Estrella Fugaz (Sol Durmiente...

By AlbenisLS

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SEGUNDO LIBRO DE LA TRILOGÍA 'ROSA INMORTAL'. Macabros asesinatos comienzan a ocurrir en las cercanías del p... More

Caracas, Venezuela. Marzo de 1988.
Capítulo 1.
Capítulo 2.
Capítulo 3.
Capítulo 4.
Capítulo 5.
Capí­tulo 6.
Capítulo 7.
Capítulo 8.
Capítulo 9.
Capítulo 10.
Capítulo 11.
Capítulo 12.
Capítulo 13.
Capítulo 14.
Capítulo 15.
Capítulo 16.
Capítulo 17.
Capítulo 18.
Capítulo 19.
Capítulo 20.
Capítulo 21.
Capítulo 22.
Capítulo 23.
Capítulo 24.
Capítulo 26.
Capítulo 27.
Capítulo 28.
Capítulo 29.
Capítulo 30.
Capítulo 31: Casus Belli.

Capítulo 25.

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By AlbenisLS

Estaba sentada en el primer escalón de lo que antes fue una casa llena de alegría, observando   como las llamas devoraban con ansia los restos de un viejo libro. Las paredes blancas estaban relucientes, tal como si Sonia aún viviera. Aunque la realidad era otra. La rubia estaba muerta y enterrada, y no había marcha atrás a algo tan definitivo como la muerte.

Habían transcurrido seis horas desde el entierro de mi mejor amiga, pero yo lo percibía como un recuerdo lejano, perdido entre el océano de memorias. De hecho, ahora lo único que lograba sentir dentro de mi era un gran agujero, un vacío. No estaba triste, pero tampoco feliz. Obviando el corazón que me latía con lentitud en el pecho y los pulmones que se llenaban constantemente del frío aire de la noche, podría estar tan muerta como Sonia.

Sentada donde estaba, comencé a analizar todo lo que había sucedido aquel día. Ya no me dolía lo suficiente como para poder pensar en todas las señales que me indicaron que algo andaba mal. Primero, estaba la niebla. El regreso del fantasmal vapor en las calles del pueblo sin que nadie lo hubiese visto venir, luego el horrible rayo que había caído en el surtidor de electricidad, justo frente a la editorial ¿Acaso eso no era suficiente prueba?

Se suponía que yo era una persona de mente aguda, pero aquello había sido una cruel broma de la vida. Las señales, nada sutiles, estaban ocultas a mis ojos. De pronto, aquel vacío que sentía en el pecho comenzó a llenarse de una emoción: rabia.

Me odiaba a mi misma por no haberlo sabido desde antes. Por no haberme quedado con Sonia en su casa en lugar de ir a trabajar. Los de la editorial se las habían arreglado muy bien sin mi presencia, un día más no les habría hecho nada.

Odiaba a Sonia, por haber sido tan impaciente, tan desobediente. Ella había prometido no usar aquel funesto libro, cuyas cenizas ya el viento empezaba a deshacer. En un arranque de locura, tal vez, había decidido buscar aquel libro de invocación de almas perdidas, el verdadero culpable de la muerte de Sonia.

Apenas llegué del cementerio, revolví todo lo que la policía ya había 'inspeccionado'. Revisé gavetas, estantes y librerías. Fui al escondite no tan secreto donde mi amiga guardaba las plantas y flores necesarias para sus conjuros. No hallé nada. Entonces pensé que aquel libro se encontraba en el único lugar en toda la mansión en la cual no me había atrevido a entrar desde aquel día. 

La habitación de Sonia estaba intacta. Las sábanas de la cama se hallaban tendidas con suavidad. Su ropa, cuidadosamente colocada sobre el armario, cuya puerta estaba abierta, daban la impresión de que hacía poco las había doblado. Incluso un débil aroma a su perfume permanecía en el ambiente. Miré con cuidado, pues por un microsegundo se me ocurrió la idea de que la rubia saldría del baño.

Por suerte, no tuve que quedarme mucho tiempo allí, pues el libro se hallaba sobre la amplia peinadora repleta de frascos de cristal de varios colores. Al ponerle mis manos encima, sentí una extraña energía que emanaba de él. El libro era de tamao mediano, de aspecto antiguo, como si tuviese más de cien años. Tenía un ojo sin párpados dibujado en la cubierta, en la pupila del ojo estaba ilustrado un símbolo que me pareció demoníaco. Debía ser destruído, y el fuego sería el instrumento.

