P r ó l o g o

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Dolía.

Y tanto que dolía, como mil demonios.

Me quemaba todo el cuerpo, cada milímetro de mi pobre piel escocía como si no hubiera un mañana. Los párpados me pesaban tanto que casi me resultaba imposible mantener los ojos abiertos, solo podía ver entre mis pestañas las siluetas de aquellos depravados y repulsivos hombres mayoritariamente de tercera edad que me miraban con lujuria y malas intenciones. Doblé las falanges de mis pies, sintiendo como el mugriento suelo de aquel repugnante lugar rozaba con mis uñas, provocándome un terrible escalofrío que recorrió mi espina dorsal desde la primera hasta la última vértebra. Un estruendo ensordecedor que conocía demasiado bien hizo que mi cuerpo comenzara a temblar, mis dientes incluso chocaban unos contra otros. Estaba aterrado, la pesadilla se volvía a repetir una y otra vez.

El simple sonido que provocaba la hebilla metálica de aquel cinturón de cuero marrón chocolate contra los desgastados barrotes de hierro hacía que mi débil cuerpo se estremeciese, con nada más que miedo en cada célula que me componía. Enterré la cabeza entre mis piernas, tapándome los oídos con ambas manos haciendo la máxima presión posible en éstos, intentando contener las lágrimas una vez más. Mi respiración se agitaba más y más a cada segundo, mi pulso estaba al borde de causar un terremoto y mis ojos no aguantaban más las lágrimas. El estallido de mi llanto fue el contacto de la mano del hombre causante de todas mis pesadillas en las últimas tres noches; tres noches en las que no deseaba otra cosa que no fuera la muerte cada mísero minuto de la existencia humana. Sus huesudos y largos dedos agarraron mi antebrazo, rodeándolo por completo. 

 —Vamos, niño —dijo entre risas— . Ha llegado tu momento de gloria de nuevo. ¡Esta es tu grán noche, lo presiento!—escupió, literalmente. Su asquerosa saliva roció mi pobre camisa plisada de seda blanca, hecha trizas ahora. Una arcada se apoderó de mí, expulsando la poca comida que había ingerido durante mi cautiverio en un solo instante sobre los zapatos que tan pulcros estaban siempre de aquel hombre, provocando una mueca de asco en su rostro— ¡¡Qué puto asco!!— soltó mi brazo acompañado de un fuerte empujón, haciendo que mi cuerpo chocase contra la pared más cercana a mí— ¡¿Es que no tienes un mínimo de respeto, niñato?! ¡Ya puedes hacer que den hoy una buena fortuna por ti o yo mismo me encargaré de que tu último grito sea rogando que acaben con su sufrimiento, estúpido! 

El hombre se volvió a acercar tras sacudir sus pies, quitando parte de la vomitona. Volvió a agarrar mi brazo incluso más fuerte que antes, dando un tirón y levantando mi cuerpo de un solo movimiento. Tratando de mantener la consciencia, comencé a contar del uno al diez repetidas veces, intentando recordar cuántas repeticiones había hecho para no perder la cordura. Arrastraba los pies hasta una sala rodeada de asientos ocupados por nobles vestidos de gala, con sus mejores trajes y vestidos. Todos llevaban una máscara negra que cubría desde el puente de la nariz hasta el entrecejo, con una pluma roja pegada en la parte superior izquierda, justo junto al ojo. Como siempre, me dirigieron a una mesa cubierta de tapiz de color vino, rodeado por unas cadenas que se ajustaban a mis muñecas y tobillos para sujetarme y que no intentara huir como había hecho anteriormente. Me pusieron también una mordaza, que más bien parecía un bozal.

—Parece que has aprendido a portarte bien, señorito —dijo el hombre que me estaba poniendo la mordaza, la cual tenía pequeñas gotas de sangre— . La última vez casi me dislocas la nariz de una patada, ¡no sabes lo cachondo que me puso eso! —gritó, intentando unir ambos extremos de la tela para atarla. Tragué saliva, provocando que mi garganta sufriese un quemazón tan intenso como una fogata en medio de la noche. Sin dudarlo más, hinqué mis dientes con toda la fuerza que me quedaba sobre el dedo índice del sucio hombre que me estaba atando la mordaza— ¡¡Suéltame, maldito perro!!

Un golpe seco en el estómago hizo que abriera la boca inmediátamente, dejando a la vista la aquella falange a medio arrancar. Mi boca adquirió un sabor a sangre que me repugnaba, pero no más que toda la gente de ese lugar. 

Butler. [DO Kyungsoo, Park Chanyeol | Chansoo]Stories to obsess over. Discover now