Sully, vampira de Henry, venía con Alexander. Indiferente miró a Patricio y rápidamente localizó a Fabiola, a la que podía escuchar desde una larga distancia, notando, por su forma de moverse, que ambos eran integrantes del nido de Carmen. Prestó atención a Fabiola y a quienes la rodeaban en ese momento. La vampira de cabello negro estaba hablando con dos tipos y lo que ella fue enviada a buscar era a una chica. Su atención entera fue a parar a Patricio y escuchó aún con el ruido de las bocinas su conversación... —¡Hey esa me gusta! —A mí no.–Pues a mí sí.–Eres muy simple Annete.—Ya te pareces a Anthony... –decían el rubio vampiro y la humana morena que lo acompañaba. Sully abrió los ojos y dejó escapar una sonrisa sombría, habían dado en el blanco después de varios días de búsqueda. Habían buscado en el lugar indicado, Alexander tuvo razón.
Corrió a visarle al inmortal que dirigía la operación y que era el único que no estaba haciendo nada además de observarlos a todos. Era un abusivo y un perdedor pero Henry confiaba en él. Sully y varios del nido lo detestaban por esto mismo.
En un parpadeo ya estaba parada frente a Alexander el alto y seductor vampiro de cabello y ojos negros.
–La encontré.–sonrió con el iris ardiéndole, no tardaba en cambiar de color.–¿Qué vas a darme?-dijo Sully esperando recompensa alguna por su hallazgo con una cínica sonrisa forzada.
Alexander endureció sus facciones y revisando que no hubieran moros en la costa, sacó los colmillos acompañado de un gruñido fiero hacia Sully.–¡Llévanos hasta ella!–rugió con impaciencia.
Sully retrocedió con miedo recordando aquellas veces que en el pasado lo hizo enfadar. Contempló su propia mano derecha, carecía del dedo meñique. Esto fue por haber desobedecido las órdenes de Alexander en otro más de los planes de Henry. Alexander, furioso, se lo había cortado para castigarla y recordarle que jamás debía de retarlo. Al recordar esto bajó la cabeza y obedeció como un fiel perro a regañadientes.
–Tal y como dijiste, está acompañada de un inmortal, también logré localizar a otras dos chicas de Carmen, pero no creo que vengan con ellos. El vampiro que está con ella no es muy fuerte, a lo mucho debe tener unos treinta o cuarenta años de cambio.
—¿Estás segura que se trata de nuestra querida Annete?
–Por supuesto.–Sully sentía el deseo de golpearlo, la trataba como si fuera una idiota.
Alexander sonrió, sonaba muy fácil para ser verdad. Se volvió hacia los otros tres vampiros del grupo.
–Recuerden: No podemos ni tocar a la chica, órdenes de Henry. Tengan cuidado y sean discretos a la hora de eliminar a quien la acompaña.
Los tres se dispersaron y Alexander pagó la cuenta de lo último que habían consumido. Cruzó la puerta de salida avanzando con elegancia, su alta y oscura figura transmitía cierto miedo a aquellos que lo observaban.
Salió y esperó tranquilamente en la coladera del callejón a dos calles de ahí. No le gustaba ensuciarse las manos, él estaba hecho para dirigir, no para seguir órdenes.
Cuatro muchachos se acercaron discretamente al joven vampiro y a la humana y los rodearon dándoles las espaldas con cautela. Patricio todavía no notaba nada extraño y siguió bailando tranquilamente.
De todos ellos Sully era la más rápida, por eso a ella le tocaba encargarse de Annete, la otra chica vampiro se encargaría de la parte más difícil, misma que probablemente le costaría la vida.
Uno de los chicos que los rodearon empujó a propósito a Patricio para distraerlo, quien le devolvió la ofensa. El vampiro enemigo le dio un puñetazo en la cara con discreción, sin hacer tanto alardeo ni espectáculo. Patricio lo volteó a ver sorprendido por la fuerza de la agresión y permaneció perplejo esperando el siguiente golpe. El muchacho que lo agredió sonrió y sus ojos, como los de un tiburón, pasaron a ser negros con el iris remarcado de color carmín, los cuales eran rodeados por gruesas venas que les daban mayor profundidad y brillo.
Patricio cayó en seguida en la cuenta. Mientras tanto, una fina y rápida mano le tapó la boca a Annete con un pañuelo humedecido, drogándola rápido y así arrastrándola sin dificultad hacia la salida de emergencia. Era increíble que los tumultos lograran esconder tantas cosas, ya que nadie, ningún humano, se preocupó por el cuerpo que alguien más se llevaba cargado en brazos, pensando que eran sólo consecuencias del alcohol.
Sucedió en segundos, como todo accidente.
Desconcertado, Patricio dio vueltas a su alrededor preguntándose las razones que podría tener su atacante, miró al vampiro, normalmente no se atacaban vampiros de otros nidos a otros por simple gusto y mucho menos en lugares públicos. Se limpió la boca lastimada y cuando menos se dio cuenta, su agresor había cambiado de lugar, ahora se encontraba hasta el otro extremo del salón, mismo lugar desde el que le sonreía. Se volvió frenético, Annete no estaba ahí. Se dio la vuelta nuevamente, ahí ya no estaba el vampiro. Desesperado dio un paso camino hacia la alejada mesa donde estaba Daniel que aún no se enteraba, cuando...
–Hola.–saludó una hermosa chica que se atravesó en su camino.
Iba a evadirla y a avisarle a su amigo pero antes de que continuara, ella le tapó el paso.
–¿Qué haces?...fuera de...—estaba dispuesto a aventarla.
—Ven conmigo.–le sonreía la chica suplicante.
–Es que no puedo yo...
—Y te digo dónde la tienen.–confesó la inmortal provocando así que él la mirara con atención por vez primera. Lucía un corto vestido rojo, perfecto con su brillante sonrisa que dejaba ver la punta de los colmillos enmarcados por unos llamativos labios color carmín. Patricio la miró por primera vez, fue entonces cuando notó que era vampiro.
Dudó, lo correcto sería avisarle a Daniel y a Fabiola, pero si les decía lo matarían por haber dejado que se llevaran a Annete o peor aún, lo llevarían a que Carmen se hiciera cargo de él. Asintió y decidió recuperar a la chica solo antes de que sus acompañantes se dieran cuenta de su ausencia. Siguió a la seductora mujer hasta donde lo llevó, sabiendo que no se la darían tan fácilmente.
La joven mujer de vestido rojo lo sacó del lugar y avanzó en silencio durante unos minutos a paso mortal. Se detuvieron a unas cuadras del club y se hundieron en el callejón a tres calles de distancia a las cuales llegaron en cuestión de segundos debido a la velocidad a la que la mujer lo había arrastrado una vez que estuvieron fuera de la vista de los mortales.
Llegaron. Se detuvieron.
Patricio no tenía miedo, sólo ansias por saber lo que vendría después.
La inmortal sonrió. Estaban completamente solos. Se acercó a él. Patricio puso las manos al frente por si tuviera que defenderse.
Ella lo aventó hacia unos matorrales con fuerza y se sentó sobre él.
—¿Pero qué haces?
–La llevaremos con Henry.
