Extraños

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Llevamos ya cinco años en esta casa de campo, me queda un mes para cumplir 14 años. Al año de mudarnos desde la ciudad hasta aquí, mi madre, Grace, se echó un novio, Denver. Es un hombre bastante agradable y ya hemos cogido confianza.

A los dos años de ya conocerse, llegó a la casa la pequeña Eira, mi hermanastra, que hace una semana cumplió ya un añito. Ahora mismo estoy usando una batidora para hacerle un potito.

Ya he dejado a Eira en la cuna para que se eche la siesta de todas las tardes y me dirijo a mi cuarto. Me siento en el poyete de la ventana y paseo la mirada por los alrededores.

Visualizo a Mr. Underwood, el anciano vecino. Está recogiendo fresas para su mermelada que, por cierto, he probado un par de veces y está deliciosa. De repente, un coche aparece de los límites de mi vista y aparca al lado de la casa de Mr. Underwood.

Lleva una capucha marrón que no me permite ver el rostro, pero no me preocupo, -aunque parece un brujo de película-ya que a Mr. Underwood siempre le visita gente extraña. Eso hace que me pique la curiosidad, la verdad, y durante estos cinco años que llevo con él, no he descubierto la razón de tantas raras visitas.

***

Después de tanto tiempo distraída, escucho la fuerte voz de mi madre llamándonos para cenar a mis hermanos y a mí. Bajo lo más rápido que puedo, y me llega un maravilloso olor a caldo de carne. Mmm...

Me asomo a la cocina y veo a todos sentados menos a Thomas, mi hermano mellizo, que se asoma dos segundos después detrás mía. Va en calcetines, y como es invierno, empieza a estornudar. Le tapo la boca enfadada, ya que me ha hechado todas las babas al cuello. Nos sentamos a cenar.

—Como siempre, buenísimo mamá.—dice Jess, mi otro hermano, de siete años. Sé que le está haciendo la pelota a mi madre, ha suspendido el examen de Matemáticas y quiere suavizar el golpe con cumplidos.

Le entiendo, a mi madre, cuando le contamos algo malo, es el demonio reencarnado, una mujer fuerte y de sentimientos fríos como el hielo, hay que andar con cuidado. Pero mamá también es una persona dulce, cuando te da un abrazo, es imposible soltarse aunque ella quiera.

—Gracias, Jess—le contesta.

Yo devoro el plato de caldo y lo llevo a el fregadero, hasta que...

—Chicos, vuestra madre y yo tenemos que contaros una cosa.—dice Denver.

—Claro—digo confusa.

—Sabemos que vuestra vida ha dado un pequeño giro al llegar yo aquí, y ya creo que es hora de que nos mudemos.—

—¿¡Quéeeee, mudarnos, otra vez!?— contesta Thomas mientras su cuchara cae al suelo.

—Como lo oyes, Tom.—le dice mi madre.

—Pero...¿y eso?

—A ver, sabéis que yo necesito un trabajo nuevo, Denv también, y hemos pensado que en la ciudad habrá más oportunidades de trabajo, aparte de que para vosotros será una nueva experiencia bastante agradable e interesante.

—Ni hablar, ¿dejar a mis amigos, la escuela del pueblo, está casa?

—Sí, Thomas, tus amigos, el colegio, la casa...pero tranquilo, tendrás nuevos compañeros en Chicago.

—¿¡CHICAGO!?—digo yo, se me cae el alma a los pies.

—Sí, Lyd, es una ciudad más grande. En Nebraska ya apenas quedan casas que escoger adaptadas a nuestra familia.— me dice Denver.

Ai, ai, ai. No puedo.

—Tranquila, cariño, alquilaremos esta casa, así ganaremos más dinero y las vacaciones las pasaremos aquí para visitar a tus amigos.— contesta mamá.

—Vale, pero, ¿no habéis encontrado casa todavía?—les pregunto.

—No, Lydia, así que más o menos tenéis un mes para despediros de todos, encontraremos una casa y te  inscribiremos en la escuela de Chicago junto a Jess y Thomas.— aclara mamá.

—De acuerdo...— le sonrío. Me da un abrazo, y se me van a salir los ojos del achuchón.

—Ahora, a dormir, que es casi medianoche —me suelta.

—¡Oh, venga ya! Mamá porfavoooor.—decimos Thomas y yo a la vez.

Me susurra que Thomas y yo podemos ver una película, no quiere que Jess se entere vaya a querer él también. Subimos y, a los cinco minutos, Thomas y yo bajamos a hurtadillas hasta el salón para ver la película. Cuando acaba, nos vamos arriba, cada uno a su cuarto y a dormir.

***


Despierto, es sábado, el mejor día de la semana, por eso para aprovecharlo me levanto a las seis de la mañana. Salgo afuera, con el camisón blanco de encaje revoloteando por mi cintura a causa del viento. Está nublado.

Voy descalza, pero aún así, me voy acercando al bosque para despertar mis sentidos. Me tambaleo, porque todavía sigo cansada y empiezo a adentrarme en el bosque de altos y oscuros pinos . De repente, oigo un ruido, viene de la dirección contraria a mi casa.

Me alejo corriendo y vuelvo a mi casa, entro en la cocina y me pongo a pelar una mazorca de maíz para dársela a las gallinas.

Me meto en el corral y empiezo a rociar a las gallinas con el maíz. Más tarde recojo los huevos que han dejado y con ellos me pongo a hacer tortitas, así le ahorro un poco el trabajo a Denv y mi madre.

Cuando dejo en reposo la masa, me pongo a leer. Luego, llegan Jess y mamá, que se ponen a hacer las tortitas.

Espero a que Thomas se eche el sirope en las tortitas. Me lo pasa y se lo hecho a las mías, me siento feliz porque, la verdad, amo comer.

Nos dirigimos todos al porche de fuera. Mamá se sienta en la mecedora a leer, Denver le acompaña.

—¡Vamos a jugar al escondite!—grita Jess, con Eira en brazos.

—¡Buena idea Jess!—contesta Thomas.

—Pillo yo con Eira.— dice, se da la vuelta y apoyado en la pared empieza a contar.

Thomas se esconde debajo de la mesilla del porche y yo, detrás de la casa. Allí, veo a Mr. Underwood acercándose a el bosque, con el cortacésped.

— Noventa y nueve, cien...¡Ya!—se oye a lo lejos. Más tarde, Jess se asoma  por mi lado y...—¡te pillé!

Salgo corriendo, pero el dedito de Eira me alcanza, estoy pillada. Mi pequeño hermano se ríe.

Al terminar de contar, pillo a Thomas, le toca a él contar. Me escondo en el mismo sitio y ahora, veo a Mr. Underwood meterse dentro del bosque.

Entro un momento por la parte de atrás a la cocina sin que nadie me vea y cojo el cuchillo más grande que hay, porque, aunque me pille lejos, voy a entrar en bosque para intentar seguirlo. El cuchillo es por si me encuentro algún animal que pueda herirme.

Mr. UnderwoodStories to obsess over. Discover now