y que ahora debíamos irnos nosotros. Más tarde, encontré una bala ensangrentada en la guantera de su camioneta.
Empecé a atar cabos. Ya no me bastaban suposiciones, así que comencé a esconderme debajo de las escaleras para escuchar sus conversaciones, relacionaba las palabras que se repetían una y otra vez: caza, luna, lobos.
Para los doce, ya había escuchado suficientes conversaciones a medias, ya había visto demasiados mapas manchados de café con marcas en rojo y fotografías de gente que nunca volví a ver. Mentiras sobre mentiras.
Nunca vi a uno. Nunca tuve la prueba irrefutable. Pero lo sabía. Ya no necesitaba que me lo dijeran.
Al fin, todo había encajado.
Los viajes, las mudanzas, las armas, las conversaciones en susurros.
Sabía la verdad.
Sabía quiénes éramos.
Los hombres lobo existían.
Y mi familia los cazaba.
Pero eso fue antes.
Ahora las piezas no solo encajaban: se movían, cambiaban de lugar, se multiplicaban. La verdad que tanto busqué dejó de ser un secreto solo mío.
Mi hermana también lo sabía. Yo lo noté antes de que ella misma lo admitiera. Esa mirada distinta, las preguntas que nunca hacía antes, el silencio en los momentos equivocados. Yo tenía razón: Allison estaba rara porque ya lo sabía. Kate se lo había revelado, llevándola a ver con sus propios ojos lo que yo había descubierto con paciencia hacía años, llevándola a ver a Derek cuando lo tenía secuestrado. Y la noche del baile, cuando la verdad se hizo imposible de ignorar, descubrió que Scott, su Scott, era uno de ellos.
—Esto es una broma, ¿verdad? —dijo Alli, con los brazos cruzados frente a la mesa del comedor. Su voz sonaba firme, pero sus ojos temblaban.
—Queremos respuestas, ya no más mentiras —dije, clavando la mirada en mis padres. Mamá desvió los ojos hacia los platos, papá se acomodó en la silla como si de pronto le pesara todo el cuerpo.
—Las tendrán —contestó él, con ese tono que pretendía ser definitivo.
—¿Cuándo? —insistió mi hermana.
—Después del funeral de Kate.
—¿Después? —mi voz se quebró entre enojo e incredulidad—. ¿Después de qué? ¿De ver cómo entierran a alguien que nos mintió toda la vida?
—Después de que lleguen todos —intervino papá, alzando apenas la voz.
"Todos."
La palabra se quedó flotando en el aire como una sombra.
Allison se enderezó en el sofá.
—¿Todos quiénes?
El silencio fue la única respuesta. Papá no respondió. Mamá nos dedicó una sonrisa tensa, tan falsa como cualquier mentira de las que crecí escuchando.
—Lo sabrán en su momento —añadió mamá, cortando cualquier intento de insistir.
Allison resopló. Yo apreté los dientes. Nada. Siempre nada.
Esa misma noche, incapaz de aceptar el vacío de respuestas, hice lo que siempre hacía: me escondí donde no debía. Me quedé en el pasillo, apenas cubierta por la oscuridad, escuchando detrás de la puerta entreabierta del despacho de papá.
Las voces eran bajas, serias.
—...no tenemos otra opción. Él viene.
Un silencio corto, y luego la respuesta de mamá:
—¿Crees que están listas?
Papá tardó un momento en contestar. Cuando lo hizo, fue como un golpe en el estómago.
—Nunca se está listo para Gerard.
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DROWNED SCALES | TEEN WOLF (S2)
FanfictionUna nueva criatura acecha en Beacon Hills. Ha emergido de las profundidades, pero no viene sola. Las Argent's se verán obligadas a entrar en acción para salvar a cuantos puedan de sus garras, sin saber que esa misteriosa amenaza será el menor de sus...