–¿Qué? ¿Por qué?–temeroso, Patricio alzó la voz dándose cuenta de lo que ella hacía. Nunca debió de aceptar seguirla, y ahora lo iba a matar. Intentó zafarse y pudo torcerle la muñeca, pero no pudo hacerle mayor daño. Ella era mucho más vieja que él y lo notó por su habilidad superior a él.
La mujer vampiro sacó de la nada un fino puñal y rápidamente se lo enterró en la pantorrilla. Lo alzó y repitió la acción atravesándole el brazo, le dio otras tres puñaladas en el abdomen debilitándolo. Patricio se retorció de dolor y chilló. Ella se acercó a su cuello, subió, le mordió una oreja y se la arrancó con los dientes de un tirón. El joven vampiro soltó un alarido. La mujer sacó un par de jeringas rellenas de un líquido plateado que él en su vida había visto y se las clavó en la otra pierna. Patricio gritó, su ropa ya estaba empapada en sangre pero extrañamente de pronto dejó se sentir, se entumeció y no pudo ni siquiera seguir gritando. Todo fue por esos minutos, era estresante y doloroso. Jamás había sentido una desesperación así, ni siquiera cercana. Era una completa tortura, el dolor seguía reventándolo y no podía ni hablar ni mover algún músculo, ni siquiera parpadear.
La salvaje mujer volvió a alzar el puñal, lista para darle cuello al perro, sonrió con malicia en voz alta y mientras bajaba la afilada punta hacia el indefenso cuerpo, una dura mano se lo arrebató y con él le cortó la misma mano con la cual lo sostuvo. La mujer con el rostro desfigurado totalmente transformada en un monstruo, saltó sobre su atacante soltando un grito y golpeó a Dan contra una hoja de vidrio que permanecía tirada junto a unos contenedores en aquél callejón.
Dan se incorporó de nuevo quitándose del cuerpo los pedazos de vidrio que lograron herirlo. Había llegado justo a tiempo. Fabiola llegó después, brincó desde lo alto de la reja de una bodega continua y cayó sobre la mujer, ésta se rompió en pedazos la punta del mentón al estampar su duro rostro contra el cemento y con odio se reincorporó ensangrentada y con algunos dientes colgando dispuesta a matar a Fabiola.
Levantando el puñal, que estaba en el suelo, con la única mano que le quedaba, brincó sobre unos botes basureros queriendo huir. Dan la alcanzó y jalándola del tobillo la arrastró, la golpeó, le apretó los hombros, y con ambas manos la alzó. La mujer sacó una de las jeringas que le quedaban y con ella logró herirlo con Paranesis. Dan automáticamente la soltó. Ella se echó a correr, no dispuesta a morir en manos de Dan, pues lo conocía perfectamente debido a su fama.
Fabiola la alcanzó, le bloqueó el paso y le rompió el cuello. La mató.
Pasados los seis minutos, Dan pudo levantarse.
Ambos vampiros corrieron hacia Patricio. Seguía con vida. La mujer no le había atravesado con el cuchillo la garganta, ni decapitado, ni lo había quemado, entonces Dan buscó y encontró en su cuerpo alguna herida que les revelara si sobreviviría o no. Le había inyectado en gran cantidad de Paranesis, de su muslo brotaba como si fuera una fuente de mercurio mezclado con sangre. Dan ya había visto ese líquido y creía que sólo los cazadores lo tenían, ya era la segunda vez que lo habían atacado con ella, te paralizaba los movimientos impresionantemente durante unos minutos, sabía que lo usaban para torturar, pero nunca imaginó que ésta sustancia pudiera matar. Ni Fabiola ni Patricio estuvieron presentes aquél día en que por primera vez salió a la luz, desconocían su existencia.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Annete?- gritó Dan buscándola con la mirada por todo el callejón.
Patricio lo vio fijamente temiendo contestarle, su rostro se estaba contrayendo, atemorizándolo.
–Se la han llevado al nido de Henry.
–¿Qué?–exageró Fabiola.—¿Para qué la quieren?
Daniel se quedó pensando un momento, nada tenía sentido, eran los cazadores los que la buscaban, no los otros vampiros ¿Qué ocurría entonces?
Les dio la espalda a sus compañeros, tenía que encontrarla, tenía que buscarla en donde fuera.
–Dan...–consiguió decir Patricio adolorido y con trabajo. El vampiro se detuvo frío-¡Ayúdame!...siento que...–pidió suplicante.
Dan permaneció mudo de espaldas duro como un muro. Había sido la culpa de Patricio y ahora Annete estaba en peligro y Carmen lo destrozaría. Él quería largarse para que Fabiola y él cargaran con la culpa de su error.
–Dan, por favor. Fracasé, ya no siento más.–era tan extraño para él decir aquello.–Aunque sobreviva no quedaré del todo bien y seré sólo la vergüenza del nido, por favor...
Dan avanzó decidido a dejarlos atrás, enfadado por su error, dispuesto a dejar sufrir y morir de dolor a Patricio, lo merecía.
—¡Daniel!–Fabiola que seguía hincada junto a Patricio lo llamó insistiendo en que cumpliera con aquella petición.
Apretó los ojos
—Si no lo haces tú, lo haré yo.–escuchó decir a Patricio quién movió los dedos hacia el puñal. El efecto del líquido no pasaba como a Dan le había ocurrido, y por eso le costaba aún más trabajo, a Patricio le habían inyectado de más y ahora iba a morir.
Fabiola le susurraba cosas a Patricio, le sobaba el rostro y besaba sus ensangrentadas manos dando respingos.
En un parpadeo Dan ya estaba sentado a su lado, sin abandonarlo como le había prometido desde que le conoció y le dio un golpe en el hombro.—Yo lo haré.-suavizó el rostro y tono y tomó el puñal. Ahora iba a matar a su amigo, aunque fuera a petición suya y para no dejarlo sufrir, eso no lo hacía mejor. Atravesarle la garganta era el método más rápido y menos doloroso para terminar su tortura.
Patricio se relajó, le echó un último vistazo a Fabiola contemplando lo que iba a dejar atrás y luego a Dan. Volvió a ver a Fabiola, ésta vez como jamás hizo en el pasado y acercó una mano a su pálido rostro acariciando su mejilla.
—Hace un rato dije que no eras mi chica. –miró sus ojos negros.–Ojalá lo hubieras sido.
Ella, desmoronada, se acercó a abrazar su pesado cuerpo en el suelo sintiendo algo extraño y cierta tristeza. Su especie debía de ser fuerte, estaban entrenados para matar y vivir de esa manera, conscientes de que todos a su alrededor, las personas, las calles; cambiarían junto con la cultura y tarde o temprano morirían. Si Patricio fuera mortal ella sería tonta al llorar porque era algo que debía de haber previsto al conocerlo, sin embargo él era inmortal y esto era algo que nadie pensaría que sucedería. Volteó a ver a Dan y asintió con la cabeza, diciéndole que era hora de matarlo.
Patricio sonrió irónicamente.
—Hace treinta y ocho años morí, hoy vuelvo a hacerlo.
Dan apretó los puños, contó, lo vio a los ojos por última vez y con fuerza clavó el puñal sobre su pálida garganta acelerando su muerte.
Patricio dejó de parpadear.
Fabiola apretó sus húmedos ojos dejando escapar las últimas lágrimas, había esperado demasiado tiempo. Sollozó y volvió a apretarlo en el suelo.
Ambos se levantaron serios y avanzando con pasos largos y lentos, salieron del callejón.
Hubo un largo silencio.
—¿Cómo es que murió? Dime, sé que lo sabes.- exigió bañada en llanto al no encontrar demasiada sorpresa en los ojos de Dan.
—La última vez que nos enfrentamos a los cazadores, nos enteramos de que descubrieron un líquido llamado Paranesis, un líquido peligroso. Esta noche le inyectaron más de lo necesario a Patricio.–Dan, a pesar de estar apresurado y preocupado por Annete recordó a su compañero que ya no estaba y se arrepintió de muchas cosas. Pensó en todo lo que hizo con él y todo lo que faltó por hacer, como era lo habitual. Lucía despeinado y bastante desaliñado, su larga gabardina oscura ahora estaba rasgada y le hacían falta varios botones. Se veía aturdido.
Fabiola se veía aún peor, su larga cabellera negra estaba enmarañada y tenía varios arañazos que iban de los hombros hasta las manos. Miró atrás una vez más, al cuerpo del que hace unas horas todavía les respondía.
—Hemos vivido muchos años. Aún no nos acostumbramos a la muerte ¿No es cierto?
El alto joven asintió con melancolía, pero no miró atrás.
Devastado buscó rastros de la humana sin encontrar nada. Sabía que la llevarían al nido de Henry, tendría que avisarle en cuanto antes a Carmen, que era lo que más temía. No sabía que era lo que pasaría con la chica, pero estaba preocupado. Henry no era bueno.
∽∵∽
Llevó el cuerpo inconsciente arrastrándolo con desprecio como si valiera nada. Sully destapó la coladera en la que habían quedado en llevarla y de un salto llegó hasta el fondo de ésta. Estaba húmedo, con hongos y malos olores, resultando menos tolerable para aquellos con sentidos tan agudos.
Ahí ya esperaba Alexander, solo, mientras leía un periódico viejo cómodamente.
Sully iba a depositar el cuerpo en el suelo con sucios charcos. Alexander no se lo permitió y en cambio le arrebató el cuerpo agitándolo como si fuera un trapo. Molesto, la sostuvo él mismo y alzó la mano hacia el rostro de la joven inmortal amenazante. Sully retrocedió.
—¿Quieres que pesque una enfermedad?
—¿Y a mí qué me importa!–la chica arrugó la nariz, éste no era un lugar agradable, desgraciadamente era necesario tomar aquella ruta siempre que querían llegar al nido.
No era que a Alexander le preocupara en lo más mínimo la salud de aquél costal de sangre, todo era para complacer a Henry solamente.
–Buen trabajo, nos veremos en el nido en unas horas.–el vampiro de cabello y ropas negras le dio la espalda y caminó por donde corría el agua con la chica cargada como bulto sobre la espalda. Pesaba poco.–Se la llevaré a Henry.
–¡Ajá! ¿Quién me asegura que no le harás algo más antes?–Sully lo conocía perfectamente bien y no la convencía. Sacó los colmillos.
Alexander se detuvo dando un desplante.
–No lo haré, no desobedecería a Henry y no tengo que darte a ti explicaciones.- se molestó, en silencio dudando de sus propias palabras.
Mientras caminaba a paso lento y relajado, miró lo que cargaba, la chica era joven, más o menos debería de tener unos dieciocho o diecinueve años, tenía la piel morena y el cabello castaño, largo y ondulado, era extrañamente bella, ¿Por qué la querrían los cazadores? ¿Qué podría tener de mala o peligrosa esta inofensiva e insignificante criatura? La levantó un poco y pegó la nariz a su cuello con curiosidad sin detenerse, definitivamente era humana, con ese exquisito aroma lo comprobaba. Olía demasiado bien para su gusto. Era una suerte que se hubiera alimentado tan bien, de otro modo le hubiera sido casi imposible resistirse y ahí abajo y solo sin nadie que lo viera ni se enterara nunca de lo que ocurriera... pensó en esto último, y le entraron ansias como a cualquiera al que se le presentaba una oportunidad así. No tenía planeado traicionar la confianza de su superior y se la entregaría viva, ¿Pero qué tal una probada? Miró atraído su cuello, de pronto sintió la tentación sin hambre, tan sólo gula. Volteó hacia los lados, no había ni un alma, podía hacerlo. Sully ya se había marchado.
Esperó hasta llegar a un piso más limpio, todavía dentro de la coladera y hasta que los charcos sucios fueron menos, recostó su delicado cuerpo sobre el suelo. No muy convencido de que su plan resultara, se agachó y se acercó hacia el cuello de la joven. La olisqueó como un perro por todo el cuello, muñecas y pecho, justo donde estaba el corazón. Inhaló y exhaló, la volteó a ver esperando que no despertara. Sus oscuras pupilas se dilataron más de lo normal y sintió una oleada de deseo. Deseaba probarla.
La respiración de la humana estaba tranquila, al parecer seguía bajo los efectos de lo que Sully la hizo inhalar. Él cerró los ojos lento y luego lamió su cuello para después clavar sus colmillos y perforar su piel. Como una sanguijuela succionó poco a poco hasta que el ritmo del movimiento de sus labios fue aumentando mientras más bebía, presionó su cuerpo hacia el suyo, dejó caer la cabeza de la chica hacia atrás y succionó con mayor fuerza sintiendo un revoloteo de sensaciones, todas agradables.
Annete sintió un cosquilleo seguido de un ardor en el cuello y un fuerte dolor de cabeza que le hacía sentirse mareada y le ennegrecía la vista, fue abriendo poco a poco los ojos ¿Por qué se sentía así? Además, también había un peso sobre ella que le impedía levantarse y unas duras manos la aprisionaban de la cadera y espalda con mucha fuerza. Aunque aún se sentía atontada, sabía que alguien estaba usando su cuerpo. Sentía la boca y lengua del sujeto sobre su cuello y el movimiento sexual que iba hacia adelante y hacia atrás empujándola. Unas lágrimas recorrieron su cálido rostro, no era una experta en el tema, sin embargo no sentía nada entre las piernas, así que al menos no estaba siendo violada, pero eso no disminuía su miedo.
Nuevamente escuchó que el desconocido sorbía y cómo se iba impregnando más a su piel, entonces comprendió con mayor miedo de lo que se trataba.
La debilitaba, era cómo si al extraer de su sangre le robara también las energías ¿Pero quién era y por qué estaba sola con él o ella en una coladera?
Alexander en cambio, se sentía excitado, poderoso. Aquella extraña sangre lo hacía sentir cálido, pleno.
—¿Qué estás haciendo?- incómoda se movió y habló tartamudeando, pero eso hizo que como una vacuna mal puesta, el extraño se moviera bruscamente y que con los colmillos dentro de ella le rasgara la piel.
Se quejó.
Al escuchar su voz, Alexander extrajo a prisa los colmillos y se incorporó en un abrir y cerrar de ojos, se limpió los labios. Annete aprovechó para sentarse y luego pararse tambaleándose y temblando de pies a cabeza, él no se volvió sino hasta que sus facciones volvieron a la normalidad.
—¿Quién eres tú?- chilló la chica sobándose la heridas sintiendo el cuello ardiente y retrocediendo con las piernas temblorosas, sintiendo un hormigueo por toda ella. Se llevó la mano al cuello, estaba sangrando.
El vampiro seguía con la respiración agitada, oculto en la oscuridad.
