1. Jealous

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Otra vez sentía que su ceño se rompería por lo fruncido que estaba. Pero, ¿quién lo culparía? Claramente es culpa del estúpido detective consultor que le sonreía demasiado al DI Greg Lestrade.

Y sabía porqué.

Desde que empezaron a salir (porque sí, finalmente —luego de 3 jodidos años viviendo juntos— decidieron aceptar que se querían), John siempre había sido muy posesivo con SU detective. Sherlock incluso una vez, mientras tenían sexo caliente de reconciliación, admitió entre gemidos que le gustaba ver a John celoso.

Desde ahí, este tipo de escenas en las cuales Sherlock sonreía coqueto a los chicos de NSY eran más frecuentes.

Esa misma noche, luego de hacer el amor durante una hora, y mientras le hacía mimos a un Sherlock adormecido, John tuvo una epifanía.

"Este juego podemos jugarlo dos, Sherlock".

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Habían salido apresurados de su departamento en Baker Street. Luego de la escasez de casos durante casi dos semanas (en donde John tuvo que aguantar la incontinencia "deductiva" de Sherlock, llegando al límite de su paciencia en diferentes ocasiones), ese día había surgido un caso que, en la escala de Sherlock, representaba un 5 o 6. No era algo brillante, pero era mejor a no hacer nada.

Llegaron, y para la desgracia de Sherlock (y fortuna de John, pues justamente era lo que buscaba), Anderson era el forense a falta de otro médico disponible. El detective bufó a su lado.

Anderson estaba de rodillas junto el cuerpo inerte de un hombre rubio, y luego de hacer una mala cara cuando vio llegar a Sherlock, se levantó para darles el reporte.

—Preguntaría por tus hallazgos, pero preferiría no perder el tiempo— la indiferencia de Sherlock hizo reír burlón a Anderson.

—Para tu mala suerte, rarito, sí tengo información que podría ser vital— el aire triunfador se escuchaba en su voz, mientras se quitaba los blancos guantes de látex. Sherlock no pudo evitar fruncir el ceño —Aunque en un principio se ha dado la hipótesis de que fue un suicidio, en realidad fue obligado a tomar una droga: hay marcas de dedos en su mandíbula, alguien definitivamente lo forzó a tomar una pastilla. A juzgar por el tipo de rasguños que tiene, los de unas uñas largas, me atrevo a decir que fue una mujer.

John sonrió. Realmente agradecía que ese día Anderson no dijera cosas tan estúpidas como de costumbre, le ahorraría trabajo.

—¡Magnífico!— la voz de John sorprendió a ambos hombres, Anderson y Sherlock. El primero, adquirió un tono rosado en sus pómulos —Esta vez te has lucido, Anderson— guiñó el ojo.

Sherlock a su lado gruñó con enfado, para luego arrodillarse al lado del cuerpo,  mientras se colocaba un par de guantes.

Tocó por aquí y por allá; observó las áreas que debía revisar; incluso se dio el lujo de quitarle al cuerpo algunas prendas para mirarlas más a fondo. Sonrió altanero cuando se dio cuenta que en realidad ese caso era un triste 4 que bien podría haber resuelto desde casa.

—Has tenido suerte, Anderson,— explicó, volviendo a colocar el reloj en la muñeca del hombre —a pesar de que ha llevado un buen matrimonio, su esposa quería el dinero de la herencia que él recientemente había puesto a nombre de ella. Bastará con interrogar al hijo, John, él seguramente delate a su madre, y...— giró la cabeza, y para su sorpresa, todo este rato había hablado solo.

John y Anderson platicaban en un rincón alejado del cuerpo, entre risas. Y, podría reconocer esa sonrisa del doctor donde fuera: estaba coqueteando. Maldita sea, ¡lo dejó hablando solo, para ir a coquetear! Y lo peor de todo: ¡con el idiota de Anderson!

Se levantó hecho una furia (obviamente, sin demostrarlo) para ir y tomar a John de la muñeca con fuerza.

—John, nos vamos— miró fulminante al forense —Le dices a tu jefe que le mando la información por mensaje.

Y, jalando a John, se fueron  de ahí.

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Caminaron durante unos minutos, con John forcejeando y murmurando algunas maldiciones por la fuerza que estaba siendo aplicaba a su muñeca. Cuando llegaron a un callejón oscuro, Sherlock acorraló a SU doctor entre sus brazos.

—¿¡Por qué Anderson!?— le gritó al doctor. John lo observó en silencio. Oh Dios, sus ojos estaban rojizos y amenazaban con llorar, no esperaba llegar a este punto —¡Tú... tú me perteneces, quiero que toda tu atención sea sólo para mí!

Y tomándolo de la nuca, John comenzó un apasionado beso con Sherlock. Una mezcla de saliva que resbalaba por sus comisuras, deslizándose por sus barbillas, sus lenguas jugueteando frenéticamente entre sí, las manos del doctor en las caderas del azabache, atrayendo al detective más cerca de él para frotar sus cuerpos... y muchos sentimientos impregnados.

—Adoro... verte... celoso, Sherlock...— habló entre besos John —Tú... egoísta... malo, malo... muy mal chico... quieres todo... para tí.

—John...— Sherlock gimió en medio del beso —Eres sólo mío, John... no coquetees... con nadie... que no sea yo...— resistió las ganas de tomarlo ahí mismo, en un lugar público, a media tarde.

—Sherlock... te amo sólo a ti

—John... ¡Jawn! También... te amo...

Luego de una caliente sesión de besos húmedos, y teniendo ambos como consecuencia una dolorosa erección entre los pantalones, se dirigieron a su departamento para seguir donde lo habían dejado.

Johnlock Stories to obsess over. Discover now