Capítulo 1:
Me despertó el suave zumbido de mi celular bajo la almohada. Eran las seis y media, y el sol ya se colaba por las persianas, dibujando patrones de luz en mi habitación. Me estiré, perezosa, antes de estirar la mano y desbloquear la pantalla. Un mensaje de Diego. Una sonrisa tonta se me dibujó en la cara.
"Buenos días, bella durmiente. Ya voy saliendo de casa, así que estaré por tu calle en unos minutos. ¿Lista?"
Tecleé una respuesta rápida, prometiéndole que estaría lista, y luego me levanté de la cama. El olor a café recién hecho ya flotaba desde la cocina, mezclándose con el de las tostadas. Mis padres ya estaban despiertos, como siempre. Papá, el gobernador, ya debía estar en su ritual matutino de leer los periódicos y discutir las noticias con mamá. Era un sonido tan familiar, tan seguro, que nunca imaginé que un día dejaría de escucharlo.
Me cepillé los dientes, me até el cabello castaño muy clarito, casi naranja claro, en una coleta alta y me puse el uniforme del colegio: una camisa negra y un pantalón azul marino que ya me quedaba un poco ajustado. Mi collar con un pequeño corazón de plata brillaba sobre la tela oscura. A mis quince años, con mi metro cincuenta y cinco de estatura y mi piel clara, que contrastaba con mis ojos azules verdosos, me sentía como una figura frágil en medio de la inmensidad de la casa. Mientras buscaba mi mochila y los cuadernos de la clase de informática —mi materia favorita, por cierto—, un ruido sordo me sacó de mi burbuja. No era el timbre. Sonaba a golpe.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Dejé caer la mochila y me acerqué a la puerta de mi habitación, escuchando con atención. Las voces de mis padres, que antes sonaban tranquilas, ahora eran un murmullo tenso, casi un susurro ahogado. Luego, una voz grave y desconocida, que no me gustaba nada, retumbó en la sala.
"¿Dónde está mi dinero, gobernador?"
Mi corazón dio un vuelco. Esa voz... no era la primera vez que la oía, aunque siempre había sido por los pasillos o en llamadas telefónicas que mi padre creía que yo no escuchaba. Era la voz del problema, del que papá siempre intentaba escondernos.
Me asomé con cautela por el pasillo. La puerta principal estaba abierta de par en par. Mamá estaba en el umbral, con la mano en el picaporte, y frente a ella, un hombre gigantesco, vestido de negro, con una mirada fría como el hielo. Papá apareció detrás de mamá, su rostro pálido, y pude escuchar susurrar: "¡Elena, no debiste abrir la puerta!"
Pero ya era tarde. El hombre, que supe instintivamente que era El Centauro, empujó a mamá a un lado con una fuerza brutal. Su figura corpulenta y su mirada fría como el hielo eran intimidantes; un pequeño tatuaje de una serpiente en forma de infinito se asomaba en su muñeca derecha. Mamá cayó al suelo con un grito de dolor. Fue entonces cuando todo se volvió un caos. Los gritos. El miedo. Y luego, el sonido seco y devastador del disparo.
Mi padre. Cayó al suelo. Mamá gimió, sujetándose la pierna. Vi la sangre extenderse por la alfombra. Todo sucedió en cuestión de segundos, pero se sintió como una eternidad congelada. Los ojos de mi madre, llenos de lágrimas y terror, se encontraron con los míos.
"¡Maya! ¡Huye! ¡Vete ahora! Hay una mochila en mi clóset, en la parte de arriba. ¡Agarra tus cosas y vete lejos! ¡Corre!"
Su voz, rota por el dolor, fue un puñal en mi corazón. No lo pensé dos veces. El pánico me impulsó. Corrí de vuelta a mi habitación, las lágrimas empañando mi vista. Abrí el clóset de mamá temblorosa, busqué a tientas en el estante de arriba y encontré una mochila de lona, pesada, que ni siquiera sabía que existía. La metí en mi bolso junto con mi celular, mi cargador y algo de ropa que pude agarrar al azar; camisetas, unos pantalones, todo doblado a la prisa, sin pensar. También agarré un suéter negro, casi por instinto. La escena de la sala se repetía en mi mente: la sangre de papá, la pierna de mamá, la mirada gélida de El Centauro.
Los gritos y las amenazas de la sala eran una orquesta infernal que me urgían a moverme. Tenía que irme. Tenía que sobrevivir. Me deslicé fuera de la habitación, pegada a la pared, cada fibra de mi ser gritando silencio. Las voces de los hombres se escuchaban más cerca ahora, sus pasos retumbando. Busqué la salida de servicio, la que daba al jardín trasero y a la tapia que separaba nuestra propiedad de la calle de atrás. Era mi única oportunidad.
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MALA SANTA
Mystery / ThrillerLa última imagen de su hogar fue el fuego. A los quince años, Maya lo perdió todo: a sus padres, su casa, su identidad. Obligada a huir y a empezar de cero, se convierte en una sombra, una experta en el mundo digital, con un único objetivo: la verda...