–Me llamo Alexander.- se presentó con voz grave saliendo de su escondite.
Annete se sobresaltó al ver aquél cuerpo emergido de las sombras. Lo miró encogida. El vampiro que tenía enfrente imponía y le trasmitía terror y desconfianza.
Alexander tenía el cabello negro y sus ojos eran oscuros de un negro tan brillante que podría tener destellos azulados o morado oscuro, tenía fina nariz y piel clara. Su rostro era serio y fijo, sus ojos y gesto eran duros pero profundos e incluso parecían bellos como los de un zorro negro y su forma de hablar y de andar era elegante pero peligrosa. Su vestimenta era igual que sus ojos; de pies a cabeza iba vestido de negro y su expresión altiva, arrogante y al mismo tiempo retadora la acobardaban.
–¿Por qué estoy aquí contigo y por qué estabas bebiendo de mí?-esperó que no fuera por su propia culpa. No recordaba haber conocido nunca a éste sujeto. Buscó con la mirada una salida.
El joven sonrió estupefacto, esperaba un grito, no un diálogo.
–Yo te traje hasta aquí. Henry desea verte.
–¿Henry?–lo miró seria y precavida buscando cualquier forma de salir. Se asomaba un poco de luz en uno de los canales, discretamente se fue acerando hasta uno imaginando que sólo tendría una oportunidad y nada más.—¿Quién es? ¿Voy a convertirme en un...?–se llevó una mano a los dos agujeros que aún sangraban sobre su cuello.
El vampiro estaba aliviado de que hubiera despertado, de no haber sido así quizá ya hasta la hubiera matado, hecho que no diría ya que ella podría usarlo en su contra.
–No, no llegué a tanto.- miró los orificios sobre su cuello.–No te pasará nada, sanará pronto.–un poco más y la dejaba mal, Henry lo habría matado, y en caso de no hacerlo, los vampiros de Carmen. Seguro ya lo estaban buscando para ello.
—¿Por qué lo hiciste?–se acercó más al conducto buscando con qué distraerlo.
El vampiro lo pensó tan sólo un segundo, era tonto que lo preguntara.
–Es difícil no hacerlo. Aunque creo que te debo una, al parecer me salvaste de matarte.–decidió confesar con una atractiva sonrisa burlona y se puso a imaginar su castigo.–Eso me hubiera metido en serios problemas tanto en mi nido como en el tuyo.
Asintió y mientras, Alexander le explicó otra cosa acerca de los castigos que sabía que se usaban para quienes desobedecían. Ella fingió escuchar con atención y hasta asombro y mientras aprovechó la oportunidad y a prisa y con toda la velocidad de la que era capaz corrió hasta la entrada del ducto.
Lo estaba logrando.
–Si fuera tú no haría eso.–amenazó sereno frente a ella bloqueándole la entrada justo antes de que pudiera atravesar el sucio pasillo.
Había olvidado cuán veloces eran.
Imaginó que lo golpeaba. No contaba con esa fuerza, no se creía capaz. Él no era tan joven como Patricio y por lo que veía, su puesto era mucho más importante.
—Está bien, te acompaño con Henry,–resopló resignada y hasta tranquila aparentemente, en el fondo muriendo de miedo.—,pero después me devuelves con los míos.
Con un refunfuño caminó por delante sin contar con otra opción. Prefería tratar estos asuntos con pinzas con gente de su tipo que seguir creyendo que podría pelear con ellos. Ahora que empezaba a conocerlos, sabía que enfadados no tenían compasión y que jamás jugaban.
—Eso depende de lo que Henry diga...
Alexander lucía complacido con la conversación, pensaba que cualquier otra estaría gritando y pidiendo auxilio, ésta en cambio parecía una chica inteligente. Al parecer estaba acostumbrada a ellos. No podía juzgarla todavía, pero estaba seguro de que sabía más de su especie que cualquier otro humano y quizá por ello era difícil asustarla.
Él también se estaba comportando bien, temía que ella lo acusara con Henry por haberla mordido. Por suerte no llegó a causarle ningún daño. Con eso ni la convertiría, ni la mató, ni la hirió mucho, había salido bien; pero eso no impediría que Henry le diera una golpiza. Su líder podría ser muy pacifista y espiritual en sus andares y hablares, pero al momento de pelear o proteger su territorio era de temer.
Caminaron en silencio un par de horas. Él podría cargarla y llegar hasta el nido en tan sólo media hora pero prefería estudiarla antes de entregársela al jefe. Seguramente la interrogaría y tal vez hasta se la cenarían. Se le hizo agua la boca, deseando que algo le tocara.
La miró, se encogía ante su fiera mirada, era claro que tenía miedo. La observó aún más, divertido.
–Dime ¿Quién eres? Te llamas Annete, ¿Pero por qué estás con los otros vampiros?
Los cabellos se le erizaron. La chica temía decir algo que no debía, estaba segura de que ellos no estaban enterados de que era hija de Carmen pero no sabía si lo indicado era decirles la verdad o no.
–Me salvaron de unos cazadores y me cuidan para que no me atrapen los mismos.
—¿Por qué?- la analizó pensativo.
—Porque... porque...–dudó, él había dicho que tenía que llevarla con Henry, ese debía de ser el líder, no él, por lo tanto no tenía razones para discutirlo con Alexander.—¡No pienso decirte más!- le dio la espalda.
Se volvió rápido hacia ella irritado.
—¡Ni aunque me mires así! Se lo diré a Henry no a ti.–le gritó avanzando hacia él retándolo, armándose de valor.
El vampiro no se explicaba por qué la chica hacía eso, cómo podía tener el valor para retar a alguien como él. Apretó los puños con mucha fuerza, de él nadie se burlaba. Apretó los dientes y aún así la chica no retrocedió.
–Escucha, Henry tendrá algo preparado para ti y puedo advertirte que nunca has visto algo como él.-su sombría voz resonó.
–¡Carmen es mejor, no Henry!-gritó la chica, lo estaba provocando. Sabía lo que hacía. Annete estaba convencida de que si su madre ya estaba enterada de que había desaparecido estaría buscándola por todas partes y la ciudad estaba llena de alcantarillas, si gritaba y lo hacia gritar quizá alguien en superficie los escucharía y le avisaría a su madre. Quizá Dan la rescataría y volvería a él...
Lo que la humana decía era cierto pero a nadie le gustaba que le dijeran que lo ajeno era mejor así que Alexander no pudo evitar enfadarse y la empujó con fuerza en respuesta. La sacó volando hasta una de las paredes del ducto. Ella se golpeó la espalda y al estrellarse se mordió el labio que ya tenía lastimado a causa del golpe que le había dado Anthony esa misma mañana. Adolorida soltó un gruñido también sus rodillas y codos tenían raspones.
Se reincorporó con el cabello en la cara y la vista gacha. Lloró con fuerza.
—¡Tú lo provocaste. Es tu culpa solamente!- gritó Alexander temiendo que lo acusara y odiándola por eso. Annete no respondió ni levantó la vista.—¡Levántate y avanza!–insistió el vampiro ocultando su aflicción.
La chica no se movió.
Se acercó a ella molesto dispuesto a obligarla a caminar preparándose para jalar de su brazo.
