Christopher ama tanto a Felix que probará cada parte de su pequeño...
Te amo tanto que me pregunto ¿Cómo sabrá tu sangre?
AVISO: Esta historia tiene contenido sensible y el contenido aqui no es romantico, también cabe aclarar que todo es ficticio...
Estaba tan enamorado que quería conocer a fondo y probar cada parte de su Felix...
Y lo quería... realmente lo deseaba.
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ANTES DE CONTINUAR, AVISO QUE ESTA HISTORIA TIENE CONTENIDO SENSIBLE, SI NO TE AGRADAN ESTE TIPO DE COSAS NO SIGAS LEYENDO, SI LO HACES ES BAJO TU PROPIO RIESGO.
...
Aquel pueblo desolado y frio, abundado de bosque pero habitable.
Yamba, un pueblo frío y desolado en Nueva Gales del Sur, Australia. Calles casi vacías, un viento helado que arrastraba hojas secas por las veredas, y un bosque espeso que parecía observar desde los límites del lugar. Era un pueblo pequeño, donde las noches eran silenciosas y el mar cercano rugía con un eco inquietante. Había algo extraño en Yamba, como si cada rincón escondiera secretos.
Christopher llegó allí con tiempo de sobra. Había dejado atrás aquel trabajo agotador que lo consumía y ahora podía entregarse a sus impulsos, a sus obsesiones.
Se conocieron por primera vez en el trabajo de Felix. El joven atendía en un modesto supermercado del pueblo. Christopher, un día cualquiera, eligió ese lugar para saciar su hambre de carne. Le fascinaba el sabor, la textura, el ritual de elegirla y prepararla. Y esa tarde lo hizo sin prisa, saboreando no solo la idea de la comida, sino también la sensación de libertad que lo embargaba.
Cuando se acercó a la caja con sus compras, ocurrió. Una sonrisa. Simple, educada... pero suficiente para enredarlo. En ese instante, el aire del lugar pareció detenerse. Los sonidos metálicos de las cajas registradoras, las bolsas de papel, el murmullo de los pocos clientes... todo quedó distante. Solo estaba él, y ese chico de piel morena, delgado, con ojos hermosos y un rostro adornado por delicadas pecas.
Christopher lo observó como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su mirada subía y bajaba, detallando cada rasgo, cada movimiento. Era bajo, frágil... perfecto. Y lo supo de inmediato: lo había encontrado.
Después de tanto vagar entre almas sin valor, ahí estaba su piedra preciosa. Un diamante en bruto que él tallaría hasta revelar su verdadero brillo. Un brillo que nadie más tendría derecho a contemplar.
Oscuras fantasías atravesaron su mente. Pensamientos que jamás confesaría en voz alta, pero que lo consumían con cada segundo.
—Muchas gracias por su compra, vuelva pronto —dijo Felix, con voz cálida, al entregarle las bolsas.
Christopher contuvo el aliento. Aquella voz era un veneno dulce, un llamado inevitable. Quería escucharla de nuevo, quería escucharla gritar, suplicarle, quebrarse.
Claro que volvería. Volvería cada maldito día en que ese pequeño atendiera. Lo vigilaría, estudiaría cada gesto, y no permitiría que nadie más se acercara a lo que ya consideraba suyo.
Porque Christopher había encontrado a su elegido. Y no pensaba perderlo.