Hay un sentimiento que jamás pensó que recorrería por sus venas. Era la primera vez que se sentía tan insignificante como una simple hoja, esas que caían en otoño sin que nadie les eche un segundo vistazo. O como la humedad que se empañaba sobre un vidrio, rebajándose en gotas hasta evaporarse. Pareció carcomer todo su interior en un segundo, surgiendo desde lo más profundo. Estaba temblando, pero no era el frío lo que la hacía tiritar.
—Su tiranía no es requerida, usted ha herido a una persona que tan solo busca vivir. —El vaho se hizo más prominente, escapándose entre sus labios.
El emperador la observó conocedor, como si acababa de presenciar lo más interesante que jamás hubiera visto en siglos. No apartó la mirada de ella, ni siquiera cuando descendió ágilmente del caballo, revelando así su clara diferencia de altura, lo cual resultó intimidante. Avanzó, provocando que aquellos que observaban, con manos cubriendo sus bocas, se pusieran cada vez más tensos.
—¿Vivir? En un mundo en el que todos mueren con tanta facilidad, ya sea por hambre, por los radicales cambios de clima o enfermedades incurables. ¿También desearías vivir así? Le he hecho un favor, deberías agradecérmelo.
El tono de su voz pareció casi burlón, haciendo que un estremecimiento recorriera toda la extensión de su espalda, agitando cada uno de sus nervios.
—No está en sus manos adivinar si yo o él deseamos vivir, incluso cuando todo esto pueda parecer un martirio. ¿No es usted el que debería arreglarlo todo? El emperador, el gran salvador, así le llaman sin saber la poca empatía que tiene por su gente. —Shirin parecía comenzar a quedarse sin voz, de un momento a otro, su garganta fue atacada por picazón, como si estuviera amenazando con cerrarse.
El emperador dio un paso más en frente y su mano la tomó de la mandíbula, fue veloz, demasiado, pero lo que le sorprendió no fue aquello, sino el ardiente toque de su piel contra la suya. Sentía que se derretiría, le quemaría y dolería.
—Hablas sin saber, no eres digna de conocer la verdad del ciclo de nuestras vidas haciéndome ver como el villano de una historia mal contada. —habló entre dientes, afianzando su agarre—. Pronto lo verás, pues no ha de ser nadie más que tú.
Al soltarla, el emperador continuó caminando, y Shirin quedó allí tiesa, ¿había algún sentido coherente en sus palabras? "No ha de ser nadie más que tú". Las preguntas que querían salir a flote quedaron sofocadas, pues una nueva interrupción la sorprendió.
—Siga usted al emperador. —ordenó uno de los soldados, su tono era amenazante, no parecía ser aquello una opción.
Revelarse contra algún guardia real podía ser tan perjudicial como hablar públicamente sobre las decisiones del reino; en el mejor de los casos salías con vida. Por esa misma razón, no se resistió y caminó insegura de su propia elección, incluso cuando algunos de los presentes intentaban llamar su atención para disuadirla. Acababa de refutar la palabra del emperador, el pronóstico no parecía prometedor.
¿Podía el orgullo ser más que la razón?
Su expresión cambió drásticamente al ver que el emperador se dirigía hacia la cabaña en la que residía. ¿Era coincidencia? ¿Cómo sabía que vivía allí? De todas las preguntas que podría estarse formulando ahora, la más angustiante era velar por el bienestar de Leila, pues por mucho que se negase, el emperador Kaveh era un hombre vil.
Comenzó a caminar más de prisa, ignorando las voces agitadas de los guardias que intentaban detenerla. El emperador estaba en la puerta, su mano tomó el pomo de madera y Shirin corrió. Temía que, por enseñarle una lección, hiciera algo que le destrozaría el corazón. ¿Y si incendiaba la casa con Leila dentro? Así como hizo con el hombre hace unos instantes, sin remordimiento alguno.
Todo lo que ella apreciaba se le podía ser quitado con un chasquido de sus dedos, estaba atemorizada, sus piernas se sentían entumecidas.
—¡Detente! —pidió desesperada.
Había llegado a la cabaña y, apresurada, se acercó hasta que su mano se posó sobre la de Kaveh para evitar que girara. El toque de sus pieles había ardido; se sentía similar a colocar las manos en una fogata, solo que en lugar de detenerte, las metías dentro.