Antes de que la tocara, levantó la vista furiosa. Sus ojos estaban rojos aún más que los de cualquier vampiro y brillaban tanto como si fueran una gelatina o piedras preciosas. Alexander retrocedió.
—¿Qué eres?- susurró.
Ella se abalanzó sobre él y lo tumbó y se echó a correr lo más rápido que pudo .
El vampiro era más fuerte que Patricio, por eso no había sido tan fácil como con él. Quizá no le causó mayor daño, pero el que viera que no iba a dejarse ya era mucho para ella.
–¿Pero qué...? ¿Cómo hiciste eso?–se levantó lentamente sin contraatacar sorprendido por aquella mirada poco humana en la chica.
—¡Déjame ir!- gritó Annete en un impulso con la voz áspera luciendo feroz y más fuerte. Juntando fuerzas siguió corriendo.
Aturdido, el vampiro la siguió. No llegaría muy lejos. En un segundo la alcanzó y tiró de su brazo ahora con un poco de delicadeza.
Ella pataleó, era inútil.
El oscuro ser la miró y luego olió la sangre que descendía de sus labios distrayéndose.
De pronto recordó a Henry, los estaba esperando y ya se estaban acercando. Ahora la humana estaba aún más herida. El golpe que le dio la había incapacitado y no estaba seguro de que pudiera caminar.
Pensándolo diez veces más, avanzó hacia ella. Tenía que hacer algo al respecto.
Annete retrocedió hasta tocar la pared, sus ojos poco a poco fueron recuperando su color y aunque tenía coraje, su mirada volvía a ser la de un sensible humano.
Alexander sabía que el compartir sangre fortalecía a otros vampiros, pero también era algo más personal ya que también transmitía emociones y recuerdos o pensamientos de unos a otros. La humana estaba débil, necesitaba sangre, pero esto era algo que no se hacía con humanos. Funcionaba sólo con los inmortales. Ella no parecía ser una humana común y corriente, sus ojos la delataron ¿Sería posible que su sangre tuviera algún efecto en ella?
Apretando los puños y odiándose por lo que estaba a punto de hacer, se acercó a la chica. Alzó su rostro apretando sus mejillas de mala gana y pegó sus labios a los de ella limpiando la sangre que había salido de su boca, luego con sus colmillos mordió su propia lengua y la introdujo en la boca de la humana.
Annete parecía querer escupir. Sentía el salado sabor de la sangre del oscuro sujeto en toda su boca, pero era una sangre diferente, era fría, y luego se volvió dulce; temía ingerirla.
—¡Házlo!–le susurró el vampiro apretando más sus mejillas obligándola.
Se negaba completamente y con una de sus manos comenzó a empujarlo y a darle golpes en el pecho. Aquello le parecía una especie de canibalismo.
Él sostuvo sus manos con fuerza con una sola mano y con otra sostuvo su rostro. Le abrió la boca y volvió a besarla y a introducir su lengua pasándole unas cuantas más gotas de sangre inmortal.
Poco a poco volvió a tener energía y una desconocida serie de emociones la invadió. Ahora su cuerpo estaba más fuerte y respondía por si sólo, y era el mismo el que le pedía más sangre del vampiro, y como si lo amara comenzó a besarlo como loca y con ansias e incluso a morderlo para conseguir más de su sangre. Su cuerpo se sintió invencible, indestructible, pero al mismo tiempo sus ánimos estaban decayendo. Sin saber la razón de pronto sintió una inmensa melancolía. Como zafándose de un encanto, lo soltó y retrocedió desconociéndose a si misma.
—¿Qué me estas haciendo?- Annete se quejó.
Ya podía hablar, ya había recuperado fuerzas. La oscura figura se separó de ella y con cierta dificultad la soltó y le dio la espalda con frialdad. Con eso bastaba.
La chica no sabía por qué pero sintió un inmenso vacío. Como si se hundiera en una profunda oscuridad sin salida, sintiéndose completamente sola dentro de un negro agujero, sintiendo tristeza.
Miró a Alexander, ¿Eso es lo que su sangre le ocasionaba a los humanos?
Alexander no pudo decir más y en silencio siguió avanzando, mudo e inexpresivo como una tumba, ella le siguió. Todo el camino siguió pensando en lo que había visto y hecho.
Tal vez ése era el secreto que guardaba Carmen, tal vez ella era algún tipo de experimento y por ello le había sido tan fácil procesarla, sin saber que era mucho más grave y penado de lo que se trataba. El vampiro de cabello y ojos negros debía contarle a su líder
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Henry estaba acostado sobre su trono semidesnudo fumando una mezcla de diferentes drogas, todas potentes y peligrosas para el ser humano. Eso hacía la mayoría del tiempo. Se decía que aquél trono perteneció a un faraón del antiguo Egipto, que el que guardaba Henry se trataba del original perteneciente a Tutankhamón; se sabía que en Italia comenzaron a hacer réplicas para venderlas a los coleccionistas o museos, sin embargo, para ello tuvo que haber un modelo a seguir, uno que resguardaba en el fondo de su nido. Henry pasó la mano por su silla, orgulloso. Había tenido que hacer muchas cosas y quitar a mucha gente del camino para conseguirlo. Él era un ser bastante excéntrico, de todos lo vampiros líderes, él era el más interesado en coleccionar, desde cuadros, máscaras, reliquias, e incluso personas. La silla ancestral la utilizaba especialmente en reuniones para no quitarle el propósito de ser ya que para esto mismo la usaba el faraón y Henry era aún mas importante que uno, o por lo menos así lo veían sus seguidores e hijos. El trono estaba hecho de oro y en el respaldo había una imagen del faraón con su esposa; el asiento estaba apoyado por patas de león con una cabeza del mismo a cada lado.
El vampiro admiraba a todas las culturas de la antigüedad, por ello pasó muchos años recolectando o robando reliquias del pasado, usándolas como trofeos dentro de su hogar.
Henry era muy blanco, pálido, y tenía los ojos amarillentos con verde, como los de un gato negro, era calvo de la cabeza y usaba barba larga y negra; en la nuca dejaba ver un tatuaje de un símbolo extraño con un significado especial, en el abdomen tenía otro más y sobre la espalda otros tantos. Casi siempre exhibía los colmillos.
La mayoría del tiempo estaba en el nido, y regularmente se alimentaba dentro del mismo. Las veces que salía eran para elegir a los posibles futuros hermanos de la comunidad o para elegir a algún niño. Todo aquel niño del que se alimentaba tenía que ser especial, al igual que los elegidos para pasar por el cambio, no cualquiera podría gozar de aquel privilegio de ser escogidos. Todos aquellos niños que estaban destinados a brindarle fuerzas eran antes bendecidos y después destajados, siempre siguiendo el acostumbrado ritual. En cuanto a los futuros vampiros, debían de contar con un pasado digno, asegurando así que el cambio fuera efectivo; aunque todo sabio líder de cualquier nido también lo hacía.
Mientras esperaba, jugueteó con un cuchillo con el que se hacía daño a sí mismo en ratos en que la ociosidad lo mataba. Sobre su cama estaban acostadas cuatro vampiras, a las cuatro les había hecho también un tatuaje parecido al suyo marcándolas así como su propiedad; todo lo que le gustaba lo marcaba tal como un granjero a sus caballos, a veces era con fuego, otras con navajas y otras veces simplemente con pintura, pero todo tenía su marca en aquel oscuro y húmedo lugar.
