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—¿Listo para empezar otro semestre en la universidad? —preguntó Jimin, deslizándose con una ligereza casi imperceptible en la habitación. La habitación , pintada de un tono beige apagado, parecía absorber la poca luz que se colaba por la ventana, pero los ojos de Jimin estaban fijos en la figura que, frente a un espejo empañado, peinaba su cabello. El tono azul de su pelo era casi idéntico al inmenso mar en un día despejado.

Taehyung titubeó, mordiendo su labio inferior. El gesto, casi imperceptible, revelaba una indecisión que contrastaba con la firmeza de sus dedos al manejar el peine. Un hilo de luz se coló por la ventana, resaltando el contorno de su silueta contra el suave fondo.

—¿Me creerías si te digo que sí?

Jimin soltó una carcajada divertida, un sonido claro que llenó el pequeño espacio, resonando contra las paredes. Negó con la cabeza, una sonrisa de suficiencia dibujada en sus labios.

—Sabes que no te creo nada.

Taehyung se puso de pie, sus movimientos pausados y delicados. Descolgó su mochila del estante junto al escritorio. Se acercó al más bajo, su sombra alta envolviendo a Jimin por un instante, y le dedicó una suave sonrisa reconfortante.

—Sabes, Taehyung, viendo tu rostro, tan celestial tan... irreal, me parece increíble que aún no te hayas enamorado y, sobre todo, que no hayas follado. Es casi una anomalía cuando ya vas en  universidad.

Taehyung hizo una marcada mueca de asco, sus labios se apretaron en una línea fina y sus fosas nasales se ensancharon con desagrado, como si el olor de un queso oloroso llegase a su sensible nariz. Empujó con fuerza al castaño, un empujón que llevaba más hartazgo que verdadera intención de daño.

—¡Jimin! —gruñó, su voz profunda y cargada de una exasperación familiar—. ¿Por qué siempre piensas solo usando el culo? ¡Nadie muere por no haber tenido relaciones sexuales a los veintidós años! No soy la primera ni la última persona en este mundo que piensa que eso no es vital para existir.

—Déjame dudarlo —el castaño hizo el amago de pensar, frotándose la barbilla con teatralidad, como si meditara las palabras de su ofendido amigo—. Sabes, si no eres la única persona en este mundo, al menos fuera de las monjas y los sacerdotes, eres el más virgen en toda la República Coreana. ¡Y no, no me vuelvas a ver así, Dios, Taehyung!

—Ya cállate —Taehyung rodó los ojos, una mezcla de fastidio y cariño evidente en el gesto, y salió de su pequeño departamento, sintiendo el frío de la mañana colarse por la puerta abierta—. No tengo tiempo para tus idioteces, Jimin. Te adoro, pero a veces eres insoportable.

Ambos jóvenes tiritaron al repentino cambio de temperatura. El aire frío les golpeó el rostro con una ráfaga helada. Era invierno, y las calles estaban cubiertas por un manto blanco de nieve fresca, apenas puesta por el cielo la noche anterior. La nieve crujía suavemente bajo sus zapatos con cada paso.

—¡Vamos! Si nos damos prisa, lograremos comprarnos té con panecillos para desayunar —sonrió el castaño, extendiendo su mano y entrelazando sus dedos con los de su amigo. Taehyung, en respuesta, le dedicó una preciosa sonrisa que iluminó su rostro, aunque sus ojitos se ocultaban tras esas largas y dobladas pestañas. Su aliento siendo visible al suspirar.

—Andando, Jimin.

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Jimin ingresó al salón de clases agotado, el peso del portátil en su mano, el cabello le caía sobre los ojos, pero no le importaba; llevaba esos panecillos que tanto amaban Taehyung y él, además de un latte para su colorido amigo.

❝Enseñame❞ KTHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora