El Caníbal de la Mansión Wadlow

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I

Desde el tren, el señor Elliot Pemberton con movimientos tremulantes echó página al periódico con sus yemas surcadas de memorias carcomientes. Paseó la vista con sus opacos ojos hasta alertarse por un titular resaltado entre las pequeñas letras. Parecía que una muchacha burguesa, linaje aristócrata del pueblo, fue víctima de un homicidio sanguinario.

El hombre tragó saliva, acomodó su saco, y giró su cabeza hacia la sucia ventanilla del tren. Las pinceladas intensas de amarillo violeta y un naranja apasionado se armonizaban en la silueta de la arrebolada matutina que daban vida al paisaje de las calles bohemias con aire parisino de otoño. El alba abrazaba el rostro de Pemberton que lo reconfortaba con un tono cálido.

El pequeño éxtasis de Elliot concluyó cuando llegó a su destino, su ritual mañanero. Pensó que las calles no se veían tan lúgubres desde el tren mientras se embriagaba en sus pensamientos al ritmo de su caminata por el pueblo hasta entrar a su despacho.

–Buen día inspector– exclamó con vehemencia la señorita Lowell, secretaria de Pemberton.

Sonrió el hombre, dejando ver parte de su dentadura blanquecina que contrastaba con su rostro gastado.─ Buen día señorita Lowell.─ El hombre se sentó en su escritorio con la presteza que le permitió su edad. Empezó a jugar con dos lápices mientras se concentraba, fruncía el ceño, y se ayudaba aveces rozando su barba de chivo. Hasta que fue interrumpido por un rumor insistente del teléfono de la oficina.

–Diga– musitó con tono serio, como suele ser con sus clientes.

–¿Inspector Pemberton?– mencionó una voz femenina, algo desasosegada. El inspector afirmó la pregunta.– Necesitamos que venga, su ayuda es vital.

II

La escena era grotesca, la sala era inmensa, telarañas colgaban con elegancia. Habían tres escaleras, una principal, y las otras más angostas a cada lado, las columnas mastodónticas caían con sus finos detalles de oro, hasta palpar el alfombrado rojizo que disimuladaba el pantanal sangrado cual conducía al caído mortecido de una joven. Sus ojos cerrados insinuaban que estaba en pleno sueño. Su desnudez más que monumental era tétrica. Parecían que arañazos habían besado toda su piel, su tronco seducía con un desgarramiento espacioso, escaseaba de algunos dedos, y en sus extremidades se hacían notar como alguien saboreó el manjar de su carne.

El inspector Pemberton tosió en acto instintivo cuando el olor vomitivo que circundeaba al cadáver se entonó en su nariz. Esa, sin duda es la obra maestra de un monstruo.
El lóbrego cielo estrellado empezaba a descender y Elliot concluyó su estudio de la escena llamando a todos los consuetudinarios de la mansión. Acariciaba su chivo mientras deambulaba cercano a los sospechosos, en vista de que no había auspicio de una entrada forzosa.

III

La noche ya estaba fosca y el hombre seguía escudriñando el mutilado cuerpo de hielo. La señora Wadlow, ama de casa y madre soltera, (por lo menos horas antes lo era), se compadeció y como se hacía tarde invitó al inspector a cenar.
La mesa era larga y adornada con mesura, bañada en un exquisito terciopelo verde, la sillas estaban ubicadas con precisión. Al fondo una  dama, cuerpo esbelto, lo que le faltaba en atractivo lo complementaba con carisma, la señora Barbara Wadlow era espléndida, una mujer realizada que había salido adelante luego de que su marido falleciera. A la izquierda, un hombre de complexión delgada con una figura simpática y excéntrica, de cabellera escasa y canosa, un ridículo bigote inglés, que tapaba parte de la expresión sobria. Trajeado con un saco negro y un moño extravagante que hacía juego con su bigote. Era el mayordomo de la casa,  vio crecer a la víctima.

A la derecha una mujer masticaba su pollo de manera indelicada, de cuerpo robusto, algo ruda y ordinaria. Sus mechones marrones los amarraba, y formaba un peculiar rodete que la caracterizaba. Siempre se le veía malhumorada y ceñuda. No había venido a trabajar como mucama hasta hace poco.

IV

Se alzó una ruido ilegible, el personal alzaba su grito contra otro, la mujer estaba asustada, todos se culpaban, se escupían, se gritaban.
–¡Yo fui a comprar al mercado y vi a la señora Wadlow ir a su fiesta de té!– Exclamó con cólera e impetuosa la mucama señalando con el índice al mayordomo.

–Así como yo le dije a usted que me iría a tomar un aire, ¿Acaso no puedo dar un paseo? Yo jamás le vi salir de aquí. Yo no le tocaría un dedo a la niña a quien vi crecer– Manifestó el mayordomo con la finura y serenidad que no corresponde.

Una gota de sabor acerbo se deslizó con melancolía por los cachetes de la mucama. Pemberton luego de un sosiego desagradable, vociferó un "¡Basta!" Mientras pegó un manotazo a la mesa. Dio sorbo a su vino, tradición que lo apacigua y se retiró de la mesa. Discretamente subió la escalera principal, la zona familiar. Al llegar notó un pasillo, la primera puerta estaba cerrada, el inspector supuso que era la del difunto marido. La siguiente era de la viuda, al entrar su corazón hirvió cuando dislumbró en las alfombras la silueta pálida de un dedo y varias manchas de sangre. No había nada más fuera de lo común en esa habitación. Siguió con su marcha, no encontró nada en el resto de habitaciones.

Tocaba subir por la escalera izquierda, eran las estancias del personal. Al entrar al cuarto de la mucama, además de notar que era inenarrablemente pequeño, coqueteaba un aroma pútrido. En la mesita de luz, a lado de la cama precaria, se presentía un cuchillo mugriento, pedazos de carne y grasa humana que armonizaban el ambiente psicópata. Antes de vomitar salió de la habitación. Pero se dió cuenta de que la mucama no era la criminal cuando su consciencia lo estaba abandonado, su vista nublando y sus ojos cerrando, cayó pero la alfombra suavizó la contusión.

V

Elliot Pemberton se estaba recuperando en sí mismo, con esfuerzo logro mover el músculo del párpado, sus oídos se estaban recomponiendo con una música de calidad antigua, el inspector la reconoció como "Never - Billy Artz & His Henry & George Orchestra".

Sus articulaciones no respondían, pero sus ojos se giraron. Colgadas, demacradas y sanguinolentas yacían Barbara Wadlow y su mucama, en una habitación que identificó como la de un mayordomo, en la pared reconoció igualmente pinturas de una secta  antropófaga que había leído, los Aghori. A su derecha divisó un frasco de somníferos, se maldijo a el mismo a ser tan idiota. El que servía el té en la merienda era el mayordomo, el que había puesto el somnífero era el mayordomo, era Robert Woodgate, el caníbal de la mansión Wadlow.

El Caníbal de la Mansión WadlowHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora