Descubiertos

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Oficina de Sasuke, madrugada

—¿Y si se lo dice a Hinata? —La voz de Naruto era apenas un susurro ahogado entre la respiración entrecortada y las lágrimas contenidas—. ¿Y si Sakura también lo sabe?

Sasuke apoyó ambas manos sobre el escritorio, la espalda rígida, la mirada perdida en el suelo como si buscara respuestas entre las sombras.

—Boruto no es así. No va a hacerles daño a propósito... pero está herido. Y eso lo vuelve impredecible.

Naruto se llevó las manos al rostro con desesperación, ahogando un sollozo.

—Sasuke... no puedo perderlo. No puedo perder a mi hijo.

Creció sin padres, criado por sus abuelos con todo el amor del mundo, pero el vacío siempre estuvo ahí. El anhelo de tener una familia propia, de romper el ciclo. Y ahora, cuando por fin había construido algo parecido a ese sueño, se desmoronaba frente a sus ojos.

Sasuke lo miró al fin. Caminó hacia él, lo rodeó con los brazos por la cintura y apoyó la frente en su hombro. Naruto se aferró a su camisa como si fuera el último refugio en un mundo hecho pedazos.

—No lo vas a perder. Escúchame, Naruto —susurró con firmeza—. No después de todo lo que hemos pasado.

Naruto se derrumbó. Sus piernas cedieron, su alma también. Solo le quedó aferrarse al pecho de Sasuke mientras sus lágrimas fluían sin freno.

Una semana después

Desde que Boruto los descubrió, el silencio se volvió una tortura. El chico no había dicho una sola palabra, pero el peso de su mirada era insoportable. Naruto evitó a Sasuke durante días, ignoró sus mensajes, se ausentó de las reuniones. Pero el silencio, lo sabían, no podía durar para siempre.

Sasuke apareció sin anunciarse. Cerró la puerta de la oficina con llave y se acercó con determinación.

—¿Vas a fingir que no pasó nada?

Naruto lo miró desde su silla. Sus ojos reflejaban culpa, miedo... amor.

—No puedo hacerlo de nuevo. Tengo una esposa, un hijo... Tú también, Sasuke. Esto... esto fue un error.

Sasuke lo miró con una mezcla de dolor y furia contenida.

—¿Eso piensas de mí? ¿Que soy un error?

Naruto apretó los puños. El aroma dominante de Sasuke invadía cada rincón, cada fibra de su ser, haciéndolo temblar.

Sasuke se agachó frente a él, como la primera vez. Sus ojos oscuros eran una súplica silente.

—Te vi rendirte ante mí, Naruto. No fue solo deseo. Fue alivio. Fue verdad. Y si te asusta, bien. A mí también. Pero no lo niegues.

Naruto tragó saliva con dificultad.

—No lo niego —susurró—. Solo... me duele.

Sasuke lo besó. Un beso lento, íntimo, cargado de necesidad. Naruto lloró entre sus labios, pero no lo apartó. Extrañaba su calor, sus besos, su toque... su alma.

—Sasuke... —su voz fue apenas un gemido, quebrado por el deseo y la resignación.

Su cuerpo, instintivamente, se amoldó al del Uchiha. El beso se intensificó. Sasuke descendió hasta su cuello, lamiendo, mordiendo, con una adoración salvaje que desarmaba a Naruto. Las manos del alfa recorrieron cada rincón de su piel, y Naruto comenzó a lubricar. Algo que su médico había dicho que, aunque poco común en alfas, podía suceder en casos de sumisión prolongada ante un alfa dominante.

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