Se oyó un ronroneo. Henry sonrió complacido y acarició al gato que frotaba su lomo sobre la pierna de una de sus mujeres. Debajo de las cortinas de terciopelo que rodeaban su cama, salieron otros seis gatos negros y de uno de los estantes, otros dos más. Henry rió al verlos y acarició a cada uno. Cargó a uno y lo besó. Lo acarició repetidamente. Henry también consideraba a los gatos negros como hijos. Eran tan parecidos. No los gatos siameses, ni persas, ni ningún otra raza o color, sólo los negros, aquellos infelices a los que en la antigüedad se les creía personas malditas. Los celtas tenían la creencia de que los gatos negros eran personas maldecidas que tomaron forma en gato y por ello se les temía y a pesar de eso, masacraba. Incluso la iglesia católica en el pasado comenzó a perseguirlos considerándolos la personificación del demonio y símbolo de Lucifer, así como guardianes de aquellas que practicaban brujería. Se les temía por ser los reyes de la noche y otros atributos, que a su parecer, eran dignos de respetarse y hasta de admirarse, e incluso de envidiarse.
Henry imitó el ronroneo de uno, sus ojos eran iguales a los de ellos.
-¿Acaso no nos parecemos?-le dijo en voz queda al animal concentrado en su mirar.
El animal se concentró en sus ojos y maulló entendiendo las palabras más de lo que cualquiera creería.
-¿No somos los dos la personificación del demonio? ¿No hemos sido condenados a vivir en las sombras?- le sobó el pelaje con afecto y lo dejó en el suelo. Acarició nuevamente a los otros gatos.
Llamaron a su puerta decorada con cadenas colgadas a la entrada para así escuchar cuando alguien entrara, aunque sus desarrollados sentidos le avisaran que alguien estaba cerca de ser así.
Tres vampiros entraron y a los tres segundos entró Alexander, detrás de él una humana, Annete.
Henry sonrió, se levantó y dio vueltas alrededor de la chica estudiándola de arriba para abajo. Se rascó la barbilla, pensativo y ansioso, sin encontrarle nada de especial a simple vista, pero percibiendo algo descomunal. Con una seña corrió a los otros presentes.
Alexander se marchó de mala gana, deseando saber la verdad de lo que habían atrapado pero antes miró a la chica de nuevo y luego al vampiro que permanecía concentrado en otra cosa, parecía estar orando. Se fijó en el cuello humano, todavía había sangre, se notaba el desgarre, ahí le quedaría una cicatriz durante muchos años. Como si leyera su mente, la joven se llevó la mano al cuello. Ella sabía que Alexander la miraba.
Alexander estaba en problemas, si Henry sabía que había sido él, lo mataría. Antes de que Henry volviera en sí, se acercó a la chica.
–No le digas a Henry lo ocurrido en la alcantarilla.- susurró con la vista fija.
Annete sonrió con malicia.
–Ten por seguro que lo haré.-amenazó, sabiendo que eso podía darle control sobre él.
El oscuro vampiro negó con la cabeza maldiciéndola.
–No lo harás.- aseguró dudando.
—¡Lo haré en este momento!- se preparó para abrir la boca.
Alexander dio un paso hacia adelante amenazante.
–Te lo pido, no lo hagas, te juro que haré algo por ti después, sé que lo necesitarás...-el muchacho comenzó a notarse nervioso.
Ella lo miró, por primera vez su oscuro mirar se suavizó y su actitud flaqueó.
Henry abrió los ojos y al volver en sí miró a ambos.
–Pero si ya se conocen, después tendrán tiempo para conocerse mejor.–anunció.
Cuando Henry se acercó a ella, olfateó algo, sus fosas nasales se ensancharon y los colmillos brillaron con lo que aquél aroma le provocaba. Se volvió hacia la responsable. Miró su cuello herido. Apretó los puños.
-¿Qué ha pasado?-dijo. Sus pupilas se dilataron. Se volvió hacia Alexander y arrugó la nariz. Soltó un gruñido.
Alexander miró a Annete y retrocedió.
La chica dio un paso al frente, en algún momento podría necesitar de un favor y nada mejor que de alguien con autoridad ahí dentro.
–Me lo hicieron en el nido de Carmen.- aseguró interviniendo, sintiéndose estúpida por estar defendiendo a uno de ellos, sobre todo a aquél que acababa de atacarla.
Henry se relajó y bajó la guardia. Alexander miró la espalda de Henry y el rostro de Annete. Les dio la espalda y salió de la habitación mirándola por última vez, aliviado.
Solos, Henry le habló a Annete, quien no paraba de contemplar lo que la rodeaba. Al verla, los gatos comenzaron a maullar y Henry lo interpretó como una señal. El vampiro miró a los gatos y comenzó a rezar en un extraño idioma que la humana no reconoció, similar al vasco, pero no igual.
El cuarto era similar a una sala de brujería, todo era tan rústico y sucio en aquel repugnante lugar. Se pudo fijar en que la mayoría de las paredes estaban manchadas de sangre, desconocía si eran parte de la decoración, eso no importaba, el hecho era que esa sangre le fue robada a algún cuerpo humano al que después habían matado.
Mientras Henry rezaba tuvo tiempo para escuchar lo que los rodeaba y oyó gritos lejanos. Se volvió con la piel erizada y por la estrecha apertura de la puerta vio a un vampiro llevando a rastras el cuerpo de una mujer mayor en llanto. Apretó los puños, ¿Qué podía hacer de todas formas? Apretó los ojos salando sus mejillas y se llevó ambas manos a la sien, se apretó los oídos con fuerza intentando no escuchar más el insoportable llanto de la víctima.
Henry se volvió con los ojos en blanco. Poco a poco fue recobrándose. Sabía lo que ella temía y decidió estudiarla. Los humanos demostraban quienes realmente eran cuando estaban asustados.
–Bienvenida. He puesto a la mitad de mi población a buscarte. Entre nosotros tu nombre es conocido, incluso entre los cazadores.–sonrió con una brillante sonrisa y los colmillos fuera.
Ella ya tenía los ojos de color café rojizo de nuevo.
El nido de Henry tenía los espacios más reducidos y estaba más oscuro y menos lujoso que el de Carmen, todas las piezas dentro del mismo eran de carácter gótico donde claramente se notaban influencias islámicas y germánicas en cada mueble. También había muchas estatuas en cada rincón, la mayoría ángeles o gárgolas de piedra, en cuanto al techo, estaba forrado de amuletos de diversas culturas y símbolos en sangre seca, la mayoría de estos dibujos eran ojos.
–Después de ti.-el vampiro hizo una leve reverencia y le indicó que también saliera de su habitación.
Salió. Seguido de ella salió Henry y juntos fueron dirigidos a una sala más aislada de las habitaciones; oscura y de piedra llena de cuadros surrealistas y otros cientos de amuletos colgados.
Entraron, cerró. Le indicó que tomara asiento. La humana, nerviosa se preparó para lo que venía.
La contempló en silencio durante un rato, sus ojos la impactaban.
–Tendrás que decirme lo que haces, lo que ocultas.
No dijo nada, permaneció atenta sin quitarle el ojo de encima. Alexander interrumpió y se metió en la sala para decir algo a su superior, cuando antes de que pudiera excusarse, Henry apareció detrás de él y lo jaló del cuello con un filoso serrucho en mano que había tomado de encima de la mesa.
