Capítulo 1

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No tenia idea que esta noche terminaría esposado contra el capó de una patrulla, ni que perdería mi auto, ni que ese motor, el mismo que rugía como si tuviera alma, sería confundido con el escape de un criminal. Pero, sobre todo, no sabía que ese día iba a desenterrar algo que llevaba años oculto, algo que a simple vista pareciera tan normal.

Todo comenzó antes del amanecer, en un sueño que no parecía mío: Llantas que gritaban en el asfalto, curvas imposibles bajo la lluvia, un auto blanco que desaparecía entre luces rojas. Y una voz de mujer, tan suave como una amenaza: —¿Estás listo para desaparecer?

Me desperté empapado en sudor, el corazón golpeaba con fuerza, afuera, el cielo apenas clareaba, silencio, calma, mentira.

El viernes empezó con pájaros cantando y calles limpias como si el mundo estuviera en paz. Bajé descalzo, el piso crujía bajo mis pasos, antes de llegar a la cocina, el timbre me detuvo, una caja pequeña, dos sobres, la llevé a la sala y me dejé caer en el sillón para después rasgar el paquete y ver que contenía. Revistas, stickers,tonterías que había pedido semanas atrás. Quise hojearlas, pero el reloj me empujó de regreso a la realidad: ya iba tarde.

Corrí escaleras arriba, tiré la pijama al pasar y me vestí como quien huye.

Al bajar de nuevo, el reloj de pared me detuvo con un silencio inmóvil, las agujas clavadas en el tiempo, muertas por falta de batería, suspiré y revisé mi muñeca: aún era temprano, por primera vez en semanas no iba a llegar tarde. Salí con los audífonos puestos, la música ajustada al paso, podía manejar mi auto, pero no quise, él necesitaba un respiro del asfalto; yo, de todo lo demás.

Caminé hacia la estación, dejándome arrastrar por la corriente de extraños, rostros que pasaban sin detenerse, cada uno con su propio peso invisible, me gustaba eso: cruzarme con sus vidas por segundos, imaginar destinos que jamás conocería. El metro venia un poco lleno por lo que me toco estar de pie, cosa que no me molestó en lo absoluto.

Perdido en esos pensamientos, no sentí los pasos detrás de mí. Unas manos tibias cubrieron mis ojos, suaves pero decididas.

—Adivina quién soy —dijo una voz ronca, apenas despierta, pero con esa calidez que no se finge.

—Buenos días, Iya —respondí, sonriendo más con la voz que con la cara—. ¿Qué tuvo que pasar para que te levantaras y tomaras el tren a tiempo?

—Muy gracioso. Pero ya sabes, hoy es viernes... y este viernes no es cualquier viernes —dice con ese entusiasmo tan suyo, el que siempre suena a sonrisa aunque no la vea.

De las pocas cosas con las que ella habla con ese mismo sentimiento es Bvndit, el grupo de K-pop que nos cambió la vida; nos conocimos por ellas, en una reunión de fans cuando promocionaban su primer álbum. Yo no entendía nada del staff, ni del idioma, entonces ella apareció de la nada, traduciéndome todo lo que pasaba como si fuera lo más natural, desde entonces, no nos separamos.

Pero su emoción hoy venía de otra parte.

—No me digas que hoy es cuanto recoges tu auto nuevo —le digo, recordando las veces que veíamos a los estudiantes mas grandes que nosotros que hacían drift en las montañas.

—¡Sí! no aguanto las ganas. En cuanto salga de clase, vamos por él. ¿Vas a venir, ¿verdad?

—Obvio. Pero recuerda que iremos primero en mi auto, así que espérame en la entrada de la universidad.

—¡Sí, sí, sí! Apenas tenga las llaves, nos vamos directo a las montañas... y después, a Seúl. —Hace una pausa breve, como si acabara de descubrir algo—. ¡Mira! Justo ahora estamos pasando por un lugar importante.

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