*

Las últimas cenizas fueron arrastradas por el viento. La villa estaba seguía sin puerta, pero nadie se había atrevido a entrar. Incluso Stefan rehusó quedarse,  decidió irse a un hotel en la ciudad mientras 'las cosas recuperaban su color' según sus propias palabras. El padre de Sonia y Stefan no había podido entrar a la mansión, pues los recuerdos felices y los no tan gratos volvían a fluir en su mente. Era increíble que una casa produjera semejantes reacciones, incluso hasta en mí.

Fue en el momento que observaba las cenizas desaparecer, cuando una figura alta apareció en su lugar. Estaba vestido igual que en el entierro, con un traje totalmente negro al igual que su cabello, que resaltaba con la palidez de su cara. Cristóbal había entrado a la casa como si de un simple humano se tratara, pues yo había roto el conjuro sobre ella, dejándola totalmente desprotegida. Cualquier vampiro habría podido entrar allí y hacer lo que quisiera, incluso Ariel, cuya presencia aún seguía esperando.

El hombre se agachó hasta quedar con su cara frente a la mía. Se veía bastante demacrado, tal vez debiéndose a la falta de alimento. Con aquellas oscuras ojeras y el aspecto cetrino de su rostro, daba la impresión que tuviese un fuerte resfriado o que hubiese recién salido de una fiebre mortal.

-Lo siento mucho, Rosa.- dijo. Incluso su voz sonaba cansada. Los vampiros sin alimento eran tan vulnerables como un humano en todo su esplendor.-Nunca quise que algo como esto pasara. Sé cómo debes sentirte.-

-No podemos casarnos.- fue lo que le respondí. Desde que había prendido en fuego aquel libro, fue como si una revelación apareciera ante mis ojos. 

Cristóbal se puso de pie con lentitud y, para mi sorpresa, asintió.

-Tienes razón.-admitió- No podemos casarnos ahora. Podemos posponerlo para dentro de seis meses, o el año que viene.-

Con mucha fuerza de voluntad para no romper en llanto, tomé aliento y le repetí.

-No podemos casarnos.- y alzando mi mano izquierda frente a su rostro, él frunció el ceño, incapaz de entender.

-Oh.- fue lo único que logró decirme por al menos veinte segundos, pero que parecieron una eternidad.-¿Por qué no llevas el anillo de compromiso?-

Me puse de pie, enfrentandolo por segunda vez. Ahora, su mirada oscura estaba fija en mi mano, cuyo dedo anular se encontraba desnudo sin su acompañante. 

-Cristóbal, no puedo casarme contigo.- dije, sin más titubeos. Negué con la cabeza, enfatizando lo que acababa de hacer. Estaba mareada, todo parecía dar vueltas, por un segundo creí que iba a desmayarme. Pero para bien o para mal, no lo hice.

-¿De qué estás hablando?- dijo Cristóbal, en un tono de voz que me sacudió el alma. Parecía que no podía creer lo que sus oídos acababan de escuchar. Su cara era una completa expresión de sorpresa.-Si es por lo de Sonia, te juro que jamás me he sentido tan mal como desde aquel día. Ya te he pedido perdón de todas las formas posibles. ¿Quieres que me arrodille?- procedió a ponerse de rodillas, a una velocidad que pareció lenta, torpe, humana.

-No hagas esto.- dije, cuando intentó tomar de mi mano y yo le retiré el agarre.

-Rosa, sabes que hay reglas en mi mundo. Reglas que son inquebrantables. No entiendes lo grave de la situación en la que me habías puesto cuando me pediste que convirtiera a Sonia. ¡Casi lo hago! ¡Mandé al diablo las reglas de mi mundo por ti!- exclamó, poniéndose de pie con toda la habilidad de un vampiro, recordándome de las absurdas reglas de su mundo, no el mío.

Lo odiaba.

-¿¡Y qué hay de nuestras reglas!?- por primera vez, alcé la voz. Se escuchó rota, seca, como las ramas de los árboles en invierno.-¡Estábamos comprometidos! ¡Debías ayudarme! ¡Debías salvarla!-

-Rosa, estás siendo egoísta. Yo estaba haciendo lo mejor para mi familia, lo mejor para ti, para todos.- dijo él. Se pasaba las manos por el cabello cada ciertos minutos de manera nerviosa. En su voz, daba la impresión de que usaba mi nombre para intentar convencerme de que estaba equivocada. En mi manera de ser, no lo estaba.

