Lucky Zing

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La delicada y blanquecina luz de la luna, con una calma mortuoria, se desplazaba por toda Transilvania, adentrándose con más confianza en el bosque de árboles muertos que circundaba al Hotel Transylvania. Tanto el pueblo como la zona alrededor al hotel estaban vueltas un pequeño caos, en el pueblo los humanos iban y venían sin cesar con enormes y pequeñas cajas envueltas en papel con motivos, y en el hotel, monstruos pululaban buscando a sus parejas u obsequios qué entregarles.

Siempre existían y existirán, por todos los siglos, hasta que el mundo terminase, tres tipos de humanos y monstruos. Los que ya tenían todo listo y disfrutaban la noche juntos, en calma, gozando de las comodidades varias del hotel que Drácula administraba. Los rezagados que en el transcurso del día habían organizado todo para mantener feliz al o la monstruo que estaban con ellos, siendo un grupo muchísimo más grande que el anterior. Y el tercero...

Los que no tenían idea de nada.

Y entre ellos, estaba Dennis, volando como si su vida dependiera de ello, en busca de algo qué obsequiarle a Winnie por el día de San Valentín.

El frío y reconfortante aire de la noche, helado como una navaja, le acariciaba las membranosas alas mientras se dejaba llevar por las corrientes de aire, tratando de llegar al pueblo. Se renegaba su idiotez y olvidadiza memoria para eventos especiales. En cierta forma podía perdonarse, porque esa era su primera festividad de ese tipo que de verdad tenía qué celebrar.

Siempre, durante su niñez y parte de su adolescencia, tal celebración le pareció absurda. ¿Por qué si una pareja sabía que se querían, tenían qué demostrárselo, cuando no había mayor muestra de afecto que seguir allí con ese monstruo? Era ilógico. Sumado a que el origen no era nada especial. Se lo hubo preguntado una vez a su abuelo, pero Drácula no pudo darle una respuesta exacta.

—Tiene que ver con algo de un cura por ahí en los años mil quinientos, Denisovich —le había dicho, enfocado en su papeleo. Hubo suspirado nostálgico—. Aquellos tiempos donde cazabas humanos sin que te cayeran encima los Derechos Humanos —refunfuñó—. Pregúntale a papá.

Inconforme, fue a preguntarle a su bisabuelo, quien no supo darle una respuesta mucho más exacta, sino que terminó explayándose a lo que era antes de dicha celebración.

—Eso son patrañas. —Vlad hizo una seña despectiva con su mano, repleta de aquellas zarpas. La piel azulada se le arrugó al fruncir el ceño—. ¡Oh, yo te diré qué era una buena festividad! Recuerdo que los romanos se azotaban con sangre de animal. ¡Eso sí era una celebración! Sobre todo porque quedaban de distintos sabores.

No obstante, tampoco era lo que quería oír, así que no le buscó una quinta pata al gato y no preguntó más. Aun así, a sus quince años, obtuvo la respuesta en un programa de televisión, donde mencionaban que el día se debía a un cura que casaba enamorados... y ya está. «¿Eso es todo?», pensó, desechando el tema para siempre.

Para su mala suerte, o buena, en realidad, no pudo olvidarlo. Ahora, con diecisiete años, estaba rogándole a la luna por encontrar algo lo suficientemente bonito, hermoso, o que expresara lo que sentía por Winnie, para aquella fecha. Si le hubieran dicho que se encontraría en esa situación justamente ahora, habría reído por una noche entera.

Sin embargo, ahí estaba. Y no le disgustaba, para nada. No podía decir exactamente cuándo terminó haciendo Zing con ella, y la verdad es que, en retrospectiva quizá siempre lo estuvo. Su madre y abuelo decían que el Zing es el alma gemela y si es así, es posible que desde el momento en que se nace ya se tenga un Zing, sólo faltaba encontrarlo.

No iba a negar que la relación de ambos, como simples amigos, se fortaleciera luego del ataque de Bela, volviéndose casi inseparables. Jugaban juntos, reían juntos, iban para cualquier lugar juntos, incluso si alguien molestaba a alguno de los dos, que por más nieto de Drácula que fuera siempre había un humano o monstruo molesto, lo reñían juntos. Y si tenían que separarse, no hacían sino pensar en cuándo se volverían a ver.

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