–Ya sabes lo mucho que me irrita que me interrumpan.- apretó los dientes. Sus filosos colmillos relucían con el resplandor, parecía que iba a morderlo.
La humana se sobresaltó.
El muchacho de ojos y cabellos oscuros levantó el mentón sin intentar defenderse y cerró los ojos. Henry lo liberó cuando se calmó y le acarició la cabeza como si fuera su hijo o gato.
–Mi muchacho, ¿Qué has venido a preguntarme?-agregó el líder cambiando totalmente de voz y expresión.
La chica lo miró impresionada por sus cambios de humor tan repentinos. Alexander se acercó a su superior y le susurró algo más al oído para terminar de decir lo que unos segundos atrás no pudo.
Henry sonreía con lo que escuchaba.
Alexander miró un segundo a Annete indiferente y se retiró complacido.
Henry se volvió hacia ella.
–Annete, háblame de lo que puedes hacer. Vamos no seas tímida que por algo los otros te han de tener.–el vampiro con ojos de gato se recargó sobre la mesa y le apretó los hombros a la chica.
Ella temblaba con discreción.
–Tengo algo de fuerza.–contestó lento sintiendo sus duras manos presionándola sabiendo que en cualquier momento le quebraría los brazos.
–¿Ah sí?–Henry parecía estar jugando.–Golpéame entonces.
La soltó y jaló su silla hacia atrás con rapidez para que se levantara, luego rió esperando a que lo hiciera.
Annete no iba a desaprovechar la oportunidad. Quería hacerlo, pero estaba asustada. Preparó el puño, lo cerró y tomó vuelo. Aplicando mucha fuerza y con odio, lo golpeó en el pómulo derecho.
No consiguió hacer que volteara ni siquiera la cabeza, en cambio, a ella era a la que le había dolido, se apretó el puño intentando que el dolor disminuyera.
—¡Ouch!-dijo el vampiro divertido y tranquilo sin haber sentido nada.–Tal vez conmigo no sirve pero tal vez con algún otro más débil-¡Sully!- gritó al viento.
Annete deseó haberlo hecho sentir algo.
De inmediato apareció una chica, la misma que la había drogado y sacado del bar. La miró con desprecio, ella la imitó.
–Annete, golpéala, y tú no hagas nada para evitarlo.- ordenó el jefe del nido.
Sully atravesó el oscuro salón. Lo miró con cara de pocos amigos y se plantó delante de la humana maldiciéndola. Henry quería probarla.
Alexander y Marcus permanecían en el marco de la puerta encontrando aquella orden curiosa. Marcus le apostaba a Sully pero su compañero, a juzgar por lo que había visto, dudaba. Oyeron un fuerte sonido que les pareció, se trataba del impacto de una mano sobre una piel. Cuando se dieron cuenta, la vampira tenía la cara de lado y una marca roja y punzante sobre la mejilla. La humana estaba frente a ella, sonreía victoriosa y la dejaba atrás dándole la espalda.
Henry soltó una carcajada y le aplaudió, por un momento le recordó a Lázaro.
El vampiro volvió a correr a todos los mirones para retomar su conversación con la humana, sabiendo que se pondría cada vez más interesante.
—Vaya que lo has hecho bien. Dime quien eres.- le ordenó.
Ella dudó ¿Le decía o no? Se aclaró la garganta, dio una bocanada de aire y le contestó. De todas formas pronto lo sabrían, los cazadores ya estaban enterados, muchos vampiros también, qué más daba. Y además si le mentía y se enteraba después de la verdad podría matarla. Quizá si sabía lo que realmente valía, querrían negociar con Carmen y la devolverían.
—Carmen es mi madre.
La sonrisa de Henry se extinguió y su rostro cambió. Sus manos y pasos temblaron. Se le acercó.
Annete se cubrió el rostro temiendo que la lastimara.
-¿Es cierto lo que me dices?- la miró a los ojos serio sin encontrar mentira en ellos.-Pero eres humana...- dudó-,por eso te buscan los cazadores, ahora entiendo.
Pensativo y atontado la hizo levantarse. Pegó una carcajada al cielo resonante y luego decidió algo nuevo.
Annete creyó que en seguida la encerrarían, atarían o hasta torturarían. Pero Henry en cambio reía.
–Siendo así, Bienvenida al nido... hija.–abrió los brazos para luego darle un abrazo y estrechar su frágil mano.
Ella se encogió de hombros.
Henry sobó la cabeza humana.
–Así que eres hija de la vampira madre, la sangre de nuestra especie corre por tus venas, eres casi una de nosotros. Descansarás en mi nido de ahora en adelante, desde ahora eres también hija de Henry.–le dio otro abrazo afectivo como si en verdad fuera su padre y consejero y volviera a verla después de un largo tiempo.
–Pero yo no puedo...- lo rechazó atontada, apenas comenzaba a procesar sus palabras.
—Oh, claro que sí y lo harás, ahora estarás con nosotros. Ya es hora de que conozcas otras opciones de las que puedes formar parte, quisiera poder decir que no es una orden, sin embargo no tienes opción.-diciendo esto, el vampiro le dio otro abrazo más y le besó en la frente como hacía con todos sus demás vampiros, porque aunque fuera humana también en su sangre estaba la de los inmortales.
Henry ya estaba tramando un buen plan y sabía que la chica podría ser de gran ayuda, con ella podría hacer crecer su nido y fama.
–Desde ahora serás nuestra hermana y mi hija...por ahora.–repitió en voz alta complacido con su nueva idea.
Su plan era entrenar a la chica para en un futuro convertirla en su pareja, con el tiempo la haría su esposa para que juntos gobernaran el nido y derrocaran a los otros, incluyendo al nido de la misma Carmen. Se preguntó si al igual que Carmen pudo procrear, él también podría hacerlo con Annete.
La chica aguantó la desesperación y tuvo que morderse la lengua. Ya habría otras formas de salir de ese aprieto y no descansaría hasta encontrarlas. A la fuerza y con lágrimas sobre todo el rostro tuvo que seguir a Henry, quién la guió por los oscuros corredores. Por donde pasaban había varios vampiros que la miraban y gruñían feroces, otros la veían con sed sonrientes pensando que la llevaban hasta la cámara donde encerraban a los humanos frescos capturados y guardados para después, o incluso pensaron que iban a usarla para alguno de los rituales de su líder. Nerviosa, desviaba la mirada de todos ellos con el corazón palpitando frenético y con miedo de lo que podría suceder después. No eran las miradas que le echaban lo que la atemorizaba, pues ya había pasado por eso hacía apenas unas semanas atrás, era la idea de estar lejos de su madre y de todos aquellos a los que ya se había acostumbrado.
Henry le abrió una enorme puerta, era una habitación, una de las más grandes que existían ahí. Bella, elegante, con una gigantesca cama y muebles estilo barroco bañados en oro. Entraron.
–Bienvenida a tú nueva habitación. Espero que te alegre saber que eres la única privilegiada que tiene una para sí sola.–le sonrió mostrándosela como si la vendiera, ella no dijo nada, eso no le interesaba.-Aquí hay un guarda ropa excelente con las mejores telas y otras cosas más para ti. Úsalas bien. Arréglate, alístate para el ritual de bienvenida, hermana. Tienes una hora.