Kaveh había bajado su mirada para verla, parecía que en sus ojos podrían haber respuestas a preguntas que nunca se ha formulado con anterioridad, pues su ceño fruncido se disipó y el agarre en el pomo de la puerta se suavizó. Los guardias de inmediato subieron sus arcos, dispuestos a disparar sus flechas de no ser porque el emperador subió su mano libre para hacerles detener con un simple gesto.
—Por favor, te lo ruego, no le hagas daño. —pidió sin apartarse, afianzándose al único rayo de esperanza que bañaba una falsa compasión.
El emperador soltó el pomo de la puerta y con otro simple movimiento de su mano ordenó a los soldados que se retiraran.
—Muy bien, ábrela tú misma.
Shirin pareció confundida con el cambio repentino de actitud, parecía que Kaveh quería demostrar algo, ¿pero el qué? Al girar su mirada se percató de que el pomo estaba desgastado, el toque del emperador había calentado la madera y sin embargo, cuando sus pieles se tocaron, no hubo rechazo.
La puerta se abrió del otro lado, Leila no dijo ni una sola palabra, en su lugar se hizo a un lado para dejar a ambos pasar.
—He de imaginar que no le has contado nada, ¿pensaste que podrías moverte a un lugar remoto sin ser encontrada? —cuestionó Kaveh al entrar, se mostraba familiar y la confusión de Shirin no hacía más que crecer.
—¿Contar qué? —preguntó volviéndose a Leila que seguía con la mirada ida.
—Sabe la historia de las naciones, eso es todo. Deseaba castigar tu orgullo, hacerte ver que sin ella no podrías seguir gobernando y aquí estás.
—Así es, aquí estoy, buscando a la última heredera de la nación del hielo, y la he encontrado, pero me parece a mí que esta es la primera vez que se le dice la verdad. —Señaló el emperador al ver como Shirin perdía todo color en su rostro.
Siempre había sido una mujer que destacaba, en todas las facetas ella siempre había sido única, hermosa, sana e incomprendida. Sin embargo, jamás dudó en que la razón por su honrada vida había florecido de una verdad escondida.
Leila se sentó buscando un factor que podría distraerla de sus propias palabras.
—Cuando los imperios cayeron, tu madre, la emperatriz de la región del sur me suplicó que cuidara de ti, que te llevara lejos pues eran conscientes de que el emperador de fuego jamás se detendría hasta erradicarlos a todos. Tu madre aseguró que algún día acabarías por ser la única salvación de la tierra. Deseé que jamás te encontraran, por ello te privé de estos conocimientos... —contó Leila dolida, cada palabra le pesaba.
Shirin no parecía estar procesando la información, el aire comenzaba a asfixiarle y la cabeza amenazaba con llenarla de sentimientos no explorados, así como el desasosiego y el engaño.
—¿Sabías que él... vendría?
—Sí, tu destino siempre ha estado con él.
—Leila no sabe cómo cuidar de ti debidamente. —intervino Kaveh—. Eres un envase lleno de unas habilidades jamás usadas, podrías explotar en cualquier momento, harías daño a todos los que te rodean. Desconoces la historia de la profecía, de tu deber, de tu familia.
Shirin de pronto sintió como si toda su vida había estado colgando de una cuerda, había caminado sobre ella con sus ojos cerrados, confiada de que jamás se torcería y ahora, la cuerda se rompió bajo sus pies, haciéndole caer en un vacío que no tenía ni principio ni fin.
Sin palabra alguna la joven buscó la salida y estrepitosamente salió, corriendo a una dirección no dictada. ¿A dónde pretendía dirigirse? Lejos, lo suficiente como para que los pensamientos volaran junto con el aire que azotaba su rostro desvergonzado, enrojeciendo su piel y congelando las lágrimas.
Leila intentó salir tras ella preocupada, pero se detuvo en seco cuando el emperador fue el que se dirigió a la puerta.
—No debes preocuparte más, iré a por ella y te prometo que no sufrirá.
—No puedes prometerme cosas que no puedes cumplir. —contraatacó nerviosa.
—Es por eso que nunca hago promesas a menos que esté seguro. —Kaveh la observó por encima de su hombro—. La heredera estará a salvo conmigo.