-¡Lo mejor para ti nada más, Cristóbal!- exclamé, para luego darle la espalda y caminar hacia el lugar dónde había colocado el anillo, una pequeña mesa de madera ubicada en la entrada de la casa.-Este anillo era una promesa.- dije, enseñandole la reluciente sortija, que ahora me parecía una especie de cachivache inútil.-El egoísta fuiste tú al no evitar que Sonia muriera. Admite que secretamente la deseabas muerta.-

Cristóbal se quedó inmóvil en dónde estaba. Igual que una estatua, igual que siempre.

-Por favor, Rosa. No...- dijo, acercándose a mi en menos de un segundo. Noté en sus ojos oscuros aquella extraña tonalidad que los vampiros poseen cuando están a punto de derramar lágrimas de sangre.

Me tomó entre sus brazos y me abrazó, pero yo no le devolví el gesto. Estaba sumida en mi papel muy bien. Mis ojos comenzaron a arder nuevamente. Sentía una incomodidad en la garganta.

-No termines conmigo. No me dejes. Gracias a ti, me siento vivo de nuevo. Mi corazón pareciera que late desde que llegaste a mi vida.- me suplicó al oído, y de pronto sentí que unas gotas caían sobre mi hombro.

Cristóbal estaba llorando. ¿A quién podía engañar? Yo lo amaba, pero no podía permanecer en un pueblo que me había causado tanto dolor. Había visto gente morir, gente desaparecer, me habían intentado asesinar en más de una oportunidad por más de una criatura. Debía poner las cosas en orden, debía huir de San Antonio.

-Renuncio a la editorial.- dije, con aquella incomodidad punzando en mi garganta cual cuchillo.

-¡No! ¡Me niego!- gritó de furia más que de tristeza, mas de pronto, me soltó y se secó las lágrimas sangrientas con un pañuelo que sacó del bolsillo de su traje.

-Van a encontrar a alguien más competente que yo. He sido una jefa horrible.-

-¿Estás segura de que esto es lo que quieres?- inquirió, y al verme asentir, pareció comprender todo.

-Bésame antes que te vayas.- dijo, y no pude decir que no. Me acerqué a él y le di un largo beso en aquellos labios helados, esta vez con sabor a sangre.

-Te amo, pero no puedo seguir aquí.- dije, con mi respiración agitada golpeando su cara pálida.

Me alejé con lo que me parecía ser una lentitud extrema. Había leído una vez una leyenda de Asia, que cuenta que entre dos personas que están destinadas a amarse existe un hilo rojo, que viene con ellas desde su nacimiento. El hilo existe independientemente del momento de sus vidas en el que las personas vayan a conocerse y no puede romperse. Bien, parecía que estaba poniendo a prueba ese hilo del destino.

Caminé hacia la oscura carretera de la montaña, me introduje en mi deportivo azul y lo encendí, poniéndolo en marcha en seguida mientras comenzaba a llorar amargamente. Las lágrimas por Cristóbal Bolívar estaban por comenzar.

 *Reproduzcan el vídeo que aparece en multimedia.

¿QUÉ LES HA PARECIDO ESTE CAPÍTULO? ESTUVO LLENO DE DRAMA, VERDAD? A PARTIR DE ESTE CAPÍTULO, LAS COSAS VAN A TOMAR UN GIRO INESPERADO EN LA FORMA EN LA QUE SE NARRA ESTA HISTORIA. LA PRIMERA PERSONA (ROSA) VA A SEGUIR CONTANDO LO QUE VE SEGÚN SU PUNTO DE VISTA, PERO TAMBIÉN HABRÁN OTROS PUNTOS DE VISTA NARRADOS EN TERCERA PERSONA. ESPERO QUE ESTA 'INTERACTIVIDAD' EN LOS NUEVOS CAPÍTULOS NO LES ALTERE EL CARIÑO QUE LE HAN AGARRADO A ESTA HISTORIA, QUE SI TENGO RAZÓN ES TAN INTENSO COMO EL MÍO. UN SALUDO A TODOS Y ESPERO QUE NO DEJEN DE LEER <3

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