Diciendo esto último, el vampiro cerró la puerta y se fue a juntar a todo el nido para hacer un llamado especial e informar a su comunidad de los nuevos cambios.
Momento congelado. Segundos fríos, tiempo desperdiciado en la nada. La mirada perdida, las ideas revoloteando, el corazón palpitando. Annete comenzó a jadear.
Se quedó seria sin parpadear con la mente nublada mientras unas saladas lágrimas bajaban por sus mejillas. Otra vez le volvían a arruinar la vida. Temblorosa y con pena abrió el armario, en él busco cosas. Estaba lleno de hermosos vestidos españoles como para una antigua y noble doncella; también había zapatos, broches y accesorios de mujer, pero eso no le interesaba. En el pasado aquellos objetos materiales la hubieran hecho feliz, ahora que ya no tenía nada, qué más daba. ¿De qué le servía un vestido bonito? ¿A quién quería impresionar?
De pronto tuvo una perversa idea, ésa era la última solución para todo. Se armó de valor. Aventó las cosas que le estorbaron y buscó con desesperación y entre mil lágrimas algo con punta. Necesitaba algo filoso, necesitaba acabar con esto de una vez por todas aunque tuviera que llevarse a sí misma por delante. Encontró unos pasadores, aquello era lo más cercano a un arma en aquella habitación; seguramente Henry habría premeditado que lo intentaría. Les arrancó la punta con los dientes y los miró un instante, levantó su muñeca entre sollozos e intentó usar los pasadores como escapatoria... los hundió poco a poco agravando el daño en cada segundo que pasaba, rasguñándose en la muñeca de la mano izquierda, la más susceptible a las puntas, y maldijo al cielo y a la vida misma.
Soltó un fuerte alarido de rabia y dolor y se desplomó sobre el suelo berreando.
No tuvo el valor para hacerlo, no podía arrancar los pocos años que tenía aún invisibles que no habían dejado ni una marca en el mundo, no era así como lo había planeado. Lloró a gritos un rato más hasta que los ojos se le inflamaron como nunca antes, ni cuando se enteró de que había perdido a tía Marie lloró así. No quería vivir con ellos, ya en su mente había formado imágenes de lo que la obligarían a hacer si se quedaba. Se levantó y se dirigió al baño, casi no estaba sangrando pero pasearse con tan solo un poco era provocar a los demás. En el baño tomó una de las toallas de manos y con ella envolvió su muñeca esperando que acabaran de absorber la sangre que le quedaba.
Se aventó al piso sin habla ni parpadeo, con todo pensamiento fundido. Yacía devastada intentando que la salida apareciera por sí sola sin condición. Se bloqueó, se tragó toda aquella ilusión de lo que alguna vez quiso y cerró la boca.
Se levantó con la expresión fría sin rastro de algún sentimiento, e inexpresiva como piedra abrió de nuevo el armario y tomó un largo y antiguo vestido blanco. Se miró en el espejo sin darle importancia a lo que ahí veía o llegaría a ver alguna vez. Estaba segura de que pronto la convertirían en una de ellos, pero claro, no sería tan fácil, antes la forzarían a hacer muchas otras cosas más.
Llamaron a su puerta.
Sully estaba parada con la vista puesta en otro lado y sin mirarla. Odiándola, le ordenó que la siguiera.
Avanzaron por los sucios pasillos en silencio. Annete con la vista perdida mirando hacia la nada y sin pensar, pero repitiéndolo para creérselo, decía que ya encontraría la manera de escapar de ahí.
Llegaron hasta una gigantesca sala, mucho mayor que cualquier habitación en el nido de su madre, también estaba un poco mas iluminado que las demás salas y era sostenida por altas torres que soportaban el peso de todo el nido. Cuando puso un pie dentro, los ciento catorce vampiros que estaban presentes callaron a la señal de Henry, que estaba sentado en un trono egipcio, el mismo que el vampiro había robado años atrás volviendo aquella escena más simbólica.
Annete caminó hasta posarse sobre unos escalones donde todo el mundo podía verla. Aquél lugar estaba reservado para ella.
Henry se puso de pie.
–Hijos míos, hemos de darle la bienvenida a nuestra nueva hermana.- todas las voces se prendieron y él esperó a que callaran para continuar.–Es humana, sin embargo, en su sangre lleva la misma que nosotros.
Murmullos... murmullos por doquier... el desprecio...rechazo.
–Su nombre es Annete. Desde ahora vivirá entre nosotros como debe de ser.-gritó hacia su pueblo y luego cerró los ojos.
Henry se puso en el centro de la habitación. Empezó a orar.
Le echó un vistazo al público, ellos también estaban repitiendo unas extrañas oraciones, todos compartiendo las mismas creencias.
–Abracemos a nuestra invitada y démosle el abrazo de nuestra comunidad.-volvió a gritar cuando terminaron los rezos y se volvió hacia ella. La chica retrocedió asustada por su fiera mirada felina.
Henry avanzó más, en un gotero tenía una muestra de sangre humana fresca que acababa de extraer, a un lado, el cadáver de la niña de ocho años yacía boca abajo.
La chica miró el cuerpo de la pequeña a la que habían sacrificado y de la que habían tomado la muestra de sangre. Dio un respingo y se tapó la boca para no gritar.
Henry levantó el gotero y danzó con éste en mano. Se plantó delante de Annete, le sobó la mejilla, limpió las lágrimas que salían de sus ojos y le apartó la mirada del pequeño cuerpo. Le apretó con fuerza las mejillas hasta que abrió la boca y en un movimiento introdujo el gotero en su boca.
No pudo gritar ni tuvo tiempo de defenderse. Henry apretó el gotero y la hizo alzar la cabeza hacia el techo para así obligarla a beber la sangre de la niña. Cuando la soltaron, todos empezaron a gritar victoriosos y con la mirada avergonzada y gacha, la humana guardó silencio y volvió a llorar con desesperación. Acababa de beber sangre de una pequeña e inocente niña, justo con lo que Henry se había ganado aquella fama.
Esa misma noche Henry tomó su daga favorita, tan afilada, tan brillante, con una de las más filosas y finas hojas. Esa noche también la marcaría como a sus demás vampiros. Annete tragó saliva con miedo y los ojos llorosos. Esto no podría ser peor.
Henry avanzó hacia ella. La daga resplandecía. Mientras acariciaba su cálido hombro, el vampiro tomó la daga en mano y actuó. Desde qué la vio lo planeó.
Annete apretó la boca aguantando el dolor y dejó que la sangre corriera. Uno de sus mayores temores era sangrar frente a todos ellos, sin embargo, nadie se abalanzó sobre ella pero a todos les había costado. Sintiéndose humillada, se limpió la larga cortada en espiral que iba desde el hombro hasta su codo izquierdo, que tenía unas líneas en la punta, como si fuera una flecha de sangre.
Henry sonreía, al fin tenía su marca.
El resto de la noche hubo más danzas, oraciones y rituales. En ningún momento Annete volvió a decir nada.
Inexpresiva y con los ojos inflamados y desorbitados, miró su brazo. Las gotas de sangre caían una tras otra. Era irónico que lo que a ella tanto la hería, ellos lo encontraran fascinante. Miró a la audiencia. Lucían complacidos y todo a causa de su dolor.
Ahora estaba marcada. Ahora pertenecía al nido de Henry.