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Prologo

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Ella estaba en el piso de arriba limpiando el último de los 3 cuartos de huéspedes cuando escucho el crujido de las ruedas de un vehículo en la rampa de grava al frente. Se sorprendió. Comenzaba la tarde de un domingo. Los huéspedes del fin de semana de la pensión se habían marchado hacía rato y aún era muy temprano para que arribaran los nuevos. No es que esperada a nadie, pues no tenía reservaciones. Con la proximidad de la temporada de tormentas cerca de la costa, casi nadie vendría a la ciudad. El descanso era bienvenido; aquellas últimas semanas la habían atareado a más no poder, a tal punto que siempre a la hora de dormir caía totalmente exhausta sobre su cama, debía admitir que le agradaba que las cosas se tranquilizaran por un tiempo.

Por el pasillo del techo bajo de las escaleras se apresuró hacia el cuarto de huéspedes con vista a la rampa y se asomó por la ventana. Era un día agradable a pesar del calor que se cernía sobre la ciudad puesto que la briza del mar refrescaba el ambiente; la luz del sol que entraba por la ventana la deslumbraba un poco, sin embargo, esto no le impido distinguir como frente a su posada se había estacionado una camioneta algo oxidada de color rojo de la cual, alguien cubierto con una capucha color crema se bajó de esta. El vehículo rápidamente emprendió la marcha dejando tras de sí un camino de polvo y al enigmático encapuchado.

Ella tomo las sabanas sucias que había apilado en el pasillo, contenta de haber ya hecho la limpieza de las habitaciones, descendió de las escaleras, dejo las sabanas sobre la vieja mesa de pino en medio de su enorme y cálida cocina y se apresuró al pasillo del frente. Escucho el sonido de la puerta de la posada abrirse y vio entrar a un erizo de un pelaje aparentemente color blanco que trataba de ocultar su rostro mirando hacia el piso.

—Por Dios, ¿Es que acaso no siente calor con esa cosa encima?— le cuestiona la gata en un tono casi de regaño pero sin dejar de trasmitirle una cierta alegría—.

El albino miro hacia otro lado, manoteando el polvo que había cubierto sus hombros. Volteo a ver de reojo a la gata y tras haber dado un suspiro hondo se retiró su capucha dejando al descubierto su rostro.

Blaze quedo paralizada ante los ojos dorados del erizo, quien trasformo su demacrado rostro por la cicatriz que llevaba con una sonrisa y hablo con una voz que ella no creía que volvería a escuchar:

—Feliz Cumpleaños, Blaze.

Ella se llevó la mano derecha a la boca, se tambaleo hacia la puerta, palpando con la mano izquierda la pared. Al alcanzarla, tomo el brazo del viejo sillón que mantenía ahí para que los huéspedes pudieran descansar o quitarse sus botas, se dejó caer sobre él y cerró los ojos mientras lagrimas recorrían sus mejillas. 

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⏰ Última actualización: Sep 07, 2019 ⏰

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Un Largo Camino a Casa (Silvaze)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora