—¡Hyori, levántate! ¡Llegarás tarde a tu clase de apoyo! —gritó mi madre desde la cocina y yo me apresuré a levantarme y guardar los útiles.
—¡Ya voy!
Toda mi vida me dediqué a ser un ejemplo; aplicada, inteligente, correcta, amable, discreta y oportuna.
Siempre fui amante de las matemáticas y la música, pero dedicarme a la segunda era más como un sueño frustrado para mí, ya que aquello no cumplía con los requisitos para que yo pudiera seguir siendo el "ejemplo de la familia."
Mis padres me habían repetido tantas veces las típicas frases como: "vas a morir de hambre si te dedicas a la música", "eso es sólo para un hobbie", que en parte lo terminé creyendo y aceptando.
Claro está que por parte de mis padres no aprendí nada de mi "hobbie". Jamás me llevaron a una academia a que aprendiera, así que todo lo que sabía, se lo debía a tutoriales de YouTube.
Es por eso que me enfoqué casi un ciento diez por ciento a ser en extremo aplicada en mis estudios, para que de esa forma mi familia no se interpusiera con mi vocación.
No es que no amara las matemáticas, de hecho lo hacía, y mucho, pero la música era algo especial.
Traté de ser la mejor en mis clases, y la verdad es que no se me hizo nada difícil (quizás porque mis compañeros no eran inteligentes ni capaces).
Cuando sacaba las notas más altas, mis padres no me molestaban, y de esa manera podía estar tranquila tocando la guitarra y componiendo algunas canciones.
En mi vida tampoco fue muy importante tener una relación, y es que en realidad nadie me parecía interesante.
Un requisito fundamental para mí, era que el hombre debía tener cerebro y sentido común y, desgraciadamente, ninguno de los chicos que conocía tenían algún rastro de ello. O si tenían un vestigio de razonamiento o lo aparentaban, era entre las piernas, en la pelvis... ustedes entienden.
Así que, en resumen, cuando cumplí diecisiete años tenía ya toda mi vida planeada. Qué estudiar, dónde y en cuánto tiempo terminaría la carrera para después trabajar. Calculé que en cuatro años me recibiría y que a partir de ahí comenzaría mi verdadero sueño de ser una exitosa compositora y productora de música.
Dentro de mi plan, una de las cláusulas era ser la mejor de mi clase en todo, por lo que ya mencioné anteriormente.
Y todo iba perfecto y acorde al plan, de no haber sido por ALGUIEN.
Para mi mala suerte, todos mis planes se derrumbaron una vez que ingresé a la Universidad.
Allí había un engendro que me opacaba, y con el orgullo herido podría decir que demasiado.
Por diez míseros puntos de diferencia de coeficiente intelectual, había alguien en la facultad de Matemáticas que me dejaba en el segundo puesto en todo lo que hacía: el detestable y creído Kim Namjoon.
El señorito Kim Namjoon, con un coeficiente intelectual de ciento cuarenta y ocho, de los más estudiosos e inteligentes de la universidad entera, alto, apuesto (según todos), simpático y amado por todos los profesores, era quien me hacía sentir y ver poca cosa.
Por eso y más, automáticamente comencé a odiarlo. Él era mi único y máximo obstáculo para lograr mi cometido, que era ser la mejor en todo, y me enfermaba cada vez que él se destacaba más que yo.
Por ejemplo, con toda mi energía daba lo mejor de mí para terminar primera un examen, pero cuando yo iba por el penúltimo punto, Kim Namjoon ya había entregado cinco minutos atrás.
Maldito engreído. Balbuceaba apretando el bolígrafo con mi puño.
En realidad, era una competencia silenciosa. Es decir, era sólo yo contra él, porque estaba segura de que él no competía conmigo, y eso obviamente hacía que yo le tuviera más odio del que ya le tenía.
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Reflection
FanfictionSeol Hyori siempre fue la mejor y la primera en todo, hasta que, desgraciadamente, por tan sólo diez puntos de diferencia en el coeficiente intelectual, llegua alguien que la desplaza inmediatamente al segundo lugar. Y ya que ella no puede permitir...
