Capítulo 1

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A/N: el tema del día puede no estar en el primer capítulo que suba, ¡sino en el segundo! El de hoy, 30/09, es "Fuiste mi estrella fugaz". Está un poco cambiado, ya que en el temario aparecía como "Eres" y no como "Fuiste", pero creo que la intención se mantuvo.

Marzo de 1270

Kazuto era un niño quedo. Solía andar solo entre las casas de la villa alrededor de la morada del Señor de la Isla. Era sobrino de un pescador y una tejedora, que tenían una hija, su prima, una chica que él no era capaz de entender. Sus verdaderos padres, es decir, la hermana de su tía y su marido, habían muerto vaya uno a saber cómo, nunca se lo dijeron.

Y se sentía totalmente ajeno a esa gente. Por eso deambulaba por su cuenta.

Muy ocasionalmente jugaba con otros de su edad, pero usualmente se iba a las afueras y se quedaba mirando al castillo que gobernaba la isla desde el norte de la prefectura de Toyotama. Quería ir allí. Subir hasta la punta y ver el archipiélago y la Gran Isla a lo lejos. Creía que se vería, al menos.

Era su forma de pasar el tiempo, imaginar las cosas que nunca podría ver.

Otro lugar que se moría por conocer era el supuesto "continente" hacia el noroeste, muchísimas veces más grande que el lugar que habitaba, el cual podía recorrer todo en unos días. Con sus escasos trece años, lo conocía entero.

Sentado bajo un gran árbol, en el más absoluto silencio, roto únicamente por las aves y el rumor de las hojas cuando el viento se movía entre ellas, un día había visto algo muy inusual. Había caminado un rato en dirección al castillo y, cansado, se había echado a descansar. Poco después, mientras disfrutaba de su agua, había tenido el privilegio de ver al Señor Feudal y a su hija, una niña, de aproximadamente su edad, de cabello entre castaño y rojizo, largo, de una belleza que, aunque era muy chico, estuvo seguro de que nadie más en el mundo entero tenía, sin importar qué tan grande fuera.

Aquel día volvió corriendo a su casa a contar lo que había visto, y su padre lo arrastró a lomo de caballo a visitar al Señor de la Isla (jito) la mañana siguiente, rogándole que disculpe el descaro de su hijo por no haberse arrodillado en su presencia.

El jito, consciente de la soledad que sufría su hija simplemente por ser quien era, creyó que Kazuto, con su desvergonzada actitud, aunque punible, podía ser un buen amigo para ella. No tendría miedo de dejarse ver a su alrededor.

Minetaka, su tío, no se atrevió a llevarle la contra al gobernante de Tsushima, y le dijo a su sobrino que, de aquí en más, tenía la obligación de visitarlos todos los días por unas horas, a fin de acompañar a la niña.

Para él, sin embargo, no era más que el medio para un fin: subirse a la cima del castillo.

Así que, a partir de ese día, mucho para el disgusto de la esposa del jito, el jovencito comenzó a ir cada día de visita. Al principio, la chica lo evitaba, no sabiendo cómo acercarse. Nunca había podido establecer contacto con nadie antes, y cada intento había acabado con ella siendo ignorada o temida.

Le causaba una inmensa curiosidad la actitud libre de preocupaciones que manejaba su supuesto "amigo". Llegaba, saludaba a quien debiera, paseaban un poco por los límites del castillo, y enseguida le preguntaba si podían subir a lo alto. Parecía tener una obsesión con eso.

Sin embargo, conforme pasaban los días, empezó a saber cómo abordarlo. Si estaban fuera de la vista de otra persona, el chico se relajaba visiblemente, yendo tan lejos como hablarle sin florituras, como a alguien de su nivel.

Primero lo sintió como una falta de respeto, pero no tardó en recordar cómo su padre le hablaba acerca de que ellos, los que tenían poder, debían proteger a los que no lo tenían. Intentar ayudarles. Cómo castigarlos era la última de las medidas a tomar y se debía tratar de evitar.

Los regalos del uno al otroDes histoires addictives. Découvrez maintenant