Sólo Dios sabía qué hora sería entonces, y puede que también algún listillo que pudiera calcularla en base a la posición de la luna, alta en la madrugada pero no brillante; quizá algún afortunado al que no se le hubiera roto el reloj a esas alturas, que no eran muchos. Klaus no pertenecía a ninguno de esos grupos. La tropa, por una vez en semanas, podía descansar alejada de la primera línea de fuego de la guerra, apartados y escondidos a la espera de nuevas órdenes. Los hombres se pudieron dar el lujo de incluso roncar aprovechando el tiempo que les pudiera quedar en esas tiendas diminutas en las que, de algún modo, podían entrar diez soldados. Aún así, aunque la noche cálida era capaz de calmar a todas aquellas bestias siempre estaba esa oveja negra incapaz de seguir al rebaño. En la esquina más oscura de la tienda un saco en el suelo envolvía de muy mala manera a un sudoroso Hargreeves, que lejos de poder dormir plácidamente encontraba ojos vacíos a su alrededor, mirase donde mirase. Ojos vacíos de personas que dejaron este mundo hacía años, meses, días, horas. Ojos de ancianas, soldados, niños, todo un grupo de desconocidos acercando sus fríos dedos de manos muertas a su rostro sin alcanzar a tocarlo, hablando en un idioma que no puede comprender, lanzando alaridos que congelarían el corazón de la persona más valiente. Y probablemente él mismo era la persona más cobarde que había conocido jamás. Temblando y tratando de hacer el menor ruido posible, les susurraba con voz rota que se alejaran de él, que le dejasen en paz, totalmente asustado de la oscuridad como si volviera a tener diez años. Recuerdos de su propio padre encerrándole sin escapatoria, obligado a sentir el terror de lo desconocido, desprotegido, emergían en su cabeza durante unos segundos, antes de que un nuevo espíritu se le aparezca tras la nuca suplicándole cosas imposibles para él de comprender.
Klaus llevaba demasiado tiempo inhibiendo su poder, malviviendo pero sobreviviendo, no era tan malo después de todo si lo comparaba al insoportable sufrimiento que estaba viviendo en esos momentos y en los venideros, que además de provocarle un terror indescriptible se le une el mono de las drogas y el alcohol que no puede tomar, la abstinencia que le impulsa a arañarse los brazos de forma sistemática, sabiendo que si llega a sufrir un ataque muy grave podría dejarse la carne viva únicamente con las uñas. Y aún así lo peor siempre serán las almas que entran en su cabeza como un puente abierto entre el mundo de los vivos y los muertos; un puente humano incapaz de impedir cómo poco a poco se le va la olla, incapaz de frenarlo, inútil con poderes e inútil sin poderes.
Una de esas manos que trataban de alcanzarle finalmente lo consiguió, agarrándole del hombro y haciéndole entrar en pánico. Nunca antes le habían tocado y su corazón martilleaba contra su pecho tan fuerte que sintió que iba a unirse a ese grupo de muertos muy pronto.
—¿Klaus?
El moreno casi dio un brinco girándose hacia la voz lleno pavor, con el grito cerrado en la garganta y la pregunta flotando en su cabeza: "¿cómo sabes mi nombre?". Con los ojos abiertos de par en par y la respiración entrecortada miró directamente a ese rostro tan conocido, que le devolvía la mirada directamente a las pupilas, anchas y dilatadas por la oscuridad que les rodeaba.
—Da... Dave... —pronunció aquel nombre en el gimoteo de alguien que lleva sufriendo demasiado tiempo. Se produjo un silencio entre ambos mientras Klaus asumía el calor de la mano del contrario, muy diferente a la de un cadáver, y a su mirada compasiva pero cariñosa.
Finalmente Klaus agachó la mirada y Dave se puso a su altura, sentándose a su lado y dándose así por invitado para acompañarle esa noche. Poco a poco el más delgado fue cayendo directo al pecho del contrario, y en él escondió su rostro agarrándose a la fina y la que una vez fue blanca camiseta que llevaba puesta, idéntica a la que portaban el resto de soldados y él mismo.
—No puedo... Dave no puedo huir... Me persiguen... No me dejan en paz... Cada vez son más y yo... —un siseo suave le mandó callar e, increíblemente, calló, lo cual era todo un logro considerando de quién se trataba. No se había dado cuenta hasta ese momento pero aquel hombre le había rodeado con sus brazos y le acariciaba, al tiempo que le invitaba a tumbarse sobre el arrugado saco de dormir, que más bien parecía un arbusto largo y lleno de barro.
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